martes

Vigilia

Antes de acostarme contaba las horas, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete; miraba el reloj, las cuatro, por lo tanto cuatro y siete eran once, y once menos siete eran cuatro, de lo que deducía que dormiría siete horas, o mejor dicho, seis con quince si les sustraía los cuarenta y cinco minutos promedio que me demandaba hallar posición en la cama y aislarme de los ruidos que hacía mi amo. Ahora bien, seis horas -no digo siquiera seis horas quince- eran suficientes para alguien que no trabajaba o no odiaba. Un trabajador, en cambio, precisaba al menos siete horas de sueño. Un trabajador que odiaba -a su patrón, por ejemplo-, ocho horas netas, esto es, ocho horas, ni más ni menos, ocho horas desde que conciliaba el sueño hasta el despertar y no desde que se acostaba y buscaba posición y se aislaba de los ruidos.
Mi caso a lo largo de los años ha variando según mis penurias económicas. Debo explicar brevemente que de ser un ocioso irrecuperable que dormía seis horas, pasé a ser un ocioso atormentado por la desidia, por lo cual sumé quince minutos a mis horas de sueño. La expiración de mi padre en manos de un asesino serial determinó mi necesidad de trabajar. Tardé meses en recomponerme de la pérdida; tardé meses, también, en reconciliar la pena y el llanto -a menudo lloraba cuando no estaba apenado-. El proceso judicial iniciado contra el asesino llegó a su fin. El culpable, un anciano que bajo el disfraz de afilador de cuchillos ejercía el vicio de matar hombres que creía se le asemejaban o poseían algo que le pertenecía -de lo cual deduzco que deseaba eliminar lo que había de él en los otros- pagó su pena: prisión perpetua. Recién entonces pude realmente llorar y agotar las penas en copiosos insomnios. Luego me aboqué a buscar trabajo. Mi apariencia, según me comentaron algunos maliciosos en las largas colas de espera, estaba bastante desmejorada. A decir verdad yo nunca noté nada... ni antes ni después de la muerte de papá. Es más, sigo igual, las ojeras gordas, la palidez pronunciada, el aliento pastoso. Así era incluso antes de que papá muriese... Pero esto no viene al caso; si hablo de mi padre ¿por qué no puedo hablar de mi madre, de quien sólo tengo una imagen remota? Lo cierto es que sólo en un trabajo fui acogido sin temores y sin discriminación.
Ocurrió de este modo. Un lunes, un año atrás más o menos, leí en el diario el siguiente aviso: "Se busca joven sin experiencia con facilidad para caminar. Buena visión. Tranquilidad. Pocos prejuicios. Artistas abstenerse." A primera vista me llamó la atención la ausencia de abreviaturas. Repasé el aviso y me resultó llamativo y casi incitante eso de "artistas abstenerse". Justamente, en aquel tiempo, lo más ajeno a mí era un artista. De modo que me puse en marcha hacia el lugar indicado. Fui escogido de entre una nutrida cantidad de postulantes y ese mismo día empecé mi trabajo en la casa de Ovidio y Antonieta Voisin. En cuanto me fue encomendada la primera tarea, sacar de paseo a Antonieta, el portero del edificio me abordó en un rincón del palier y no se ahorró comentarios:
- Así que usted es el nuevo empleado... Espero que tenga suerte, ninguno aguanta más de una semana. Ellos están, francamente, si no le parece una falta de respeto mi indiscreción, desencajados -apretó el índice contra la sien-. Algo anda mal entre ellos, ya va a ver, después me va a dar la razón. Si ocurre algo raro, llámeme. Todos me llaman. Ahora vaya, a ver si Antonieta se da cuenta... Ahí viene.
Antonieta se unió a mí y me preguntó con quién hablaba. Con los días comprobé que esa era una de sus preguntas predilectas: siempre creía que cuando no estaba a su lado hablaba con alguien.
- Nunca hable de nosotros... Tenga discreción -me dijo-. ¿Cómo se sentiría usted si nosotros habláramos de su intimidad? Ah, muy bien, yo me siento así; por favor, sea discreto. En este barrio los rumores corren espantosamente rápido... Fíjese como hablan de Ovidio y de mi. Hasta dicen que tenemos un hijo cautivo... Y usted vio, no tenemos ningún hijo.
En infinidad de ocasiones le confirmé que no hablaba con nadie, y que si alguna vez lo hacía no me atrevería a revelar bajo ninguna excusa la intimidad de mis patrones. Antonieta fingía no escucharme y cambiaba de tema para abordar otra de sus sospechas recurrentes: su marido la quería envenenar, ocurrencia tan extravagante como conveniente, pues secretamente me otorgaba una propina para que probara la comida antes de cada almuerzo y cena.
Ahora bien, mi trabajo en la familia Voisin no consistía sólo en pasear a la señora Antonieta por la avenida de Mayo. Había algo más: Antonieta era ciega y pretendía pasar por vidente, lo cual dificultaba notablemente mi tarea de lazarillo, pues cada movimiento debía ser al mismo tiempo disimulado y perfecto. Además tenía una percepción sorprendente de su propia torpeza, la conocía casi como a un cuerpo, y si acaso daba un paso en falso o rozaba una pared, transfería la responsabilidad del accidente a mi incapacidad. Enseguida preguntaba si nos había visto alguien, y mientras más intentaba persuadirla de que nadie había reparado en el contratiempo, más se empeña en creer que le mentía. Perdía la calma; se aferraba más a mi brazo y me pedía por favor que le dijera que nadie nos miraba... Yo consentía en todo y, acto seguido, ella disentía y me tildaba de pelafustán y usurero. "Ay, si mi marido se enterara del dinero que usted me saca... si supiera que usted me extorsiona bajo la excusa de que él me quiere envenenar. Usted es un monstruo. Por favor, lléveme de regreso."
Así era siempre; durante meses repitió con ciertas omisiones o agregados la misma escena. En cuanto llegábamos al edificio olvidaba mi monstruosidad y con agobiada lucidez me preguntaba si su marido no me parecía sospechoso. Tal era mi temor a mentirle que siempre le confirmaba lo contrario a lo que quería escuchar, por lo cual ella atribuía lo decepcionante de las repuestas a mi carácter impuro y desvirtuado por el comunismo clandestino que intuía en el consorcio y, en general, en todos los vecinos.
El señor Ovidio, por su parte, se mostraba siempre conforme con mis quehaceres; yo no le inspiraba sospechas y cuando traía de regreso a su mujer tenía para conmigo ciertas confesiones halagadores. Me llevaba al comedor mientras Antonieta descansaba las piernas en el cuarto, y me hablaba de su pasado de atleta, sus viajes por Europa, sus gruesas infidelidades. Luego, como si todo fuera una excusa para obtener alguna confidencia de mi parte, me preguntaba pormenores del paseo. Al principio tomé esto como un acto amistoso, casi solidario, hacia su mujer. Poco a poco las preguntas de Ovidio se hicieron más precisas, y puesto que entre ellos, según me dijo y según pude comprobar, no tenían ya tratos verbales, me rogaba le reprodujera las mismas palabras que ella había empleado durante la última caminata. Para ablandarme la memoria me ofrecía una propina considerable, y yo, que creía deberle más fidelidad a él que a ella, pues por momentos Ovidio me parecía el más cuerdo de los dos, le contaba todo, incluyendo lo del envenenamiento, y él, a cada frase mía, decía "pobrecita mi Antonieta, ¿qué le andará pasando? ¿usted qué piensa?" Para no ofender a mi dadivoso patrón, le contestaba que no sabía. ¿No será algún trastorno de la vejez?, preguntaba él, y yo, encantado, le confirmaba la sospecha.
Cierta vez, cuando caminábamos por la calle Florida, la señora Antonieta dijo tener la premonición de que su marido y yo conspirábamos contra ella, pues pasábamos mucho tiempo juntos después de los paseos. En vano y con esa pretenciosa desesperación tan afín a la cobardía, intenté persuadirla de mi lealtad. "Desde ahora usted no prueba más mi comidas" sentenció todavía más irritada, e intentó echarse a correr; suerte que chocó contra un puesto de diarios, perdió el equilibrio y pude alcanzarla antes de que cruzara la calle. Acongojado, la levanté del suelo. Ella blasfemaba, blasfemaba tan rápido y con tanta furia que se atoraba con sus propias palabras. Ese día -¡hace tiempo ya, todo ha cambiado tanto!- regresamos en taxi. Ovidio, al ver entrar a su mujer en tal estado, me interrogó a solas, con gravedad, y por primera vez me reprendió al saber que su señora se había dado la cabeza contra un puesto de diarios.
El incidente tuvo sus frutos; durante un mes Antonieta permaneció en cama con la cabeza vendada, y mi única tarea en la casa fue administrarle alimentos y limpiarle el cuerpo, según lo dispuso su esposo, con un trapo húmedo, una esponja y un cepillo de ropa. Cuando se recompuso, me expresó el deseo de abandonar las caminatas y no salir más de su cuarto. Se lo transmití a Ovidio y él lo aprobó fervorosamente, confiándome, en voz baja, con un pudor malicioso que nunca había percibido en él, que eso era lo que durante mucho tiempo había esperado.
Antonieta, como contrapartida a su inmovilidad, no cesaba de hablar siquiera cuando dormía. Ovidio, que escuchaba todo detrás de la puerta, cierto día me refirió la preocupación de que Antonieta enloqueciera si él seguía permitiéndole hablar sola. "Es apremiante -estas palabras utilizó- que usted se mude con nosotros". Agradecí y enumeré una serie de causas falsas que me impedían aceptar el ofrecimiento. Ovidio perseveró y ofreció duplicarme el sueldo. Le expliqué que no me importaba el dinero, que hasta entonces había ahorrado los seis meses de sueldo que me había pagado porque no tenía en qué gastarlo. Ovidio entonces perdió la compostura, se ruborizó y me gritó que no le importaban mis excusas, que ese mismo día yo me quedaba allí y que dispondría una cama en la biblioteca, junto al cuarto de Antonieta. Retrocedí espantado, y el señor Voisin, al advertir lo contraproducente de su conducta, empezó a gimotear y me tomó por los hombros con sus manos frías y huesudas, de piel apagada y seca como cuero, y me dijo que yo era para él como un hijo... "Estoy muy solo, dentro de poco yo también voy a necesitar a alguien para que me escuche... Por favor, no sea impiadoso, míreme. Le voy confesar una cosa: desde niño, cuando íbamos al campo y mi madre me sentaba sobre sus rodillas, empezó a atormentarme la idea de morir solo, la idea de morir hablando solo. Y mi temor no es infundado, mis padres han muerto hablando sin ser escuchados. Mi padre en un manicomio; mi madre en el campo, en la llanura cegadora de tanta finitud amontonada... Me lo ha dicho el capataz, no es invento mío. Murió sola, hablando, y todavía peor, hablando como si alguien la escuchara. ¿Qué me dice? Lo sorprendo ¿no? Ahora sí se va a quedar... ¿O va a dejar que nos volvamos... no me gusta la palabra... mejor decir perder la razón, porque yo nunca podría enloquecer... no, yo sólo puedo perder la razón, ¿no cree?".
Al día siguiente mudé mis pocas pertenencias a lo de Ovidio. Recién entonces tomé conciencia de lo amplia que era la casa: cantidad de cuartos vacíos, ventanas selladas, corredores detenidos en penumbras que nadie transitaba desde hacia años. Mi cuarto, el más cercano al de Antonieta, era una biblioteca imponente, con una mesa de roble redonda y un sofá que haría de cama.
Tardé en acostumbrarme a la soledad estéril que imponen los ambientes vastos. Por las noches, cuando el silencio siempre era más hondo y afilado, percibía los gritos de Antonieta, los pasos de Ovidio en el corredor, deteniéndose y apoyando la oreja contra la puerta o las paredes del cuarto de su mujer. "Venga, escuche", me propuso alguna vez al verme salir. Por curiosidad, acepté la propuesta, y francamente nunca percibí más que gritos inentendibles. "¿Qué dice? ¿Qué dice? Vamos, usted es joven, tiene que entenderla" me arengaba Ovidio, y yo, que nunca quise mentir, después de representar muchas veces la misma escena decidí inventarle que ella pronunciaba un nombre. No sé por qué se me ocurrió un nombre y no otra cosa... Él se sintió espantosamente intrigado e intranquilo. "Dígame a quién llama, por favor, ya es tarde para los celos, soy viejo, hable." Le dije que pronunciaba su nombre, y él, en lugar de desconfiar de mi, empezó a sospechar que el Ovidio al que invocaba su mujer era otro, un amante remoto.
Al día siguiente el señor Voisin empezó a detenerse no sólo ante la puerta de Antonieta, sino también ante la mía. Oía cómo apoyaba lentamente la oreja sobre la puerta. ¿Acaso yo también hablaba solo? Lo más terrible de hablar solo, pensaba, debe ser que uno no se da cuenta... Quizás yo hable solo y no pueda saberlo nunca. ¿O pensaría en voz alta? Y apenas especulaba con esto, me quedaba inmóvil, recorriendo con la mirada el ambiente que en lo oscuro se asemejaba al horizonte de la llanura que tanto me refería Ovidio. Me parecían tan misteriosos los objetos que había allí. Lo más opresivo era la presencia de los libros... Debo confesar, con un poco de vergüenza, que eran tantos que por momentos los creía humanos y me sentía vigilado. Entonces tenía la impresión de que otra vez estaba hablando solo, y corría hacia un espejo y buscaba mi imagen. Recién cuando a media noche Ovidio se retiraba a su habitación yo recobraba la calma y podía dormir. A esa misma hora, además, Antonieta dejaba de gritar.
Durante el día ocurrían cosas menos extrañas. A veces yo hacía mandados, pagaba cuentas o limpiaba ligeramente la casa con un plumero y una escoba. El resto del tiempo permanecía junto a la señora Voisin, escuchándola o aseándola. Pronto llegué a la conclusión de que sus crónicas tenían una coherencia interna pero eran incoherentes entre sí. Me refiero a que las formas de su pasado eran irreconciliables; es inadmisible que una misma persona, a lo largo de su vida, confiese haber sido bailarina becada en el Bolshoi y en París, alpinista, profesora de tenis, instructora de polo, actriz de teatro, tejedora y manicura. Cada tarde se atribuía un destino distinto y después de un tiempo, a fuerza de soportar tantas insensateces, comenzó a intrigarme su pasado: comenzó a agobiarme el deseo de una verdad. Nunca hasta entonces me había preguntado por la identidad de mis amos... Y desde que me lo pregunté empezó resultarme preocupante y sugestiva mi ignorancia. Tenía la impresión de que el anonimato los hacía más peligrosos. Debía cuidarme, me prevenía una y otra vez, qué sabía yo de lo que era capaz Ovidio; al fin y al cabo la postración de Antonieta era obra suya. Y así como se había tomado el hábito de vigilarme igual que a su mujer, también podía estar preparándome un destino similar. Me imaginé cautivo en la biblioteca, postrado y hablando ante un joven contratado por Ovidio, a quien le diría que yo era su pobre hijo demente, y a quien obligaría a alojarse en una habitación contigua. No, no podía consentir que avanzara más la disimulada perversidad de Ovidio. No podía admitir que alguien me reemplazara. ¿Acaso Ovidio no terminaría sacrificándonos para engrosar el fino hilo que lo ataba a la existencia?
Tal vez no exageré demasiado mis sospechas... Tal vez en lo que aconteció después yo tenga algo de responsabilidad. Ciertos hechos son irremediables... Y cuando algo es irremediable se torna necesario. Pensar eso distiende mi desasosiego y la horrorosa situación en que me encuentro.
Lo cierto es que entonces tomé mis recaudos para protegerme del comportamiento sospechoso de Ovidio. A la hora de la cena siempre me llamaba a su cuarto, un ambiente amplio y sin luz, de muebles lustrosos, macizos y oscuros, para interrogarme acerca de su esposa. Debía informarle cuánto había dicho; él, mientras, se reconfortaba meneando la cabeza, los ojos húmedos y fijos, pronunciando "pobre mi Antonieta, quién lo hubiera dicho". Cuando finalizaba mis crónicas, me reclamaba una opinión, que siempre era breve, porque él me interrumpía y empezaba a hablar de sí mismo, de su pasado de estanciero y no sé de que otras frivolidades menos honrosas. Antes de que me retirara formulaba su pregunta predilecta: "¿Usted piensa que Antonieta morirá hablando sola?" Cierta vez, en lugar de responderle que no, que moriría ante mí, decidí preguntarle por un enigma que hacía tiempo no llegaba a explicarme: ¿por qué evitaban verse? Se retrajo y me miró con pavor. Noté que las preguntas lo debilitaban; la incapacidad de controlarlas parecía empujarlo hacia una humillación que no podía abarcar. Desde entonces, cada día, al salir, le hacía preguntas entre indiscretas y maliciosas, y él, con una mezcla de vergüenza y furia, me respondía que era un impertinente, que me fuera, que era la última vez que me permitía semejante falta de respeto. Pero el hecho de habitar aquella casa penumbrosa me daba derecho a preguntar, a avanzar sobre mi amo. ¿Acaso no sufría como un habitante más? ¿No tenía tanto derecho como él a vigilar a los demás si sufría el frío y el vacío que fluía por los corredores, si respiraba la presencia abusiva de los ambientes clausurados?
Mi comportamiento cambió radicalmente. Diríase que la conciencia que tenía sobre mi condición me confería ante mis amos un poder insuperable. De noche, después de que Ovidio efectuara sus maniobras detrás de las puertas, yo salía al corredor empujado por la insolencia, y cuando él se encerraba en su cuarto me apoyaba detrás de la puerta para espiarlo. Las primeras veces me contenté con oírlo. Caminaba, de un lado a otro, los pasos atenuados sobre una alfombra, la tos ronca sonando a cada rato. Sabía que lo espiaba; desde mi llegada y a lo largo de mi estadía había estado esperando que me tomara aquella libertad demasiado evidente para no aparejar una forma de castigo. ¿Qué más podía querer si no someterme a la visión de su intimidad? ¿Que más le quedaba en la vida si no el placer de ser espiado? Horrorizado por la idea de que en realidad me estuviera utilizando para satisfacer alguna perversidad senil, decidí espiarlo a través de la cerradura. En efecto, comprobé que mi presencia, en vez atormentarlo, lo reconfortaba; andaba por el cuarto, desnudo, y lo que yo había tomado por tos era una escabrosa risa que vibraba en su boca cuando se detenía a contemplar cómo oscilaba entre sus piernas el miembro flojo, fino y prolongado como una lombriz, apenas bordeado por un aura de vello canoso.
Noche a noche, a pesar de las dolencias morales que me acosaban durante el día, no pude resistir la tentación de volver al ojo de la cerradura. ¿Por qué lo hacía? Luchaba por no ceder a la tentación y sin embargo ni siquiera podía limitarme a escucharlo; verlo caminar por el cuarto amplio y aprehender el instante en que la sonrisa se deslizaba en su cara cuando, con un movimiento leve de caderas, hacía oscilar su sexo tan particular, pasó a ser una necesidad a la que no podía renunciar. Y mientras más luchaba por no ceder, más importancia cobraba la pesquisa nocturna. Tenía la impresión angustiante de que sólo quería vivir para que cayera la noche...
Esperaba, durante todo el día, junto a Antonieta, a que llegara la ocasión de espiarlo. Contaba las horas, y mis estadías junto a la anciana eran cada vez más tormentosas. Comencé a odiarla; incluso pensé que era su presencia la que dilataba mi ansia: todas mis tragedias especulativas parecían invulnerables mientras ella existiera. Sufrí, cada vez con más frecuencia, la necesidad de torturarla. Y recién cuando esta tentación inaudita me abrumó, empecé a ejercer sobre ella mi pequeña venganza... Tenía derecho a vengarme de su presencia, me dije, del destino que me había llevado hasta allí y había transformado mi vida diurna en una mezcla de desesperación y ruido. Cuando ella me preguntaba por su marido, le comentaba que tenía ciertas actitudes sospechosas: deambulaba por la casa todo el día -lo cual era cierto-, como esperando que algo terminara con esa rutina dolorosa, y por la noche, siempre de la misma forma, me ofrecía dinero para que la envenenara.
- Ve, usted ve, no le dije, lo sabía, es un monstruo... -contestaba ella-. Yo también tengo dinero, voy a vivir para hacerlo sufrir... No se va a librar de mi tan fácilmente. Usted espere, él se va a morir primero, va a explotar, y yo le voy a dar -tartamudeaba, atacada de pronto por el temor- le voy a dar dinero para que usted haga lo que quiera... Espere, por favor, no falta mucho, no me mate - y entre las sábanas temblaba su cuerpo postrado, menudo y rugoso.
Desde luego que no creía en las patrañas de la vieja, y le manifestaba, para aterrorizarla aún más, que Ovidio me había prometido hacer un testamento a mi favor si la envenenaba. Para evitar escenas tétricas y conservar esa dignidad que siempre se había atribuido ante mí, le aconsejaba se dejara morir rápido. Nada deseaba más intensamente, en aquel tiempo, que deshacerme de ella y quedarme solo, de una vez por todas, con la presencia de mi amo.
- ¡Usted también es un monstruo! Dios mío, quién hubiera dicho que mi destino iba estar en manos de dos usureros. Qué vejación morir bajo la complicidad de un sirviente asqueroso, sucio y enfermizo, y la de un marido al que salvé de la indigencia, hace cincuenta años, cuando yo era una diva en la Ópera de París y él un pordiosero. ¡Qué sería él ahora sin mí! No podría ni siquiera caminar... La miseria le habría comido las piernas. ¡Ingrato! ¡Que bestialidad! Pero le advierto que no tengo miedo, yo no le temo a nada, si no tuve miedo hasta ahora por qué le voy a temer a sus amenazas, a mi marido, que camina por ahí, lo oigo, ¿usted lo oye?, esperando que se concrete el crimen... Pero a mí nadie me mata: he vivido tanto que nadie puede privarme de la muerte. Me pertenece, me pertenece, me pertenece... Cerdo. Cochino, tiene la cara más fea y viciosa que he visto en mi vida. No me puede matar, porque usted es desgraciado, mírese las manos gordas, las ojeras, el pelo rancio, no tiene clase ni manos para matar a alguien que ha cenado con Ingrid Bergman.
Diálogos similares se repetían cada día. Estaba decidido a derrotarla; a medida que hablaba mi odio aumentaba y el sueño de llegar a poseer esa íntima totalidad que suponía en Ovidio me impacientaba.
Un mes atrás, calculo -tal vez sean dos, desde entonces no tengo mucha noción del tiempo-, el desenlace de los hechos se apresuró. Yo mismo, que pregonaba un fin monstruoso, quedé azorado. Por la noche, a la hora en que Ovidio se detenía detrás de nuestras puertas, escuché ruidos y movimientos anómalos. Presumí, con certeza, que mi amo había dejado la rutina de espiarnos y había decidido entrar a la habitación de su esposa. Sonaron gritos; Antonieta lanzaba pedidos sórdidos de auxilio. Sólo yo escuchaba, apoyado en la puerta, paralizado por el horror de eso que me parecía tan inminente y que en ese momento cobraba la forma de un lamentable exceso... Y sólo yo escuchaba... Él lo sabía. Sólo yo, el único testigo, y él lo sabía. Salí, impulsado no sé por qué curiosidad morbosa, y observé en el corredor, bajo un tejido de penumbra y frío y olores agrios, cómo Ovidio, desnudo y en pantuflas, arrastraba a Antonieta del brazo. Ella apenas conservaba fuerza para protestar; sólo se resistió cuando él abrió la puerta del fondo e intentó introducirla en un cuarto al que nunca tuve acceso. Entonces mi amo, que parecía tranquilo a pesar de la situación, la empujó con un bastón imponente que yo nunca antes había visto, y la dejó encerrada bajo llave.
Poco después Ovidio se mudó al cuarto contiguo al mío. Todo cambió... No sé cómo explicarlo, cómo aceptarlo. Durante el día se paseaba por la casa, desnudo, apoyado en su bastón, y hablaba, hablaba solo y a veces, creo, me ordenaba algo, pero enseguida se desdecía y empezaba a reírse y a agitar su miembro. Yo no sabía qué hacer: ya no podía espiarlo. ¿Qué sentido tenía un amo para mí?
Hasta hace poco, por la noche, él solía regresar al cuarto donde había arrumbado a su mujer. Creo que le llevaba algunos víveres. Varias veces, siempre durante el día, me acerqué premeditadamente a la puerta del fondo. Escuchaba rumores, pasos; sí, me entretenían los pasos lentos y duros como el tictac de un reloj; me deleitaba pensar que esos sonidos eran lo único que quedaba de Antonieta.
Quince días atrás dejé de escuchar los pasos.
Y Ovidio siguió andando de un lado a otro y cada vez que me cruzaba se reía a carcajadas y pronunciaba cosas inentendibles. Cuando se instalaba en la cama, por la tarde, me ordenaba que permaneciera a su lado. Entonces yo lo alimentaba puntillosamente; cortaba en trozos su comida predilecta, carne y frutas... Me pedía, además, que lo afeitara y le cortara el pelo y las uñas; mientras, se reía y su estómago liso se hinchaba y sus ojos se llenaban de un brillo que me asustaba. Él me ha privado de todo, pensaba, incluso de Antonieta, a quien entonces creía haber apreciado más de lo que suponía. Ella hubiera podido salvarme... Sí, ella, no él. Y ante semejante equívoco ni siquiera podía poseer a Ovidio y debía reducirme a un simulacro, pues ya casi no le quedaban pelos ni uñas, y la barba no le crecía.
Lo más terrible de mi estado -casi una privación de lo humano- era que no podía espiarlo -sólo eso pretendía- porque de día circulaba a su gusto por toda la casa, y por la noche andaba por su cuarto, anteriormente de Antonieta, y golpeaba las paredes con el bastón. Entonces yo pensaba que lo odiaba profundamente y que podía dar cualquier cosa por deshacerme de él y de sus ruidos. A veces él salía al pasillo y yo oía su respiración dificultosa, su risa disfrazada de tos. Con la punta del bastón raspaba mi puerta, no sé durante cuánto tiempo, pero yo no podía dormir, contaba las horas que me quedaban de sueño, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, y hacía cálculos... Necesitaba dormir ocho horas, pero al amanecer Ovidio entraba a mi cuarto y me despertaba con su risa. Entonces pensaba que debía huir... Pero ya era tarde, debía esperar a que algo ocurriese.
Hace dos días mi espera terminó. Algo ocurrió. Dejé de escuchar a Ovidio. La última vez gemía; era temprano y no entró a mi cuarto. Lo oí caminar por el pasillo, detenerse en el fondo, abrir y cerrar una puerta. Lo busqué durante horas para sofocar mi sufrimiento: su ausencia me dolía más de lo que podría haber supuesto; hubiera preferido tenerlo a mi lado, soportar su extravagancia, cortarle las uñas.
Varias veces fui hasta la puerta del fondo. La primera vez escuché pasos arrastrándose, casi raspando el piso; luego no los percibí más. Espíe por la cerradura: todo estaba oscuro, muy oscuro y silencioso. Me pregunté qué habría allí; intenté entrar, pero la puerta parecía clausurada.
Supongo que tarde o temprano deberé forzar la puerta o huir. Mientras, la casa permanece vacía; camino de un lado a otro y los ambientes vastos me parecen tortuosos e íntimos como espejos. De pronto creo que hay alguien escondido y reviso los rincones y compruebo mi soledad. Ya no hay nadie, me digo. Camino otra vez. ¿Y ahora qué?

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