Por tercera vez sonó el timbre. Era ella. La esperaba, pero por una ocurrencia extraña prefirió no atender de inmediato, hacerle creer que interrumpía algo. Despacio fue hacia el portero eléctrico; en el tránsito poblado de obstáculos, sintió que un placer extraño, obtuso, una especie de gancho benévolo, lo elevaba y suspendía sobre el mundo. Escuchó una voz ronca, precipitada, que le indicaba que bajara a recoger un sobre. Decepcionado, adecuó su vestuario a la exigencia de los vecinos chismosos, y cambió la añosa bata por un sobretodo que contrastaba con su ropa de entre casa.
Abajo un cartero encorvado, huraño y de malhumor por la tardanza, le entregó un paquete. Grilo lo inspeccionó recién cuando el hombre se retiraba haciendo una reverencia indecorosa con la boca. Paralizado, miró el envío, lo sopesó sin abrirlo. Por un momento despreció al cartero con su mueca que no llegaba a una sonrisa, como si ese paquete fuera una farsa creada para él, un hombre que siempre había jugado con el deseo incumplido de recibir correspondencia. Trató de imaginar en vano qué podría contener, y sintió que esa materia irresuelta, el misterio de un objeto filtrándose en sus ojos, lo elevaba otra vez sobre la realidad.
Observó los datos en el reverso del sobre. Era la dirección de su casa, aunque el nombre del destinatario era equívoco. Pensó en alcanzar al cartero, aclarar el malentendido, completar la inspección de sus facciones flojas y anticuadas. La presencia de Elena lo detuvo. Entre los barrotes de la puerta, detrás del vidrio, asomaba su cara sosegada y rosácea, los ojos azules opacados por los párpados gruesos y el modo oblicuo, casi inmaculado, de mirar entre las cejas desalineadas. No parecía haber llegado recién, hasta debía haber presenciado esa vacilación que él no acertaba a medir pero que podría haber durado segundos... O minutos que había derrochado, otra vez, desplomándose sobre la realidad: midiendo el dolor del impacto.
Subieron, ella apenas dijo algo que Grilo no respondió pero aprobó sonriendo mientras se investigaba la cara temblorosa frente al espejo del ascensor. La bata, necesitaba la bata para darle forma, agilidad a ese rostro fatigado por los años y por una soledad imprevista, tan azarosa como la aparición de Elena en su vida. Entre la unión de sus facciones creyó elucidar, en pleno desplazamiento, la expresión rudimentaria e inmisericorde del cartero. Aunque quizás fuera solo el resabio de una mala noche. Se palpó la garganta y el mentón y observó como su rostro absorbía y eliminaba del espejo aquella expresión intrusa.
Pasaron al departamento. Ella fue hacia el cuarto y frente al espejo del ropero empezó a acomodarse el pelo rubio improvisando dos trenzas que parecían apuntalar su cuerpo a una simetría sobreexpuesta. Grilo buscó la bata, se la puso y una sensación de conformismo fue amparándolo, protegiéndolo de sospechas autoinfligidas. Se trasladó hacia la habitación para mirarse junto a Elena. Los dos sonrieron, ella encogiéndose, él repasando con las manos su silueta desdibujada por un vestido barato. Cruzaron miradas; ella sonrió apretando los ojos y él contuvo la gratitud que le inspiraba ese cuerpo moderado, inseguro, sin heridas. Se distanciaron unos metros. Grilo se sentó en la cama y se desvistió rápido, descuidado, para anticiparse y observar a Elena desnudándose de un modo fragmentario, de espaldas, los hombros relucientes y elevados, el perfil impecable y recompuesto entre las trenzas. Esperó a que ella acomodara una a una sus prendas en los ganchos del perchero como si las despidiera, para llamarla y clavar los ojos en el centro de sus senos leves, apenas soslayados. Ella se acercó con una sonrisa escueta que Grilo no percibió; se arrodilló, espetó una risa impaciente entre los labios finos y algo desalineados, y avanzando con las manos como si gateara hundió la desorbitada cabeza entre sus piernas.
Al atardecer Grilo dispuso que no quería estar más en la casa. Elena, sumisa, accedió; le intrigaba la propuesta, nunca habían salido a la calle juntos. Sin embargo no tenía la lucidez de algunas mujeres que ante ciertas conductas preguntan y deshuesan la fragilidad de un hombre. Desde hacía años los encuentros transcurrían del mismo modo, puntuales, plegados entorno a ritos e incertidumbres atenuadas por la programada faena amorosa. En la ruptura de un hábito para ella había más que un augurio, quizás una confesión de amor cuyo cuidadoso objeto había sido elaborado durante meses. Grilo, en cambio, tenía razones ocultas para salir: la presencia perturbadora del paquete, ese repentino secreto que todavía no se atrevía a definir ni a compartir con Elena, y que, despacio, reposando en una inmediata memoria, engendraba los goces avaros y elementales de un secreto.
La calles de Montevideo estaban deshabitadas. Fósiles de hojas secas fecundaban un otoño irreversible. Algunos borrachines se agolpaban en torno a la barra de un viejo bar, o en un rincón manoseaban las barajas con obscenidad inveterada; alguna puta demacrada y narigona esperaba a su santo en el umbral de una casa, cruzada de piernas sobre un banquito. En cada bocacalle, entre la hilera de edificios derruidos, asomaba la noche rebalsada sobre ese río con gestos de mar.
No hablaron. Grilo, a pesar de su predilección por la ciudad vieja, por esa sordidez tan semejante a la huella de una boca desdentada, prefirió acortar el paseo, llegar al puerto y proponer el regreso. Le urgía revisar el interior del paquete. Elena , para agotar en ese día las variantes de la sumisión, sonrió y le preguntó si lo acompañaba hasta su casa. A él la propuesta le sonó amenazante: tal vez quisiera subir al departamento otra vez. Entonces descubriría el paquete -estaba comprobado que la curiosidad y el instinto de las mujeres era implacable y absorbía, como un animal omnívoro, cuánto estuviera entorno- y tendría que compartir la revelación del interior.
-No, vuelvo solo... La espero el viernes próximo. Por hoy creo que está bien.
-Como quiera.
Se despidieron. La noche había caído íntegra, sin tajos. Grilo pensó que Elena era una de las pocas mujeres que no se interesaban en promover la culpa, que el siguiente encuentro sería similar a los anteriores, con su placer medido y respetuoso, y que nunca le cobraría con celos o egoísmo el costo de una despedida abrupta o de una tarde árida. Apresuró el paso y en minutos estuvo en su departamento, deshizo el paquete y observó el interior: revistas y cartas de trazo irregular, casi naïf, que le produjeron, en principio, decepción, sensación inclemente de estafa, luego incredulidad, angustia, como si el derecho de invadir lo ajeno no se correspondiera en ese momento con los atributos prometidos del objeto.
Al viernes siguiente, mientras esperaba a Elena , fumando y chupando con esfuerzo unos mates lavados, escuchó cómo el encargado del edificio deslizaba unas cartas por debajo de la puerta. Meditó unos segundos, deseó que todo fuera un malentendido. Trató de recomponer en la memoria sus propias facciones en fuga. Recogió los sobres: uno era la cuenta de luz, el otro una carta en cuyo reverso leyó el nombre erróneo del mismo destinatario. Pensó en alcanzar al portero, sugerirle que en futuras ocasiones no le pasara correspondencia en la que no figurara su verdadero nombre. De pronto notó que Elena llegaba tarde otra vez. Distraído, deshizo el envoltorio, miró con extraña nostalgia unas fotos que parecían describir -anular- una zona de su pasado, y leyó las anotaciones garabateadas en el reverso. Pensó que ella tranquilamente podría estar engañándolo. Dos demoras continuas en una relación sin desequilibrios eran un augurio, al menos una advertencia. No le parecía descabellado que una muchacha menor de treinta años precisara más de un hombre para presumir, ante amigas o en la juiciosa soledad, un destino ecuánime, consolador. Además, si aplicaba a la relación un poco de la justicia racional con la que a menudo tejía mortificaciones, no encontraba los motivos del amor y la comprensión incondicional de Elena. Él, mucho mayor, no tenía argumentos para requerir un amor fiel, sin egoísmos. Sin duda de por medio existía una incongruencia que no llegaba a ser un equívoco. Nunca había sido generoso o amable; al contrario, había abusado de lo que para un hombre mayor significaba una mujer joven, humillándola con ratos de silencio, caricias no correspondidas, miradas biliosas, refiriéndole aventuras que jamás había vivido pero que ella aprobaba con ojos deslumbrados. Los favores económicos que le había ofrecido cuando la relación se iniciaba, formaban parte de ese mismo ultraje oculto que ahora tenía la impresión había edificado pieza a pieza hasta amordazarla a un amor sin atajos, sin testigos, un amor tóxico... nimbado sobre una sola víctima.
Era evidente: ella podía tolerar a un amante de su clase, que privilegiaba por sobretodo las privaciones, sólo recurriendo a otros hombres, a la infidelidad, o peor aún, a la traición al amor. ¿Para qué lo soportaría sino para conservar el lujo del engaño, la excusa para ser promiscua, recibir dinero prestado, hacer favores a amigos de amigos y alimentar, con una culpa mínima, el escuálido amor tendido entre ellos...? Debía asfixiarla con preguntas. Antes le diría que no le incomodaban los engaños, en toda relación los había y en el verdadero amor no cabían castigos para ese tipo de malentendidos; lo importante era, llegado el momento, tener el coraje de confesarlos y abarcar al otro en la expiación gradual del dolor. No, en realidad debía llegar a saberlo sin preguntar, obligarla a la confesión confundiéndola con gestos de amor, elaborar paso a paso las arterias de una culpa momificante. Un regalo. Sí. Un regalo era la primera prueba para descifrar su infidelidad. En caso de sorprenderse, creerse indigna, todo estaría claro y él debería proseguir con muestras de generosidad hasta que la culpa le impidiera hablar, mirar, y no resistiera más el momento de la confesión, el estallido... Entonces, sí, él estaría a sus anchas, procedería sin esfuerzo, como si ejecutara una sentencia, y podría decidir con una palabra, una mueca, un suspiro belicoso, el futuro del amor. Podría reducirla a la servidumbre, pergeñar en la atmósfera una forma provechosa de abandono, impregnarla de sí tras los barrotes de una prisión conyugal.
El timbre interrumpió las conjeturas. Mientras bajaba recordó las postales, el cuerpo ajeno de la nostalgia, los lugares remotos, evocados como sueños o mares de la infancia. Vio a Elena del otro lado de la puerta; tuvo la impresión de que era inalcanzable: la mujer que había poseído sucesiva y monótonamente, en realidad no se asemejaba en nada a esa que ahora esperaba distante, imprecisa, al borde de lo real. Abrió y de pronto notó que le faltaban palabras; nunca había dicho nada para darle la bienvenida, pero esta vez necesitaba una frase que debía hallarse entre todas las que, por egoísmo o distracción, había omitido de su mundo.
Subieron en silencio. Ella identificó en la expresión de Grilo una dulzura extraña; los ojos breves y movedizos tenían un brillo demente, no podían definirse en un objeto, en una pausa. Tuvo la impresión de que esta vez él necesitaba el amparo de sus palabras: aquella extrañeza más que entristecer alarmaba, como si entre ellos peligrara la permanencia de un cuerpo hasta entonces intacto.
-¿Y las postales, de dónde son? -se apuró a decir ella apenas entraron.
-¿Postales?
Intrigado deslizó la mirada por el ambiente, y descubrió las postales y la carta, sobre la mesa, expuestas, casi desnudas, como un atado de vísceras, y pensó que no debía compartir el secreto con ella. Miró su rostro expectante y compungido, la timidez desplegada en una mueca tiesa, y de pronto consideró la posibilidad de que las cartas, todo ese mundo prestado que aliviaba las postergaciones, sirvieran para obtener la confesión, para que uno a uno fueran cayendo los hombres ocultos que equilibraban esos viernes de lujuria parcial.
-Un amigo... Viaja continuamente.
-Qué envidia... Yo nunca viajo.
-Ya tendremos oportunidad. Alguna vez acá nomás, al mar.
Ella sonrió, dijo que conocía el mar porque desde Montevideo era muy fácil imaginarlo; en cambio, le gustaría conocer la montaña, los paisajes de la Patagonia...
-Vamos a ir. Las próximas vacaciones. Tengo ahorros. Tendríamos que conocernos más, porque hacer un viaje... hacer un viaje no es lo mismo que estar acá... Por ejemplo, yo no sé nada de usted. Nunca me ha contado. ¿Con quién anda? ¿A dónde va el resto de la semana?
-Nunca me preguntó algo así... - contestó ella desatando su confusión en una sonrisa estática acompasada por reiterados pestañeos; mantuvo el silencio, como si en realidad la oposición de esa frase y la sonrisa indefensa bastaran para sustituir cualquier respuesta.
El siguiente viernes, al despertar, Grilo encontró dos sobres inquietantes debajo de la puerta. Sin enjuagarse la cara, los abrió, palpó las fotos que esta vez no eran postales, las páginas delgadas de una carta, y luego, mientras chupaba unos mates, se empeñó en descifrar el trazo que, por cuestiones espaciales, esta vez parecía más apretado, casi agónico.
Más tarde recorrió la avenida 18 de Julio buscando un vestido. Ese era el día clave; la semana anterior ella le había referido las miserias de su familia, el aburrimiento de las tardes en un patio embaldosado, luego el alivio de la televisión y el sueño nocturno, pegajoso e interrumpido por los ronquidos de su padre y los gritos moribundos de algunos vecinos trasnochadores. De ahí a mencionar a los otros hombres había un solo paso. Un regalo, a lo sumo dos, bastarían para soltar la confesión que, como la corriente de un río, tarde o temprano llegaría a su desembocadura.
De regreso se sorprendió al encontrar a Elena en la puerta. Advirtió que entre el gentío, la indecisión y su impericia, se había demorado más de lo previsto. Ella llevaba esperándolo, según dijo, casi media hora. Para aplacar reproches él le entregó el paquete con el vestido rosa. Al mirar su reloj notó que habían convenido en encontrarse una hora atrás, y que si ella llevaba esperando sólo media hora, se había retrasado otra vez.
En el departamento Elena pospuso el regalo por la curiosidad de las cartas. Él le explicó que eran de otros amigos... Tenía muchos más, desde luego, dispersos en el mundo: Hungría, Venezuela, Canadá.
-¿Y le escriben siempre?
-Sí, nunca se olvidan de mi... Más en estos tiempos. ¿Usted no tiene amigos?
Ella mantuvo un silencio tenso, retobado. No quiere hablar, pensó él, porque teme herirme; este es el día justo para resolver todo el malentendido y empezar a perdonarla. Contra lo previsto, ella sonrió con una timidez cortante, pidió disculpas por no haber demostrado ante el regalo la ansiedad que se merecía, y deshizo el paquete como si estuviera habituada a los rituales temerarios de una mujer madura. Intercalando suspiros y respingos desplegó el vestido y lo suspendió sobre su cuerpo.
-Cámbiese, pruébeselo sin ropa abajo.
-Sí, tiene razón. Esto es finísimo, no sabe cuánto le agradezco.
-Eso no es nada... Imagine el viaje a la Patagonia.
Elena detuvo en su cara los ojos desconfiados. La palabra Patagonia quedó vibrando en sus gestos. Mientras componía el paisaje simulando una evocación, escuchó cómo Grilo insistía en sus amistades. Otra vez contuvo en el silencio una vergüenza que proliferaba y como un filtro de penumbra la embellecía.
El silencio se asentó y Grilo encontró en ello la prueba implícita de la infidelidad. Espió a Elena mientras se cambiaba y probaba el vestido: se miraba y caminaba ante el espejo de una forma provocadora, ajena, punteando los pasos y alzando los ojos oscurecidos y discontinuos como si observara a una mujer definida por varios hombres. Nunca había ensayado ante él semejante coquetería, complementada además -¡y como si fuera poco!- por una sonrisa amplia, una irritante parodia de felicidad.
-Nunca pone música...
-Tengo radio, si quiere la prendo.
-Nunca le conté, pero me gusta bailar. Ahora, con el vestido, bailar va a tener sentido.
Grilo reprimió la furia. Era evidente que se refería a los otros, a los beneficios sensuales que traería el vestido en las noches de fiesta. Debía haber previsto que el argumento del vestido sería usado en su contra. De ese modo, provocándolo con insinuaciones, ella posponía la confesión... Todavía, sin embargo, le quedaba el instrumento extorsivo de las cartas, el porvenir de un viaje. Si el viaje cobraba realidad, ella no podría tolerar su propia miseria, se quebraría como los criminales, y una tarde le pediría disculpas por tanta ofensa, tanta ingratitud. Todo a su tiempo. Tendría que esperar más de lo deseable.
-¿No piensa que a esta altura, después de un año, tendríamos que vernos más seguido?
Por un momento la pregunta fue un golpe seco en la nuca. Intentó recuperar la concentración, trató de descifrar la intención escondida detrás de una propuesta tan benigna. Por fin llegó a la conclusión de que ella sabía que él sabía, y a través de caprichos programados como ese intentaba despejar sospechas.
-No, Elena . Estamos en la medida justa. Más es demasiado. ¿Usted es una de esas mujeres acostumbradas a necesitar siempre más?
Elena pestañeó reiteradamente; no llegaba a comprender las intenciones de la pregunta y terminó creyendo que no había agradecido el vestido con suficiente entusiasmo. Supuso que por esa misma razón, mientras se desnudaba e intentaba ajustar sus movimientos para parecer más sensual, más fluida, él renegó de su deseo interponiendo el cansancio, y la mantuvo sobre su pecho agitado por una siesta impertinente. Ella permaneció quieta, atenta a la respiración que por momentos le pareció la expresión insomne de su propia pena. Pensó que algo estaba apagándose... No tenía sentido intervenir, responder a esa especie de llamado sin destinatario.
La semana siguiente la correspondencia se retrasó. Ya estaba por llegar Elena y él caminaba, de un extremo a otro, pensando que no tendría qué exhibir sobre la mesa, no tendría amigos con los cuales deslumbrarla, piezas de un pasado que podía obligarla a la verdad. Saltaba a la vista que sin la irrupción de las cartas en su intimidad, no podría saber si había otros. La promesa del viaje era insuficiente. Ese elemento exterior, un señuelo de causas indescifrables, era esencial para incitarla. Sin las cartas todo se volvería estático y seguro como antes: las sospechas enterradas, la puntualidad asfixiante, la prolijidad del ritual... En definitiva no peligraría el placer y tampoco existiría la posibilidad turbadora de incrementarlo. Estaba a tiempo de elegir. Podía resolver la situación de inmediato, buscar un desenlace, o dejar que las sospechas fueran diluyéndose hasta que las cartas ya no llegaran. Porque algún día, no sabía si ese viernes, el otro, o el siguiente, se interrumpirían. El ciclo debía tener en la tierra la fugacidad de un animal indefenso, un insecto, quizás la de un pez. No, la confusión no podría seguir otro mes más.
Él portero eléctrico sonó. Deseó que no fuera Elena . A esa altura de los hechos no podía darse el lujo de dar un paso en falso. No obstante, sabría acerca de los otros a cualquier precio, se recuperaría del traspié, incluso a costa de falsificar las cartas y rebajar su linaje viril al de otros hombres clandestinos. Era ella. Mientras bajaba a abrir, Grilo sintió la náusea pellizcándole el estómago, la incomprensión, el aturdimiento que irrumpe cuando se nos comunica la muerte de un ser querido. ¿Qué quería? ¿A dónde pretendía llegar? ¿Falsificar las cartas sería un exceso, una trampa indigna para forzar el destino? ¿Si no volvían a llegar no era admisible continuar explotando esa casualidad preciosa que le había ofrecido la vida? ¿No tenía derecho si pasajeramente había accedido al privilegio...?
La esperanza y la sonrisa de Elena se borraron en cuanto vio la cara de Grilo, los ojos desafiantes, los dientes encimados como si rumiara pasto. Caminaba acelerado y el ruido de la respiración se superponía a sus palabras. Pasaron al departamento. Ella recorrió el ambiente brumoso y con otro olor, quizás más impersonal, como si durante los últimos días hubieran pasado por allí séquitos de personas viciosas. Grilo creyó advertir la decepción contenida que generaba el vacío sobre la mesa: un hueco que no era anónimo y que, imprevistamente, le pertenecía, ya era parte de su apariencia. La distancia que Elena había tomado, el modo de conducirse a tientas, le resultó familiar; parecía la mujer introvertida y dañada de un año atrás. ¿Otra vez debía encontrar la clave para merecer su cuerpo? No daba con las palabras justas para distender la situación. ¿Qué certidumbre podía detener el vértigo que se tensaba entre ellos igual a una delicada pesadilla? Y de pronto, caído del cielo, el encargado deslizó un sobre por debajo de la puerta... Miró a Elena y creyó ver cómo en su cuerpo volvía a recostarse la silueta de la mujer que desea ser deseada.
Abrió el sobre, arrojó el envoltorio al tacho y fingió desinterés al dejar las postales sobre la mesa. Ella estaba de pie, sonriendo, franca, cabal. Lo deseaba, sí, pero en cada hombre -esto cada día se hacía más ostensible- deseaba a todos los hombres; no existía otra razón para entregarse tan anónima, sin exigencias. En la expresión de él halló expectativa y asombro, y sacó de la cartera un pequeño paquete que le extendió girando el cuello hacia un lado y otro para evitar sus ojos aturdidos. Grilo contuvo perplejo el regalo, como si a través de ese obsequio descubriera en sí algo que durante tiempo había escapado al radio de sus ilusiones.
-Ábralo. Es un regalo. A las mujeres también nos corresponde ser corteses.
Él tardó en reaccionar. Comenzó a desenvolver el paquete con un poco terror, como si temiera una bomba. Ella lo observó divertida: su reacción era una forma velada de gratitud; allí estaba expuesto todo el orgullo y la torpeza acumulada de su hombre.
-Es una corbata. Quería elegir un color para usted. Creo que un color es importante para el amor. Por eso elegí una corbata. La excusa perfecta.
Las palabras le sonaron falsificadas, demasiado persuasivas. ¿Por qué le daba el regalo ahora y no antes, cuando llegaron y sobre la mesa no había carta? Otra vez aludía al amor para maniatarlo, para tapar lo que crecía detrás. Sin duda ansiaba la independencia. En realidad utilizar la excusa de un amor para permitir la perfección de otro amor, era en sí un rasgo insolente de madurez. Contrario a las apariencias, Elena debía ser una de las mujeres menos indefensas y limitadas que había conocido.
-Voy a demostrarle que merezco más atención de su parte. No es una cuestión de necesidad. Es casi justicia. Por eso elegí el color azul.
Grilo determinó enseguida que esas palabras no exigían respuesta. Eran sólo variaciones de la misma queja... ¿Para qué alimentar reiteraciones y comprometerse aún más en la postura del ingenuo? Tenía que demostrar que la tensión pasaba por otro lado y que él, con sus previsiones, la controlaba y hasta podía perdonar infidelidades a un precio accesible: un poco de humillación y obediencia. ¿Pero cómo nombrar el asunto sin herirla? Ni hablar de lo que ocurriría si nada de lo que intuía tenía correlato real. ¿Por qué podía precisar amantes? O mejor aún, ¿por qué otros necesitarían una amante como ella?
Elena creyó que la fascinación de aquella tarde, el sexo que no había sido ni mejor ni peor, sino que había tenido algo distinto, se debía al regalo, a la demostración imprevista de su voluntad, al horizonte barroco que abría con su gesto.
Previó que un viernes muy cercano, quizás ese mismo, la carta no llegara. Intuyó que ese instrumento legado por un demiurgo protector agonizaba como un recuerdo, y que no debía permitir que faltara en ningún momento la tensión de su presencia. De lo contrario ya sabía lo que ocurriría, el silencio vertiginoso, una pérdida que prefería no identificar... Anduvo por el centro en busca de postales. Recogió una docena de fotos de distintas partes del mundo: Holanda, Bélgica, Marruecos, Portugal, México, Grecia. Con letra chata y cavilosa, completó el reverso de una de ellas y la tuvo a mano por si Elena tocaba el timbre y la verdadera carta no había llegado.
Con una puntualidad sorprendente -y desde luego sospechosa, pues cualquier cambio podía obedecer a una intención oculta-, Elena tocó el timbre. Él dispuso la postal escrita sobre la mesa y le abrió la puerta. Ella acomodó en un florero polvoriento un ramo de rosas amarillas, se sentó cruzándose de piernas y apoyó las manos leves sobre los muslos.
- Hoy viniste temprano... - dijo él, titubeando, y enseguida creyó notar que Elena nunca se había cruzado de piernas. Sin duda le robaba posturas y rasgos a mujeres que espiaba en el colectivo o en fiestas que no mencionaba pero de las cuales, ahora, descubría evidencias.
Ella, sonriendo, como si hubiera adivinado esas palabras y lo que vendría después, fijó la atención en las cartas:
-¿Siguen llegándote esas cosas?
-Sí, siempre los mismos amigos que viajan. Dos o tres que andan por el mundo - respondió inquieto, molesto por el calificativo degradante de "cosa" que, naturalmente, debía haberle sustraído a otra mujer más vulgar.
-Antes no te llegaban, no tenías amigos.
-Siempre tuve amigos, pero no viajaban. Ahora, de pronto, todos están afuera.
Miró las cartas angustiado, casi arrepentido, como si allí, sobre la mesa desalineada, estuviera expuesto e invertido su propio interior, el elemento incongruente del crimen. No, no podía volverse atrás, confesar el equívoco y reclamar una compasión demasiado amplia como para no reducir el amor a una relación piadosa. Además ella parecía lista para otro tipo de revelaciones; lo estaba desafiando... Quizás fuera el momento de preguntar, exigirle saber pero sin elevar acusaciones. Retrocedió hacia su habitación, se dejó caer sobre la cama y enseguida sintió en la nuca las caricias amortiguadas de ella. Sí, lo acariciaba con clemencia, no con pasión. Como a un viejo animal. ¿Qué hacer? ¿Cómo imponerse y limitar el poder maquiavélico de esas manos? Quiso sugerir algo, apocarla con alguna observación que abriera camino al reproche, pero notó que de a poco, con una extraña habilidad de enfermera, ella lo desnudaba y le hacía lo de siempre, aunque en ese impulso había un detalle dominador que anulaba su voluntad: la posibilidad de decir que no o posponer el acto. Todo parecía más irreversible. Y en lo inevitable no había lugar para palabras o para su propia soledad rencorosa y encubierta.
Pasaron horas en una intimidad sin cálculos. Elena se despidió con una sensación inexplorada de rareza. Había ocurrido otra vez algo distinto, distinto a lo que la semana anterior creía "distinto". Era de noche. El encuentro se había prolongado más que otras veces. No sabía si le correspondía una sensación de felicidad, culpa o angustia. Tenía la impresión de que podía adecuarse a cualquiera de los dos estados y nada cambiaba.
Montevideo lucía postergada, cautiva en la neblina disecada de algún sueño. Elena pensó que quizás estuviera alucinando su duda, su culposa felicidad, la sensación de que no había antes ni después y todo comenzaba, por fin, ese día. Descendió por calles angostas hacia el puerto, llorando en sordina. En el fondo, sobre el río, estaba el armazón diluido de la luna. Imaginó a Grilo la semana siguiente. Él la esperaría, ella no llegaría y no habría más cartas abandonadas sobre la mesa. Él miraría el techo desde la cama, con una mano en la nuca, entre el humo nervioso de un cigarrillo. Así, poco a poco, con un sufrimiento sin sobresaltos, en él se desplazaría el amor hasta borrarse. Quedaría solo en su sedosa melancolía, en un tiempo estirado, de tardes tiernas y sucesivas, de insomnios y pesadillas diurnas...
Pasó horas observando las grúas del puerto, las facetas cambiantes del cielo, respirando el aliento sucio y nostálgico, a resina y madera podrida, que dejaba el vapor escaldado de los barcos. Agotó las lágrimas y emprendió el regreso, cuesta a arriba por las calles manchadas, alisándose con una mano el rostro empalagoso. Ya no necesitaba volver. No había antes ni después.
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