Adjetivo aplicado a las personas o cosas que tiene la misma edad o pertenecen a la misma época. Es palabra empleada ya desde los romanos, que la formaron con el prefijo co- (con) y aetas (edad). En latín existía también el verbo coaetanare, que significaba 'ser coetáneo', 'tener la misma edad', 'ser contemporáneo'. En castellano hay registros en castellano de esta palabra por lo menos desde el siglo XVIII, como en este trecho de Theatro crítico universal (1730), de Benito Jerónimo Feijoo:
Sin embargo, a otros hace más fuerza la pureza del estilo, pareciéndoles que ha más de mil y quinientos años que no huvo autor que escribiesse tan bien el idioma latino, y assí están firmes en que el escritor de esta historia es coetáneo a alguno de los primeros césares.
jueves
Etiqueta
Es el nombre del protocolo o ceremonial que 'se debe guardar en las casas reales y en actos públicos solemnes', según explica la Academia en la primera acepción de su diccionario. Esta añeja definición no es muy diferente de la segunda, que se refiere 'a la ceremonia en la manera de tratarse las personas particulares o en actos de la vida privada'. La palabra proviene del francés étiquette, lengua en la cual este vocablo se emplea desde el siglo XIV. Tanto en francés como en español, el término significa también 'rótulo que se adhiere a un objeto para identificarlo'. Este último es anterior al que mencionamos en primer término; en la corte de Carlos V, el ceremonial seguía una serie de reglas que permanecieron inalteradas durante un siglo, puesto que estaban establecidas en etiquetas (rótulos) cuyas indicaciones se seguían rigurosamente paso a paso.
En francés, étiquette se había derivado de estiquette y provenía de stikkan que, en la lengua de los francos, significaba fijar un cartel con una noticia en un lugar público. Étiquette pasó también al inglés ticket, que inicialmente significó 'anotación breve' y que hace algunas décadas ingresó a nuestra lengua bajo la forma tique, con el sentido de 'billete' o 'boleto'. En inglés también sticker (etiqueta adhesiva).
En francés, étiquette se había derivado de estiquette y provenía de stikkan que, en la lengua de los francos, significaba fijar un cartel con una noticia en un lugar público. Étiquette pasó también al inglés ticket, que inicialmente significó 'anotación breve' y que hace algunas décadas ingresó a nuestra lengua bajo la forma tique, con el sentido de 'billete' o 'boleto'. En inglés también sticker (etiqueta adhesiva).
Galaxia
Del latín y del griego galaxias (relativo a la leche), designa el camino luminoso que traza en el cielo la luz de la galaxia a la que pertenecemos, la Vía Láctea. Los poetas griegos y latinos decían que se trataba de la leche que había derramado Juno al dar de mamar a Hércules, pero con la cristianización de Roma el mito popular cambió. La gente en España empezó a ver en la Vía Láctea 'el camino de Santiago', mientras que en Francia esa vía luminosa del cielo es llamada chemin de Saint Jacques (camino de Santiago). En los últimos años, se ha dado en llamar 'galácticos' a los jugadores estrella del fútbol español, tan estrellas que viven en las propias galaxias.
En el siglo pasado, se llamó guerra de las galaxias un sistema bélico proyectado por Estados Unidos que se basaba en la utilización de satélites situados fuera de la atmósfera terrestre.
En el siglo pasado, se llamó guerra de las galaxias un sistema bélico proyectado por Estados Unidos que se basaba en la utilización de satélites situados fuera de la atmósfera terrestre.
Los otros dioses
En la cima del pico más alto del mundo habitan los dioses de la tierra, y no soportan que ningún hombre se jacte de haberlos visto. En otro tiempo poblaron los picos inferiores; pero los hombres de las llanuras se empeñaron siempre en escalar las laderas de roca y de nieve, empujando a los dioses hacia montañas cada vez más elevadas, hasta hoy, en que sólo les queda la última. Al abandonar sus cumbres anteriores se llevaron sus propios signos, salvo una vez que, según se dice, dejaron una imagen esculpida en la cara del monte llamado Ngranek.
Pero ahora se han retirado a la desconocida Kadath del desierto frío, en donde los hombres no entran jamás, y se han vuelto severos; y si en otro tiempo soportaron que los hombres los desplazaran, ahora les han prohibido que se acerquen; pero si lo hacen, les impiden marcharse. Conviene que los hombres no sepan dónde esta Kadath; de lo contrario, tratarían de escalarla en su imprudencia.
A veces, en la quietud de la noche, cuando los dioses de la tierra sienten añoranza, visitan los picos donde moraron una vez, y lloran en silencio al tratar de jugar en silencio en las recordadas laderas. Los hombres han sentido las lágrimas de los dioses sobre el nevado Thurai, aunque creyeron que era lluvia; y han oído sus suspiros en los quejumbrosos vientos matinales de Lerion. Los dioses suelen viajar en las naves de nubes, y los sabios campesinos tienen leyendas que les disuaden de acercarse a ciertos picos elevados por la noche cuando el cielo se nubla, porque los dioses no son tan indulgentes como antaño.
En Ulthar, más allá del río Skai, vivía una vez un anciano que deseaba contemplar a los dioses de la tierra; este hombre conocía profundamente los siete libros crípticos de la Tierra y estaba familiarizado con los Manuscritos Pnakóticos de la distante y helada Lomar. Se llamaba Barzai el Sabio, y los lugareños cuentan cómo escaló una montaña la noche del extraño eclipse.
Barzai sabía tantas cosas sobre los dioses que podía contar sus idas y venidas; y adivinaba tantos secretos que se tenía a si mismo por un semidiós. Fue él quien aconsejó prudentemente a los diputados de Ulthar cuando aprobaron la famosa ley que prohibía matar gatos, y quien dijo al joven sacerdote Atal adónde se habían ido los gatos negros, en la medianoche de la víspera de san Juan. Barzai estaba profundamente versado en la ciencia de los dioses de la tierra, y le habían entrado deseos de ver sus rostros. Creía que su hondo y secreto conocimiento de los dioses lo protegería de la ira de éstos, y decidió escalar la cima del elevado y rocoso Hatheg-Kla una noche en que sabía que los dioses estarían allí.
El Hatheg-Kla está en el desierto pedregoso que se extiende más allá de Hatheg, del cual recibe el nombre, y se alza como una estatua de roca en un templo silencioso. Las brumas juegan lúgubremente alrededor de su cima porque las brumas son los recuerdos de los dioses, y los dioses amaban el Hatheg-Kla cuando habitaban en él, en otro tiempo. Frecuentemente visitan los dioses de la tierra el Hatheg-Kla, en sus naves de nube, y derraman pálidos vapores sobre las laderas cuando danzan añorantes en la cima, bajo una luna clara. Los aldeanos de Hatheg dicen que no conviene escalar el Hatheg-Kla en ningún momento, y que es fatal hacerlo de noche, cuando los pálidos vapores ocultan la cima y la luna; sin embargo, no les escuchó Barzai cuando llegó de la vecina Ulthar con el joven sacerdote Atal, su discípulo. Atal sólo era hijo de posadero, y a veces tenía miedo; pero el padre de Barzai había sido un noble que vivió en un antiguo castillo, por lo que no había supersticiones vulgares en sus venas, y se reía de los atemorizados aldeanos.
Barzai y Atal salieron de Hatheg hacia el pedregoso desierto, a pesar de los ruegos de los campesinos, y charlaron sobre los dioses de la tierra junto a su fogata, por las noches. Viajaron durante muchos días, hasta que divisaron a lo lejos al altísimo Hatheg-Kla con su halo de lúgubre bruma. El décimo tercer día llegaron al pie de la solitaria montaña, y Atal confesó sus temores. Pero Barzai era viejo, sabio, y no conocía el miedo, así que marchó delante osadamente por la ladera que ningún hombre había escalado desde los tiempos de Sansu, de quien hablan con temor los mohosos Manuscritos Pnakóticos.
El camino era rocoso y peligroso a causa de los precipicios y acantilados y aludes. Después se volvió frío y nevado; y Barzai y Atal resbalaban a menudo, y se caían, mientras se abrían camino con bastones y hachas. Finalmente el aire se enrareció, el cielo cambió de color, y los escaladores encontraron que era difícil respirar; pero siguieron subiendo más y más, maravillados ante lo extraño del paisaje, y emocionados pensando en lo que sucedería en la cima, cuando saliera la luna y se extendieran los pálidos vapores. Durante tres días estuvieron subiendo más y más, hacia el techo del mundo; luego acamparon, en espera de que se nublara la luna.
Durante cuatro noches esperaron en vano las nubes, mientras la luna derramaba su frío resplandor a través de las tenues y lúgubres brumas que envolvían el mudo pináculo. Y la quinta noche, en que salió la luna llena, Barzai vio unos nubarrones densos a lo lejos, por el norte, y ni él ni Atal se acostaron, observando cómo se acercaban. Espesos y majestuosos, navegaban lenta y deliberadamente; rodearon el pico muy por encima de los observadores, y ocultaron la luna y la cima. Durante una hora larga estuvieron observando los dos, mientras los vapores se arremolinaban y la pantalla de nubes se espesaba y se hacía más inquieta. Barzai era versado en la ciencia de los dioses de la tierra, y escuchaba atento los ruidos; pero Atal, que sentía el frío de los vapores y el miedo de la noche, estaba aterrado. Y aunque Barzai siguió subiendo más y más, y le hacía señas ansiosamente para que fuera también, Atal tardó mucho en decidirse a seguirlo.
Tan densos eran los vapores que la marcha resultaba muy penosa; y aunque Atal lo siguió al fin, apenas podía ver la figura gris de Barzai en la borrosa ladera, arriba, a la luz nublada de la luna. Barzai marchaba muy delante; y a pesar de su edad, parecía escalar con más soltura y facilidad que Atal, sin miedo a la pendiente que empezaba a ser demasiado pronunciada y peligrosa, salvo para un hombre fuerte y temerario, y sin detenerse ante los grandes y negros precipicios que Atal apenas podía saltar. Y de este modo escalaron intensamente rocas y precipicios, resbalando y tropezando, sobrecogidos a veces ante el impresionante silencio de los fríos y desolados pináculos y mudas pendientes de granito.
Súbitamente, Barzai desapareció de la vista de Atal, y salvó una tremenda cornisa que parecía sobresalir y cortar el camino a todo escalador que no estuviese inspirado por los dioses de la tierra. Atal estaba muy abajo, pensando qué haría cuando llegara a dicho punto, cuando observó curiosamente que la luna había aumentado, como si el despejado pico y lugar de reunión de los dioses estuviese muy cerca. Y mientras gateaba hacia la cornisa saliente y hacia el cielo iluminado, sintió los más grandes terrores de su vida. Y entonces, a través de las brumas de arriba, oyó la voz de Barzai que gritaba locamente, de gozo:
-¡He oído a los dioses! ¡He oído a los dioses de la tierra cantar dichosos en el Hatheg-Kla! ¡Barzai el profeta conoce las voces de los dioses de la tierra! Las brumas son tenues y la luna brillante; hoy veré a los dioses danzar frenéticos en el Hatheg-Kla que tanto amaron en su juventud. La sabiduría hace a Barzai más grande aún que los dioses de la tierra, y los encantos y barreras de todos ellos no pueden nada contra su voluntad; Barzai contemplará a los dioses de la tierra, aunque ellos detesten ser contemplados por los hombres.
Atal no podía oír las voces que Barzai oía, pero ahora estaban cerca de la cornisa, y buscaba un paso. Y entonces oyó crecer la voz de Barzai de forma más sonora y estridente:
-La niebla es muy tenue, y la luna arroja sombras sobre las laderas; las voces de los dioses de la tierra son violentas y airadas; temen la llegada de Barzai el Sabio, porque es más grande que ellos... La luz de la luna fluctúa, y los dioses de la tierra danzan frente a ella; veré danzar sus formas, saltando y aullando a la luz de la luna... La luz se debilita; los dioses tienen miedo...
Mientras Barzai gritaba estas cosas, Atal notó un cambio espectral en todo el aire, como si las leyes de la tierra cedieran ante otras leyes superiores; porque aunque el sendero era más pronunciado que nunca, el ascenso se había vuelto espantosamente fácil, y la cornisa apenas fue un obstáculo cuando llegó a ella y trepó peligrosamente por su cara convexa. El resplandor de la luna se había apagado extrañamente; y mientras Atal se adelantaba en las brumas, monte arriba, oyó a Barzai el Sabio gritar entre las sombras:
-La luna es oscura y los dioses danzan en la noche; hay terror en la noche; hay terror en el cielo, pues la luna ha sufrido un eclipse que ni los libros humanos ni los dioses de la tierra han sido capaces de predecir... Hay una magia desconocida en el Hatheg-Kla, pues los gritos de los dioses asustados se han convertido en risas, y las laderas de hielo ascienden interminablemente hacia los cielos tenebrosos, en los que ahora me sumerjo... ¡Eh! ¡Eh! ¡Al fin! ¡En la débil luz, he percibido a los dioses de la tierra!
Y entonces Atal, deslizándose monte arriba con vertiginosa rapidez por inconcebibles pendientes, oyó en la oscuridad una risa repugnante, mezclada con gritos que ningún hombre puede haber oído salvo en el Fleguetonte de inenarrables pesadillas; un grito en el que vibró el horror y la angustia de una vida tormentosa comprimida en un instante atroz:
-¡Los otros dioses! ¡Los otros dioses! ¡Los dioses de los infiernos exteriores que custodian a los débiles dioses de la tierra!... ¡Aparta la mirada!... ¡Retrocede!... ¡No mires! ¡No mires! La venganza de los abismos infinitos... Ese maldito, ese condenado precipicio... ¡Misericordiosos dioses de la tierra, estoy cayendo al cielo!
Y mientras Atal cerraba los ojos, se taponaba los oídos, y trataba de descender luchando contra la espantosa fuerza que lo atraía hacia desconocidas alturas, siguió resonando en el Hatheg-Kla el estallido terrible de los truenos que despertaron a los pacíficos aldeanos de las llanuras y a los honrados ciudadanos de Hatheg, de Nir y de Ulthar, haciéndoles detenerse a observar, a través de las nubes, aquel extraño eclipse que ningún libro había predicho jamás. Y cuando al fin salió la luna, Atal estaba a salvo en las nieves inferiores de la montaña, fuera de la vista de los dioses de la tierra y de los otros dioses.
Ahora se dice en los mohosos Manuscritos Pnakóticos que Sansu no descubrió otra cosa que rocas mudas y hielo, la vez que escaló el Hatheg-Kla en la juventud del mundo. Sin embargo, cuando los hombres de Ulthar y de Nir y de Hatheg reprimieron sus temores y escalaron ese día esa cumbre encantada en busca de Barzai el Sabio, encontraron grabado en la roca desnuda de la cima un símbolo extraño y ciclópeo de cincuenta codos de ancho, como si la roca hubiese sido hendida por un titánico cincel. Y el símbolo era semejante al que los sabios descubrieron en esas partes espantosas de los Manuscritos Pnakóticos tan antiguas que no se pueden leer. Eso encontraron.
Jamás llegaron a encontrar a Barzai el Sabio, ni lograron convencer al santo sacerdote Atal para que rezase por el descanso de su alma. Y todavía hoy las gentes de Ulthar y de Nir y de Hatheg tienen miedo de los eclipses, y rezan por la noche cuando los pálidos vapores ocultan la cumbre de la montaña y la luna. Y por encima de las brumas de Hatheg-Kla los dioses de la tierra danzan a veces con nostalgia, porque saben que no corren peligro y les encanta venir a la desconocida Kadath en sus naves de nube a jugar como antaño, como hacían cuando la tierra era nueva y los hombres no escalaban las regiones inaccesibles.
Pero ahora se han retirado a la desconocida Kadath del desierto frío, en donde los hombres no entran jamás, y se han vuelto severos; y si en otro tiempo soportaron que los hombres los desplazaran, ahora les han prohibido que se acerquen; pero si lo hacen, les impiden marcharse. Conviene que los hombres no sepan dónde esta Kadath; de lo contrario, tratarían de escalarla en su imprudencia.
A veces, en la quietud de la noche, cuando los dioses de la tierra sienten añoranza, visitan los picos donde moraron una vez, y lloran en silencio al tratar de jugar en silencio en las recordadas laderas. Los hombres han sentido las lágrimas de los dioses sobre el nevado Thurai, aunque creyeron que era lluvia; y han oído sus suspiros en los quejumbrosos vientos matinales de Lerion. Los dioses suelen viajar en las naves de nubes, y los sabios campesinos tienen leyendas que les disuaden de acercarse a ciertos picos elevados por la noche cuando el cielo se nubla, porque los dioses no son tan indulgentes como antaño.
En Ulthar, más allá del río Skai, vivía una vez un anciano que deseaba contemplar a los dioses de la tierra; este hombre conocía profundamente los siete libros crípticos de la Tierra y estaba familiarizado con los Manuscritos Pnakóticos de la distante y helada Lomar. Se llamaba Barzai el Sabio, y los lugareños cuentan cómo escaló una montaña la noche del extraño eclipse.
Barzai sabía tantas cosas sobre los dioses que podía contar sus idas y venidas; y adivinaba tantos secretos que se tenía a si mismo por un semidiós. Fue él quien aconsejó prudentemente a los diputados de Ulthar cuando aprobaron la famosa ley que prohibía matar gatos, y quien dijo al joven sacerdote Atal adónde se habían ido los gatos negros, en la medianoche de la víspera de san Juan. Barzai estaba profundamente versado en la ciencia de los dioses de la tierra, y le habían entrado deseos de ver sus rostros. Creía que su hondo y secreto conocimiento de los dioses lo protegería de la ira de éstos, y decidió escalar la cima del elevado y rocoso Hatheg-Kla una noche en que sabía que los dioses estarían allí.
El Hatheg-Kla está en el desierto pedregoso que se extiende más allá de Hatheg, del cual recibe el nombre, y se alza como una estatua de roca en un templo silencioso. Las brumas juegan lúgubremente alrededor de su cima porque las brumas son los recuerdos de los dioses, y los dioses amaban el Hatheg-Kla cuando habitaban en él, en otro tiempo. Frecuentemente visitan los dioses de la tierra el Hatheg-Kla, en sus naves de nube, y derraman pálidos vapores sobre las laderas cuando danzan añorantes en la cima, bajo una luna clara. Los aldeanos de Hatheg dicen que no conviene escalar el Hatheg-Kla en ningún momento, y que es fatal hacerlo de noche, cuando los pálidos vapores ocultan la cima y la luna; sin embargo, no les escuchó Barzai cuando llegó de la vecina Ulthar con el joven sacerdote Atal, su discípulo. Atal sólo era hijo de posadero, y a veces tenía miedo; pero el padre de Barzai había sido un noble que vivió en un antiguo castillo, por lo que no había supersticiones vulgares en sus venas, y se reía de los atemorizados aldeanos.
Barzai y Atal salieron de Hatheg hacia el pedregoso desierto, a pesar de los ruegos de los campesinos, y charlaron sobre los dioses de la tierra junto a su fogata, por las noches. Viajaron durante muchos días, hasta que divisaron a lo lejos al altísimo Hatheg-Kla con su halo de lúgubre bruma. El décimo tercer día llegaron al pie de la solitaria montaña, y Atal confesó sus temores. Pero Barzai era viejo, sabio, y no conocía el miedo, así que marchó delante osadamente por la ladera que ningún hombre había escalado desde los tiempos de Sansu, de quien hablan con temor los mohosos Manuscritos Pnakóticos.
El camino era rocoso y peligroso a causa de los precipicios y acantilados y aludes. Después se volvió frío y nevado; y Barzai y Atal resbalaban a menudo, y se caían, mientras se abrían camino con bastones y hachas. Finalmente el aire se enrareció, el cielo cambió de color, y los escaladores encontraron que era difícil respirar; pero siguieron subiendo más y más, maravillados ante lo extraño del paisaje, y emocionados pensando en lo que sucedería en la cima, cuando saliera la luna y se extendieran los pálidos vapores. Durante tres días estuvieron subiendo más y más, hacia el techo del mundo; luego acamparon, en espera de que se nublara la luna.
Durante cuatro noches esperaron en vano las nubes, mientras la luna derramaba su frío resplandor a través de las tenues y lúgubres brumas que envolvían el mudo pináculo. Y la quinta noche, en que salió la luna llena, Barzai vio unos nubarrones densos a lo lejos, por el norte, y ni él ni Atal se acostaron, observando cómo se acercaban. Espesos y majestuosos, navegaban lenta y deliberadamente; rodearon el pico muy por encima de los observadores, y ocultaron la luna y la cima. Durante una hora larga estuvieron observando los dos, mientras los vapores se arremolinaban y la pantalla de nubes se espesaba y se hacía más inquieta. Barzai era versado en la ciencia de los dioses de la tierra, y escuchaba atento los ruidos; pero Atal, que sentía el frío de los vapores y el miedo de la noche, estaba aterrado. Y aunque Barzai siguió subiendo más y más, y le hacía señas ansiosamente para que fuera también, Atal tardó mucho en decidirse a seguirlo.
Tan densos eran los vapores que la marcha resultaba muy penosa; y aunque Atal lo siguió al fin, apenas podía ver la figura gris de Barzai en la borrosa ladera, arriba, a la luz nublada de la luna. Barzai marchaba muy delante; y a pesar de su edad, parecía escalar con más soltura y facilidad que Atal, sin miedo a la pendiente que empezaba a ser demasiado pronunciada y peligrosa, salvo para un hombre fuerte y temerario, y sin detenerse ante los grandes y negros precipicios que Atal apenas podía saltar. Y de este modo escalaron intensamente rocas y precipicios, resbalando y tropezando, sobrecogidos a veces ante el impresionante silencio de los fríos y desolados pináculos y mudas pendientes de granito.
Súbitamente, Barzai desapareció de la vista de Atal, y salvó una tremenda cornisa que parecía sobresalir y cortar el camino a todo escalador que no estuviese inspirado por los dioses de la tierra. Atal estaba muy abajo, pensando qué haría cuando llegara a dicho punto, cuando observó curiosamente que la luna había aumentado, como si el despejado pico y lugar de reunión de los dioses estuviese muy cerca. Y mientras gateaba hacia la cornisa saliente y hacia el cielo iluminado, sintió los más grandes terrores de su vida. Y entonces, a través de las brumas de arriba, oyó la voz de Barzai que gritaba locamente, de gozo:
-¡He oído a los dioses! ¡He oído a los dioses de la tierra cantar dichosos en el Hatheg-Kla! ¡Barzai el profeta conoce las voces de los dioses de la tierra! Las brumas son tenues y la luna brillante; hoy veré a los dioses danzar frenéticos en el Hatheg-Kla que tanto amaron en su juventud. La sabiduría hace a Barzai más grande aún que los dioses de la tierra, y los encantos y barreras de todos ellos no pueden nada contra su voluntad; Barzai contemplará a los dioses de la tierra, aunque ellos detesten ser contemplados por los hombres.
Atal no podía oír las voces que Barzai oía, pero ahora estaban cerca de la cornisa, y buscaba un paso. Y entonces oyó crecer la voz de Barzai de forma más sonora y estridente:
-La niebla es muy tenue, y la luna arroja sombras sobre las laderas; las voces de los dioses de la tierra son violentas y airadas; temen la llegada de Barzai el Sabio, porque es más grande que ellos... La luz de la luna fluctúa, y los dioses de la tierra danzan frente a ella; veré danzar sus formas, saltando y aullando a la luz de la luna... La luz se debilita; los dioses tienen miedo...
Mientras Barzai gritaba estas cosas, Atal notó un cambio espectral en todo el aire, como si las leyes de la tierra cedieran ante otras leyes superiores; porque aunque el sendero era más pronunciado que nunca, el ascenso se había vuelto espantosamente fácil, y la cornisa apenas fue un obstáculo cuando llegó a ella y trepó peligrosamente por su cara convexa. El resplandor de la luna se había apagado extrañamente; y mientras Atal se adelantaba en las brumas, monte arriba, oyó a Barzai el Sabio gritar entre las sombras:
-La luna es oscura y los dioses danzan en la noche; hay terror en la noche; hay terror en el cielo, pues la luna ha sufrido un eclipse que ni los libros humanos ni los dioses de la tierra han sido capaces de predecir... Hay una magia desconocida en el Hatheg-Kla, pues los gritos de los dioses asustados se han convertido en risas, y las laderas de hielo ascienden interminablemente hacia los cielos tenebrosos, en los que ahora me sumerjo... ¡Eh! ¡Eh! ¡Al fin! ¡En la débil luz, he percibido a los dioses de la tierra!
Y entonces Atal, deslizándose monte arriba con vertiginosa rapidez por inconcebibles pendientes, oyó en la oscuridad una risa repugnante, mezclada con gritos que ningún hombre puede haber oído salvo en el Fleguetonte de inenarrables pesadillas; un grito en el que vibró el horror y la angustia de una vida tormentosa comprimida en un instante atroz:
-¡Los otros dioses! ¡Los otros dioses! ¡Los dioses de los infiernos exteriores que custodian a los débiles dioses de la tierra!... ¡Aparta la mirada!... ¡Retrocede!... ¡No mires! ¡No mires! La venganza de los abismos infinitos... Ese maldito, ese condenado precipicio... ¡Misericordiosos dioses de la tierra, estoy cayendo al cielo!
Y mientras Atal cerraba los ojos, se taponaba los oídos, y trataba de descender luchando contra la espantosa fuerza que lo atraía hacia desconocidas alturas, siguió resonando en el Hatheg-Kla el estallido terrible de los truenos que despertaron a los pacíficos aldeanos de las llanuras y a los honrados ciudadanos de Hatheg, de Nir y de Ulthar, haciéndoles detenerse a observar, a través de las nubes, aquel extraño eclipse que ningún libro había predicho jamás. Y cuando al fin salió la luna, Atal estaba a salvo en las nieves inferiores de la montaña, fuera de la vista de los dioses de la tierra y de los otros dioses.
Ahora se dice en los mohosos Manuscritos Pnakóticos que Sansu no descubrió otra cosa que rocas mudas y hielo, la vez que escaló el Hatheg-Kla en la juventud del mundo. Sin embargo, cuando los hombres de Ulthar y de Nir y de Hatheg reprimieron sus temores y escalaron ese día esa cumbre encantada en busca de Barzai el Sabio, encontraron grabado en la roca desnuda de la cima un símbolo extraño y ciclópeo de cincuenta codos de ancho, como si la roca hubiese sido hendida por un titánico cincel. Y el símbolo era semejante al que los sabios descubrieron en esas partes espantosas de los Manuscritos Pnakóticos tan antiguas que no se pueden leer. Eso encontraron.
Jamás llegaron a encontrar a Barzai el Sabio, ni lograron convencer al santo sacerdote Atal para que rezase por el descanso de su alma. Y todavía hoy las gentes de Ulthar y de Nir y de Hatheg tienen miedo de los eclipses, y rezan por la noche cuando los pálidos vapores ocultan la cumbre de la montaña y la luna. Y por encima de las brumas de Hatheg-Kla los dioses de la tierra danzan a veces con nostalgia, porque saben que no corren peligro y les encanta venir a la desconocida Kadath en sus naves de nube a jugar como antaño, como hacían cuando la tierra era nueva y los hombres no escalaban las regiones inaccesibles.
La torre
Desde esa esquina se puede ver la torre. Si el testigo abandona por un segundo el ruido de la vida porteña, descubrirá tras las paredes circulares un aquelarre. El eco del mismo lugar que la humanidad resguarda en la penumbra bajo diferentes disfraces. La esencia de los cimientos de construcciones tan antiguas como las pirámides y Stonehenge. Allí se suceden acontecimientos -incluso próximos a lo cotidiano- que atraen a hados y demonios.
Fue lupanar y fumadero de opio. Acaso alguno de sus visitantes haya dejado el alma allí preso del puñal de un malevo. Pero fue cuando llegó aquella artista pálida, María Krum, que su esencia brotó al fin. Recuerdo que apenas salía para hacer visitas a la universidad. Fue en su biblioteca donde hojeó las páginas del prohibido Necronomicón. Mortal fue su curiosidad por la que recitó aquel hechizo. Quizá creyó que las paredes sin ángulos la protegerían de los sabuesos. Pero esas criaturas son hábiles, impetuosas, insaciables. Los vecinos oyeron el grito del día en que murió. Ahora forma parte de la superstición barrial. Pero yo sigo oyendo su sufrimiento y el jadeo de los Perros de Tíndalos que olfatean, hurgan y rastrean en la torre.
Fue lupanar y fumadero de opio. Acaso alguno de sus visitantes haya dejado el alma allí preso del puñal de un malevo. Pero fue cuando llegó aquella artista pálida, María Krum, que su esencia brotó al fin. Recuerdo que apenas salía para hacer visitas a la universidad. Fue en su biblioteca donde hojeó las páginas del prohibido Necronomicón. Mortal fue su curiosidad por la que recitó aquel hechizo. Quizá creyó que las paredes sin ángulos la protegerían de los sabuesos. Pero esas criaturas son hábiles, impetuosas, insaciables. Los vecinos oyeron el grito del día en que murió. Ahora forma parte de la superstición barrial. Pero yo sigo oyendo su sufrimiento y el jadeo de los Perros de Tíndalos que olfatean, hurgan y rastrean en la torre.
El clérigo malvado
Un hombre grave que parecía inteligente, con ropa discreta y barba gris, me hizo pasar a la habitación del ático, y me habló en estos términos:
-Sí, aquí vivió él..., pero le aconsejo que no toque nada. Su curiosidad lo vuelve irresponsable. Nosotros jamás subimos aquí de noche; y si lo conservamos todo tal cual está, es sólo por su testamento. Ya sabe lo que hizo. Esa abominable sociedad se hizo cargo de todo al final, y no sabemos dónde está enterrado. Ni la ley ni nada lograron llegar hasta esa sociedad.
-Espero que no se quede aquí hasta el anochecer. Le ruego que no toque lo que hay en la mesa, eso que parece una caja de fósforos. No sabemos qué es, pero sospechamos que tiene que ver con lo que hizo. Incluso evitamos mirarlo demasiado fijamente.
Poco después, el hombre me dejó solo en la habitación del ático. Estaba muy sucia, polvorienta y primitivamente amueblada, pero tenía una elegancia que indicaba que no era el tugurio de un plebeyo. Había estantes repletos de libros clásicos y de teología, y otra librería con tratados de magia: de Paracelso, Alberto Magno, Tritemius, Hermes Trismegisto, Borellus y demás, en extraños caracteres cuyos títulos no fui capaz de descifrar. Los muebles eran muy sencillos. Había una puerta, pero daba acceso tan sólo a un armario empotrado. La única salida era la abertura del suelo, hasta la que llegaba la escalera tosca y empinada. Las ventanas eran de ojo de buey, y las vigas de negro roble revelaban una increíble antigüedad. Evidentemente, esta casa pertenecía a la vieja Europa. Me parecía saber dónde me encontraba, aunque no puedo recordar lo que entonces sabía. Desde luego, la ciudad no era Londres. Mi impresión es que se trataba de un pequeño puerto de mar.
El objeto de la mesa me fascinó totalmente. Creo que sabía manejarlo, porque saqué una linterna eléctrica -o algo que parecía una linterna- del bolsillo, y comprobé nervioso sus destellos. La luz no era blanca, sino violeta, y el haz que proyectaba era menos un rayo de luz que una especie de bombardeo radiactivo. Recuerdo que yo no la consideraba una linterna corriente: en efecto, llevaba una normal en el otro bolsillo.
Estaba oscureciendo, y los antiguos tejados y chimeneas, afuera, parecían muy extraños tras los cristales de las ventanas de ojo de buey. Finalmente, haciendo acopio de valor, apoyé en mi libro el pequeño objeto de la mesa y enfoqué hacia él los rayos de la peculiar luz violeta. La luz pareció asemejarse aún más a una lluvia o granizo de minúsculas partículas violeta que a un haz continuo de luz. Al chocar dichas partículas con la vítrea superficie del extraño objeto parecieron producir una crepitación, como el chisporroteo de un tubo vacío al ser atravesado por una lluvia de chispas. La oscura superficie adquirió una incandescencia rojiza, y una forma vaga y blancuzca pareció tomar forma en su centro. Entonces me di cuenta de que no estaba solo en la habitación... y me guardé el proyector de rayos en el bolsillo.
Pero el recién llegado no habló, ni oí ningún ruido durante los momentos que siguieron. Todo era una vaga pantomima como vista desde inmensa distancia, a través de una neblina... Aunque, por otra parte, el recién llegado y todos los que fueron viniendo a continuación aparecían grandes y próximos, como si estuviesen a la vez lejos y cerca, obedeciendo a alguna geometría anormal.
El recién llegado era un hombre flaco y moreno, de estatura media, vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana. Aparentaba unos treinta años y tenía la tez cetrina, olivácea, y un rostro agradable, pero su frente era anormalmente alta. Su cabello negro estaba bien cortado y pulcramente peinado y su barba afeitada, si bien le azuleaba el mentón debido al pelo crecido. Usaba gafas sin montura, con aros de acero. Su figura y las facciones de la mitad inferior de la cara eran como la de los clérigos que yo había visto, pero su frente era asombrosamente alta, y tenía una expresión más hosca e inteligente, a la vez que más sutil y secretamente perversa. En ese momento -acababa de encender una lámpara de aceite- parecía nervioso; y antes de que yo me diese cuenta había empezado a arrojar los libros de magia a una chimenea que había junto a una ventana de la habitación (donde la pared se inclinaba pronunciadamente), en la que no había reparado yo hasta entonces. Las llamas consumían los volúmenes con avidez, saltando en extraños colores y despidiendo un olor increíblemente nauseabundo mientras las páginas de misteriosos jeroglíficos y las carcomidas encuadernaciones eran devoradas por el elemento devastador. De repente, observé que había otras personas en la estancia: hombres con aspecto grave, vestidos de clérigo, entre los que había uno que llevaba corbatín y calzones de obispo. Aunque no conseguía oír nada, me di cuenta de que estaban comunicando una decisión de enorme trascendencia al primero de los llegados. Parecía que lo odiaban y le temían al mismo tiempo, y que tales sentimientos eran recíprocos. Su rostro mantenía una expresión severa; pero observé que, al tratar de agarrar el respaldo de una silla, le temblaba la mano derecha. El obispo le señaló la estantería vacía y la chimenea (donde las llamas se habían apagado en medio de un montón de residuos carbonizados e informes), preso al parecer de especial disgusto. El primero de los recién llegados esbozó entonces una sonrisa forzada, y extendió la mano izquierda hacia el pequeño objeto de la mesa. Todos parecieron sobresaltarse. El cortejo de clérigos comenzó a desfilar por la empinada escalera, a través de la trampa del suelo, al tiempo que se volvían y hacían gestos amenazadores al desaparecer. El obispo fue el último en abandonar la habitación.
El que había llegado primero fue a un armario del fondo y sacó un rollo de cuerda. Subió a una silla, ató un extremo a un gancho que colgaba de la gran viga central de negro roble y empezó a hacer un nudo corredizo en el otro extremo. Comprendiendo que se iba a ahorcar, corrí con la idea de disuadirlo o salvarlo. Entonces me vio, suspendió los preparativos y miró con una especie de triunfo que me desconcertó y me llenó de inquietud. Descendió lentamente de la silla y empezó a avanzar hacia mí con una sonrisa claramente lobuna en su rostro oscuro de delgados labios.
Sentí que me encontraba en un peligro mortal y saqué el extraño proyector de rayos como arma de defensa. No sé por qué, pensaba que me sería de ayuda. Se lo enfoqué de lleno a la cara y vi inflamarse sus facciones cetrinas, con una luz violeta primero y luego rosada. Su expresión de exultación lobuna empezó a dejar paso a otra de profundo temor, aunque no llegó a borrársele enteramente. Se detuvo en seco; y agitando los brazos violentamente en el aire, empezó a retroceder tambaleante. Vi que se acercaba a la abertura del suelo y grité para prevenirlo; pero no me oyó. Un instante después, trastabilló hacia atrás, cayó por la abertura y desapareció de mi vista.
Me costó avanzar hasta la trampilla de la escalera, pero al llegar descubrí que no había ningún cuerpo aplastado en el piso de abajo. En vez de eso me llegó el rumor de gentes que subían con linternas; se había roto el momento de silencio fantasmal y otra vez oía ruidos y veía figuras normalmente tridimensionales. Era evidente que algo había atraído a la multitud a este lugar. ¿Se había producido algún ruido que yo no había oído? A continuación, los dos hombres (simples vecinos del pueblo, al parecer) que iban a la cabeza me vieron de lejos, y se quedaron paralizados. Uno de ellos gritó de forma atronadora:
-¡Ahhh! ¿Conque eres tú? ¿Otra vez?
Entonces dieron media vuelta y huyeron frenéticamente. Todos menos uno. Cuando la multitud hubo desaparecido, vi al hombre grave de barba gris que me había traído a este lugar, de pie, solo, con una linterna. Me miraba boquiabierto, fascinado, pero no con temor. Luego empezó a subir la escalera, y se reunió conmigo en el ático. Dijo:
-¡Así que no ha dejado eso en paz! Lo siento. Sé lo que ha pasado. Ya ocurrió en otra ocasión, pero el hombre se asustó y se pegó un tiro. No debía haberle hecho volver. Usted sabe qué es lo que él quiere. Pero no debe asustarse como se asustó el otro. Le ha sucedido algo muy extraño y terrible, aunque no hasta el extremo de dañarle la mente y la personalidad. Si conserva la sangre fría, y acepta la necesidad de efectuar ciertos reajustes radicales en su vida, podrá seguir gozando de la existencia y de los frutos de su saber. Pero no puede vivir aquí, y no creo que desee regresar a Londres. Mi consejo es que se vaya a Estados Unidos.
-No debe volver a tocar ese... objeto. Ahora, ya nada puede ser como antes. El hacer -o invocar- cualquier cosa no serviría sino para empeorar la situación. No ha salido usted tan mal parado como habría podido ocurrir..., pero tiene que marcharse de aquí inmediatamente y establecerse en otra parte. Puede dar gracias al cielo de que no haya sido más grave.
-Se lo explicaré con la mayor franqueza posible. Se ha operado cierto cambio en... su aspecto personal. Es algo que él siempre provoca. Pero en un país nuevo, usted puede acostumbrarse a ese cambio. Allí, en el otro extremo de la habitación, hay un espejo; se lo traeré. Va a sufrir una fuerte impresión..., aunque no será nada repulsivo.
Me eché a temblar, dominado por un miedo mortal; el hombre barbado casi tuvo que sostenerme mientras me acompañaba hasta el espejo, con una débil lámpara (es decir, la que antes estaba sobre la mesa, no el farol, más débil aún, que él había traído) en la mano. Y lo que vi en el espejo fue esto:
Un hombre flaco y moreno, de estatura media, y vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana, de unos treinta años, y con unos lentes sin montura y aros de acero, cuyos cristales brillaban bajo su frente cetrina, olivácea, anormalmente alta.
Era el individuo silencioso que había llegado primero y había quemado los libros.
Durante el resto de mi vida, físicamente, yo iba a ser ese hombre.
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/lovecraf/hpl.htm
-Sí, aquí vivió él..., pero le aconsejo que no toque nada. Su curiosidad lo vuelve irresponsable. Nosotros jamás subimos aquí de noche; y si lo conservamos todo tal cual está, es sólo por su testamento. Ya sabe lo que hizo. Esa abominable sociedad se hizo cargo de todo al final, y no sabemos dónde está enterrado. Ni la ley ni nada lograron llegar hasta esa sociedad.
-Espero que no se quede aquí hasta el anochecer. Le ruego que no toque lo que hay en la mesa, eso que parece una caja de fósforos. No sabemos qué es, pero sospechamos que tiene que ver con lo que hizo. Incluso evitamos mirarlo demasiado fijamente.
Poco después, el hombre me dejó solo en la habitación del ático. Estaba muy sucia, polvorienta y primitivamente amueblada, pero tenía una elegancia que indicaba que no era el tugurio de un plebeyo. Había estantes repletos de libros clásicos y de teología, y otra librería con tratados de magia: de Paracelso, Alberto Magno, Tritemius, Hermes Trismegisto, Borellus y demás, en extraños caracteres cuyos títulos no fui capaz de descifrar. Los muebles eran muy sencillos. Había una puerta, pero daba acceso tan sólo a un armario empotrado. La única salida era la abertura del suelo, hasta la que llegaba la escalera tosca y empinada. Las ventanas eran de ojo de buey, y las vigas de negro roble revelaban una increíble antigüedad. Evidentemente, esta casa pertenecía a la vieja Europa. Me parecía saber dónde me encontraba, aunque no puedo recordar lo que entonces sabía. Desde luego, la ciudad no era Londres. Mi impresión es que se trataba de un pequeño puerto de mar.
El objeto de la mesa me fascinó totalmente. Creo que sabía manejarlo, porque saqué una linterna eléctrica -o algo que parecía una linterna- del bolsillo, y comprobé nervioso sus destellos. La luz no era blanca, sino violeta, y el haz que proyectaba era menos un rayo de luz que una especie de bombardeo radiactivo. Recuerdo que yo no la consideraba una linterna corriente: en efecto, llevaba una normal en el otro bolsillo.
Estaba oscureciendo, y los antiguos tejados y chimeneas, afuera, parecían muy extraños tras los cristales de las ventanas de ojo de buey. Finalmente, haciendo acopio de valor, apoyé en mi libro el pequeño objeto de la mesa y enfoqué hacia él los rayos de la peculiar luz violeta. La luz pareció asemejarse aún más a una lluvia o granizo de minúsculas partículas violeta que a un haz continuo de luz. Al chocar dichas partículas con la vítrea superficie del extraño objeto parecieron producir una crepitación, como el chisporroteo de un tubo vacío al ser atravesado por una lluvia de chispas. La oscura superficie adquirió una incandescencia rojiza, y una forma vaga y blancuzca pareció tomar forma en su centro. Entonces me di cuenta de que no estaba solo en la habitación... y me guardé el proyector de rayos en el bolsillo.
Pero el recién llegado no habló, ni oí ningún ruido durante los momentos que siguieron. Todo era una vaga pantomima como vista desde inmensa distancia, a través de una neblina... Aunque, por otra parte, el recién llegado y todos los que fueron viniendo a continuación aparecían grandes y próximos, como si estuviesen a la vez lejos y cerca, obedeciendo a alguna geometría anormal.
El recién llegado era un hombre flaco y moreno, de estatura media, vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana. Aparentaba unos treinta años y tenía la tez cetrina, olivácea, y un rostro agradable, pero su frente era anormalmente alta. Su cabello negro estaba bien cortado y pulcramente peinado y su barba afeitada, si bien le azuleaba el mentón debido al pelo crecido. Usaba gafas sin montura, con aros de acero. Su figura y las facciones de la mitad inferior de la cara eran como la de los clérigos que yo había visto, pero su frente era asombrosamente alta, y tenía una expresión más hosca e inteligente, a la vez que más sutil y secretamente perversa. En ese momento -acababa de encender una lámpara de aceite- parecía nervioso; y antes de que yo me diese cuenta había empezado a arrojar los libros de magia a una chimenea que había junto a una ventana de la habitación (donde la pared se inclinaba pronunciadamente), en la que no había reparado yo hasta entonces. Las llamas consumían los volúmenes con avidez, saltando en extraños colores y despidiendo un olor increíblemente nauseabundo mientras las páginas de misteriosos jeroglíficos y las carcomidas encuadernaciones eran devoradas por el elemento devastador. De repente, observé que había otras personas en la estancia: hombres con aspecto grave, vestidos de clérigo, entre los que había uno que llevaba corbatín y calzones de obispo. Aunque no conseguía oír nada, me di cuenta de que estaban comunicando una decisión de enorme trascendencia al primero de los llegados. Parecía que lo odiaban y le temían al mismo tiempo, y que tales sentimientos eran recíprocos. Su rostro mantenía una expresión severa; pero observé que, al tratar de agarrar el respaldo de una silla, le temblaba la mano derecha. El obispo le señaló la estantería vacía y la chimenea (donde las llamas se habían apagado en medio de un montón de residuos carbonizados e informes), preso al parecer de especial disgusto. El primero de los recién llegados esbozó entonces una sonrisa forzada, y extendió la mano izquierda hacia el pequeño objeto de la mesa. Todos parecieron sobresaltarse. El cortejo de clérigos comenzó a desfilar por la empinada escalera, a través de la trampa del suelo, al tiempo que se volvían y hacían gestos amenazadores al desaparecer. El obispo fue el último en abandonar la habitación.
El que había llegado primero fue a un armario del fondo y sacó un rollo de cuerda. Subió a una silla, ató un extremo a un gancho que colgaba de la gran viga central de negro roble y empezó a hacer un nudo corredizo en el otro extremo. Comprendiendo que se iba a ahorcar, corrí con la idea de disuadirlo o salvarlo. Entonces me vio, suspendió los preparativos y miró con una especie de triunfo que me desconcertó y me llenó de inquietud. Descendió lentamente de la silla y empezó a avanzar hacia mí con una sonrisa claramente lobuna en su rostro oscuro de delgados labios.
Sentí que me encontraba en un peligro mortal y saqué el extraño proyector de rayos como arma de defensa. No sé por qué, pensaba que me sería de ayuda. Se lo enfoqué de lleno a la cara y vi inflamarse sus facciones cetrinas, con una luz violeta primero y luego rosada. Su expresión de exultación lobuna empezó a dejar paso a otra de profundo temor, aunque no llegó a borrársele enteramente. Se detuvo en seco; y agitando los brazos violentamente en el aire, empezó a retroceder tambaleante. Vi que se acercaba a la abertura del suelo y grité para prevenirlo; pero no me oyó. Un instante después, trastabilló hacia atrás, cayó por la abertura y desapareció de mi vista.
Me costó avanzar hasta la trampilla de la escalera, pero al llegar descubrí que no había ningún cuerpo aplastado en el piso de abajo. En vez de eso me llegó el rumor de gentes que subían con linternas; se había roto el momento de silencio fantasmal y otra vez oía ruidos y veía figuras normalmente tridimensionales. Era evidente que algo había atraído a la multitud a este lugar. ¿Se había producido algún ruido que yo no había oído? A continuación, los dos hombres (simples vecinos del pueblo, al parecer) que iban a la cabeza me vieron de lejos, y se quedaron paralizados. Uno de ellos gritó de forma atronadora:
-¡Ahhh! ¿Conque eres tú? ¿Otra vez?
Entonces dieron media vuelta y huyeron frenéticamente. Todos menos uno. Cuando la multitud hubo desaparecido, vi al hombre grave de barba gris que me había traído a este lugar, de pie, solo, con una linterna. Me miraba boquiabierto, fascinado, pero no con temor. Luego empezó a subir la escalera, y se reunió conmigo en el ático. Dijo:
-¡Así que no ha dejado eso en paz! Lo siento. Sé lo que ha pasado. Ya ocurrió en otra ocasión, pero el hombre se asustó y se pegó un tiro. No debía haberle hecho volver. Usted sabe qué es lo que él quiere. Pero no debe asustarse como se asustó el otro. Le ha sucedido algo muy extraño y terrible, aunque no hasta el extremo de dañarle la mente y la personalidad. Si conserva la sangre fría, y acepta la necesidad de efectuar ciertos reajustes radicales en su vida, podrá seguir gozando de la existencia y de los frutos de su saber. Pero no puede vivir aquí, y no creo que desee regresar a Londres. Mi consejo es que se vaya a Estados Unidos.
-No debe volver a tocar ese... objeto. Ahora, ya nada puede ser como antes. El hacer -o invocar- cualquier cosa no serviría sino para empeorar la situación. No ha salido usted tan mal parado como habría podido ocurrir..., pero tiene que marcharse de aquí inmediatamente y establecerse en otra parte. Puede dar gracias al cielo de que no haya sido más grave.
-Se lo explicaré con la mayor franqueza posible. Se ha operado cierto cambio en... su aspecto personal. Es algo que él siempre provoca. Pero en un país nuevo, usted puede acostumbrarse a ese cambio. Allí, en el otro extremo de la habitación, hay un espejo; se lo traeré. Va a sufrir una fuerte impresión..., aunque no será nada repulsivo.
Me eché a temblar, dominado por un miedo mortal; el hombre barbado casi tuvo que sostenerme mientras me acompañaba hasta el espejo, con una débil lámpara (es decir, la que antes estaba sobre la mesa, no el farol, más débil aún, que él había traído) en la mano. Y lo que vi en el espejo fue esto:
Un hombre flaco y moreno, de estatura media, y vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana, de unos treinta años, y con unos lentes sin montura y aros de acero, cuyos cristales brillaban bajo su frente cetrina, olivácea, anormalmente alta.
Era el individuo silencioso que había llegado primero y había quemado los libros.
Durante el resto de mi vida, físicamente, yo iba a ser ese hombre.
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/lovecraf/hpl.htm
Polaris
El resplandor de la Estrella Polar penetra por la ventana norte de mi cámara. Allí brilla durante todas las horas espantosas de negrura. Y durante el otoño, cuando los vientos del norte gimen y maldicen, y los árboles del pantano, con las hojas rojizas, susurran cosas en las primeras horas de la madrugada bajo la luna menguante y cornuda, me siento junto a la ventana y contemplo esa estrella. En lo alto tiembla reluciente Casiopea, hora tras hora, mientras la Osa Mayor se eleva pesadamente por detrás de esos árboles empapados de vapor que el viento de la noche balancea. Antes de romper el día, Arcturus parpadea rojozo por encima del cementerio de la loma, y la Cabellera de Berenice resplandece espectral allá, en el oriente misterioso; pero la Estrella Polar sigue mirando con recelo, fija en el mismo punto de la negra bóveda, parpadeando espantosamente como un ojo insensato y vigilante que pugna por transmitir algún extraño mensaje, aunque no recuerda nada, salvo que un día tuvo un mensaje que transmitir. Sin embargo, cuando el cielo se nubla, consigo conciliar el sueño.
Nunca olvidaré la noche de la gran aurora, cuando jugaban sobre el pantano los horribles centelleos de la luz demoníaca. Después de los destellos llegaron las nubes, y luego el sueño.
Y bajo una luna menguante y cornuda, vi la ciudad por primera vez. Se asentaba, callada y soñolienta, sobre una meseta que se alzaba en una depresión entre picos extraños. Sus murallas eran de horrible mármol, al igual que sus torres, columnas, cúpulas y pavimentos. En las calles había columnas de mármol en cuya parte superior se alzaban esculpidas imágenes de hombres graves y barbados. El aire era cálido y manso. Y en lo alto, apenas a diez grados del cénit, brillaba vigilante esa Estrella Polar. Mucho tiempo estuve contemplando la ciudad sin que llegara el día. Cuando el rojo Aldebarán, que parpadea a baja altura sin ponerse, llevaba ya hecho un cuarto de su camino por el horizonte, vi luz y movimiento en las casas y las calles. Formas extrañamente vestidas, a un tiempo nobles y familiares, deambulaban bajo la luna menguante y cornuda; los hombres hablaban sabiamente en una lengua que yo entendía, si bien era distinta de la que conocía. Y cuando el rojo Aldebarán hubo recorrido más de la mitad de su trayecto, volvió el silencio y la oscuridad.
Al despertar ya no fui el de antes. Había quedado grabada en mi memoria la visión de la ciudad, y en mi alma había despertado un recuerdo brumoso, de cuya naturaleza no estaba entonces seguro. Después, en las noches de cielo nublado en que podía dormir, vi con frecuencia la ciudad; unas veces bajo los rayos cálidos y dorados de un sol que nunca se ponía y giraba alrededor del horizonte. Y en las noches claras, la Estrella Polar miraba de soslayo como no lo había hecho nunca.
Gradualmente, empecé a preguntarme cuál podía ser mi sitio en aquella ciudad de la extraña meseta entre extraños picos. Contento al principio de contemplar el paisaje como una presencia incorpórea que todo lo observaba, deseé luego definir mi relación con ella, y hablar con los hombres graves que a diario discutían en las plazas. Me dije a mí mismo: "Esto no es un sueño; pues, ¿por qué medio puedo probar que es más real esa otra vida de las casas de piedra y ladrillo, al sur del siniestro pantano y del cementerio de la loma, donde cada noche la Estrella Polar atisba furtiva por mi ventana?"
Una noche, mientras escuchaba el discurso en la gran plaza de numerosas estatuas, experimenté un cambio, y noté que al fin tenía forma corporal. Pero no era un extraño en las calles de Olathoe, la ciudad de la meseta de Sarkia, situada entre los picos Noton y Kadiphonek. Era mi amigo Alos quien hablaba, y su discurso era grato a mi alma, ya que era el discurso del hombre sincero y del patriota. Esa noche tuve noticia de la caída de Daikos y del avance de los inutos, demonios achaparrados, amarillos y horribles que cinco años antes habían surgido del desconocido occidente para asolar los confines de nuestro reino y sitiar muchas de nuestras ciudades. Una vez tomadas las plazas fortificadas al pie de las montañas, su camino quedaba ahora expedito hacia la meseta, a menos que cada ciudadano resistiese con la fuerza de diez hombres. Pues las rechonchas criaturas eran poderosas en las artes de la guerra, y no conocían aquellos escrúpulos de honor que impedían a nuestros hombres altos y de ojos grises, habitantes de Lomar, emprender una conquista despiadada.
Mi amigo Alos mandaba todas las fuerzas de la meseta, y en él se cifraba la última esperanza de nuestro país. En este momento hablaba de los peligros que había que afrontar y exhortaba a los hombres de Olathoe, los más bravos de los lomarianos, a perpetuar la tradición de sus antepasados, quienes al verse obligados a abandonar Zobna y desplazarse hacia el sur ante el avance de los hielos (incluso nuestros descendientes tendrán que dejar un día las tierras de Lomar), barrieron gallarda y victoriosamente a los gnophkehs, caníbales velludos y de largos brazos que se oponían a su paso. Alos me había rechazado como guerrero, ya que era débil y propenso a extraños desmayos cuando me sometía a la fatiga y al esfuerzo. Pero mis ojos eran los más agudos de la ciudad, a pesar de las largas horas que yo dedicaba cada día al estudio de los manuscritos Pnakóticos y del saber de los Padres Zbanarianos; de modo que mi amigo, no queriendo condenarme a la inacción, me concedió el penúltimo deber en importancia: me envió a la atalaya de Thapnen para hacer allá de ojos de nuestro ejército. En caso de que los inutos intentasen conquistar la ciudadela por el estrecho paso que hay detrás del pico de Noth, y sorprender por allí a la guarnición, yo debía encender la señal de fuego que advertía a los soldados que aguardaban, y salvar la ciudad de su inmediata destrucción.
Subí solo a la torre, ya que los hombres fuertes eran todos necesarios abajo en los desfiladeros. Tenía el cerebro dolorosamente embotado por la excitación y el cansancio, ya que no había dormido desde hacía muchos días; pero mi resolución era firme, pues amaba mi tierra natal de Lomar, y la marmórea ciudad de Olathoe, situada entre los picos Noton y Kadiphonek.
Pero cuando estaba en la cámara más alta de la torre, percibí la luna roja, siniestra, menguante, cornuda, temblando entre los vapores que flotaban sobre el lejano valle de Banof. Y a través de su abertura del techo brilló la pálida Estrella Polar, parpadeando como si estuviera viva, y mirando furtiva como un demonio de tentación. Creo que su espíritu me susurró consejos malvados, sumiéndome en traidora somnolencia con una rítmica y condenable promesa que repetía una y otra vez:
"Duerme, vigía, hasta que las esferas giren veintiséis mil años Y yo regrese al lugar donde ahora ardo. Después, otros astros surgirán En el eje de los cielos astros que sosieguen, astros que bendigan Sólo cuando mi órbita concluya turbará el pasado tu puerta".
En vano traté de vencer mi somnolencia, intentando relacionar estas extrañas palabras con alguno de los saberes celestes que yo había aprendido en los manuscritos Pnakóticos. Mi cabeza, pesada y vacilante, se dobló sobre mi pecho; y cuando volví a mirar, fue en un sueño, y la Estrella Polar sonreía burlonamente a través de una ventana, por encima de los horribles y agitados árboles de un pantano soñado. Y aún continúo soñando.
En mi vergüenza y desesperación, grito a veces frenéticamente, suplicando a las criaturas soñadas de mi alrededor que me despierten, no vaya a ser que los inutos suban furtivamente por detrás del pico de Noton y tomen la ciudadela por sorpresa; pero estas criaturas son demonios: se ríen de mí y me dicen que no sueño. Se burlan mientras duermo; entretanto, puede que los enemigos achaparrados y amarillos se estén acercando a nosotros con sigilo. He faltado a mi deber y he traicionado a la marmórea ciudad de Olathoe. He sido desleal a Alos, mi amigo y capitán. Sin embargo, estas sombras de mis sueños se burlan de mí. Dicen que no existe ninguna tierra de Lomar, salvo en mis nocturnos desvaríos; que en esas regiones donde la Estrella Polar brilla en lo alto, y donde el rojo Aldebarán se arrastra lentamente por el horizonte, no ha habido otra cosa que hielo y nieve durante milenios, ni otros hombres que esas criaturas rechonchas y amarillas, marchitas por el frío, que se llaman "esquimales".
Y mientras escribo en mi culpable agonía, frenético por salvar a la ciudad cuyo peligro aumenta a cada instante, y lucho en vano por liberarme de esta pesadilla en la que parece que estoy en una casa de piedra y de ladrillos, al sur de un siniestro pantano y un cementerio en lo alto de una loma, la Estrella Polar, perversa y monstruosa, mora desde la negra bóveda y parpadea horriblemente como un ojo insensato que pugna por transmitir algún mensaje; aunque no recuerda nada, salvo que un día tuvo un mensaje que transmitir.
Nunca olvidaré la noche de la gran aurora, cuando jugaban sobre el pantano los horribles centelleos de la luz demoníaca. Después de los destellos llegaron las nubes, y luego el sueño.
Y bajo una luna menguante y cornuda, vi la ciudad por primera vez. Se asentaba, callada y soñolienta, sobre una meseta que se alzaba en una depresión entre picos extraños. Sus murallas eran de horrible mármol, al igual que sus torres, columnas, cúpulas y pavimentos. En las calles había columnas de mármol en cuya parte superior se alzaban esculpidas imágenes de hombres graves y barbados. El aire era cálido y manso. Y en lo alto, apenas a diez grados del cénit, brillaba vigilante esa Estrella Polar. Mucho tiempo estuve contemplando la ciudad sin que llegara el día. Cuando el rojo Aldebarán, que parpadea a baja altura sin ponerse, llevaba ya hecho un cuarto de su camino por el horizonte, vi luz y movimiento en las casas y las calles. Formas extrañamente vestidas, a un tiempo nobles y familiares, deambulaban bajo la luna menguante y cornuda; los hombres hablaban sabiamente en una lengua que yo entendía, si bien era distinta de la que conocía. Y cuando el rojo Aldebarán hubo recorrido más de la mitad de su trayecto, volvió el silencio y la oscuridad.
Al despertar ya no fui el de antes. Había quedado grabada en mi memoria la visión de la ciudad, y en mi alma había despertado un recuerdo brumoso, de cuya naturaleza no estaba entonces seguro. Después, en las noches de cielo nublado en que podía dormir, vi con frecuencia la ciudad; unas veces bajo los rayos cálidos y dorados de un sol que nunca se ponía y giraba alrededor del horizonte. Y en las noches claras, la Estrella Polar miraba de soslayo como no lo había hecho nunca.
Gradualmente, empecé a preguntarme cuál podía ser mi sitio en aquella ciudad de la extraña meseta entre extraños picos. Contento al principio de contemplar el paisaje como una presencia incorpórea que todo lo observaba, deseé luego definir mi relación con ella, y hablar con los hombres graves que a diario discutían en las plazas. Me dije a mí mismo: "Esto no es un sueño; pues, ¿por qué medio puedo probar que es más real esa otra vida de las casas de piedra y ladrillo, al sur del siniestro pantano y del cementerio de la loma, donde cada noche la Estrella Polar atisba furtiva por mi ventana?"
Una noche, mientras escuchaba el discurso en la gran plaza de numerosas estatuas, experimenté un cambio, y noté que al fin tenía forma corporal. Pero no era un extraño en las calles de Olathoe, la ciudad de la meseta de Sarkia, situada entre los picos Noton y Kadiphonek. Era mi amigo Alos quien hablaba, y su discurso era grato a mi alma, ya que era el discurso del hombre sincero y del patriota. Esa noche tuve noticia de la caída de Daikos y del avance de los inutos, demonios achaparrados, amarillos y horribles que cinco años antes habían surgido del desconocido occidente para asolar los confines de nuestro reino y sitiar muchas de nuestras ciudades. Una vez tomadas las plazas fortificadas al pie de las montañas, su camino quedaba ahora expedito hacia la meseta, a menos que cada ciudadano resistiese con la fuerza de diez hombres. Pues las rechonchas criaturas eran poderosas en las artes de la guerra, y no conocían aquellos escrúpulos de honor que impedían a nuestros hombres altos y de ojos grises, habitantes de Lomar, emprender una conquista despiadada.
Mi amigo Alos mandaba todas las fuerzas de la meseta, y en él se cifraba la última esperanza de nuestro país. En este momento hablaba de los peligros que había que afrontar y exhortaba a los hombres de Olathoe, los más bravos de los lomarianos, a perpetuar la tradición de sus antepasados, quienes al verse obligados a abandonar Zobna y desplazarse hacia el sur ante el avance de los hielos (incluso nuestros descendientes tendrán que dejar un día las tierras de Lomar), barrieron gallarda y victoriosamente a los gnophkehs, caníbales velludos y de largos brazos que se oponían a su paso. Alos me había rechazado como guerrero, ya que era débil y propenso a extraños desmayos cuando me sometía a la fatiga y al esfuerzo. Pero mis ojos eran los más agudos de la ciudad, a pesar de las largas horas que yo dedicaba cada día al estudio de los manuscritos Pnakóticos y del saber de los Padres Zbanarianos; de modo que mi amigo, no queriendo condenarme a la inacción, me concedió el penúltimo deber en importancia: me envió a la atalaya de Thapnen para hacer allá de ojos de nuestro ejército. En caso de que los inutos intentasen conquistar la ciudadela por el estrecho paso que hay detrás del pico de Noth, y sorprender por allí a la guarnición, yo debía encender la señal de fuego que advertía a los soldados que aguardaban, y salvar la ciudad de su inmediata destrucción.
Subí solo a la torre, ya que los hombres fuertes eran todos necesarios abajo en los desfiladeros. Tenía el cerebro dolorosamente embotado por la excitación y el cansancio, ya que no había dormido desde hacía muchos días; pero mi resolución era firme, pues amaba mi tierra natal de Lomar, y la marmórea ciudad de Olathoe, situada entre los picos Noton y Kadiphonek.
Pero cuando estaba en la cámara más alta de la torre, percibí la luna roja, siniestra, menguante, cornuda, temblando entre los vapores que flotaban sobre el lejano valle de Banof. Y a través de su abertura del techo brilló la pálida Estrella Polar, parpadeando como si estuviera viva, y mirando furtiva como un demonio de tentación. Creo que su espíritu me susurró consejos malvados, sumiéndome en traidora somnolencia con una rítmica y condenable promesa que repetía una y otra vez:
"Duerme, vigía, hasta que las esferas giren veintiséis mil años Y yo regrese al lugar donde ahora ardo. Después, otros astros surgirán En el eje de los cielos astros que sosieguen, astros que bendigan Sólo cuando mi órbita concluya turbará el pasado tu puerta".
En vano traté de vencer mi somnolencia, intentando relacionar estas extrañas palabras con alguno de los saberes celestes que yo había aprendido en los manuscritos Pnakóticos. Mi cabeza, pesada y vacilante, se dobló sobre mi pecho; y cuando volví a mirar, fue en un sueño, y la Estrella Polar sonreía burlonamente a través de una ventana, por encima de los horribles y agitados árboles de un pantano soñado. Y aún continúo soñando.
En mi vergüenza y desesperación, grito a veces frenéticamente, suplicando a las criaturas soñadas de mi alrededor que me despierten, no vaya a ser que los inutos suban furtivamente por detrás del pico de Noton y tomen la ciudadela por sorpresa; pero estas criaturas son demonios: se ríen de mí y me dicen que no sueño. Se burlan mientras duermo; entretanto, puede que los enemigos achaparrados y amarillos se estén acercando a nosotros con sigilo. He faltado a mi deber y he traicionado a la marmórea ciudad de Olathoe. He sido desleal a Alos, mi amigo y capitán. Sin embargo, estas sombras de mis sueños se burlan de mí. Dicen que no existe ninguna tierra de Lomar, salvo en mis nocturnos desvaríos; que en esas regiones donde la Estrella Polar brilla en lo alto, y donde el rojo Aldebarán se arrastra lentamente por el horizonte, no ha habido otra cosa que hielo y nieve durante milenios, ni otros hombres que esas criaturas rechonchas y amarillas, marchitas por el frío, que se llaman "esquimales".
Y mientras escribo en mi culpable agonía, frenético por salvar a la ciudad cuyo peligro aumenta a cada instante, y lucho en vano por liberarme de esta pesadilla en la que parece que estoy en una casa de piedra y de ladrillos, al sur de un siniestro pantano y un cementerio en lo alto de una loma, la Estrella Polar, perversa y monstruosa, mora desde la negra bóveda y parpadea horriblemente como un ojo insensato que pugna por transmitir algún mensaje; aunque no recuerda nada, salvo que un día tuvo un mensaje que transmitir.
La clausura de febrero
Para paliar el hastío que me producía Ciencias Económicas empecé a ir a un taller literario. Entre otras cosas, iba a conocer en ese taller a Delfina Muschietti quien, entre otras cosas, me convenció de que abandonara esa carrera insípida. Ya leía mucha (demasiada) poesía.
Recupero plumas cenicientas, incendiadas
por mis huesos afiebrados.
Y recupero la agonía de los campos muertos
en el amoroso vuelo de las moscas.
Una invasión de cuervos me sorprende
desnudo.
El choque de los soles me despierta.
Hay nubes de sal reivindicando mi torpe
anatomía.
Hay líquenes y alquimias y aserrines.
La luz abre aljibes en mis manos.
El eco sordo de un latido de bronce
se acelera.
El abismo huele a pinos y resinas
calcificadas.
La blanca pupila de la noche se dilata
de asombro; vuelan pájaros de esperma.
El silencio se quiebra: estoy vivo.
Pero tu rostro se adelanta
He tratado de soñar garzas ligeras,
cuartos sin tu olor de vientre evaporado,
una luz de cocina tomada por asalto,
cierta textura en los dinteles.
Me he inclinado ante el copón del rito
con avidez sonámbula.
He querido que el fuego me trajera
el sonido de un muerto hecho pedazos
de luna, de plata, de viento.
He bebido la inconsistente plegaria de los pájaros.
He desordenado los pozos azules
de la soledad y el miedo.
Pero tu rostro se adelanta.
Últimos poemas
En 1983, gracias a Enrique Pezzoni, yo ya escribía sobre libros en varias publicaciones. Beatriz Sarlo me recomendó a Daniel Divinsky, quien buscaba un empleado "de mis características" para Ediciones de la Flor. Empezaba una época. El mismo Divinsky llevaba a radio Belgrano a Jorge Dorio y Martín Caparrós, que hicieron "Sueños de una noche de Belgrano", mucho tiempo antes de Babel. Uno de los primeros libros que vi llegar de la imprenta a Ediciones de la Flor fue Arturo y yo de Arturo Carrera. Leí ese libro y me pareció que ya no tenía sentido seguir escribiendo. Arturito después me regaló todos sus libros anteriores y la plaquette que había hecho la revista Xul con "Un día en la esperanza", uno de los poemas más hermosos que yo recuerde haber leído. Dejé de escribir porque ese poema ya habían sido escrito. Éstos son los textos que escribía por esa época.
"no exactamente qué, sino cómo":
la necesidad del relato, la
fábula sin referente.
El empeño del chisme.
Metástasis del sueño y textos
que te suenan en las rodillas,
los ojos, los bolsillos.
- Armar el escándalo
- Y que otro lo use…
Y desenlace:
14 horas y olores y pequeñas ganas
de quedarse, parado en una esquina,
bajo el sol (pero en la sombra),
como a la espera, tal vez,
de un colectivo verde y blanco.
Buenos Aires, 1.82
- Hay algo acá:
redondo, duro, canceroso.
- ¿Rueda?
- A veces camina, sube,
asoma desde el miedo,
retrocede.
- ¿Metatextual?
- Exactamente.
Buenos Aires, 2.82
Azul
de nuevo azul
- El bar, claro:
"los tres años de Allende/ mi madre
se volvió a casar/ me convertía
en un criminal/ yo luché
siete años"
Azul, decía. Una conversación azul
y otros murmullos:
¿alrededor?
- No nene. El ruido
la voz
el pájaro de nuevo:
vos mismo ("tuve una alucinación/
fue con mi padre") cómo decirte
vos vos vos
mismo
el pájaro de nuevo.
Pero es mentira.
Cricket sí pero no tengo cigarrillos.
Mirame azul:
mi mano azul. El humo azul. Un hueco azul.
- Te ví entre las luces: vos/z
de nuevo el ruido (click clack) y la conversación.
Buah. "Vamos a caminar".
Vamos al cine.
10.6.83
Recupero plumas cenicientas, incendiadas
por mis huesos afiebrados.
Y recupero la agonía de los campos muertos
en el amoroso vuelo de las moscas.
Una invasión de cuervos me sorprende
desnudo.
El choque de los soles me despierta.
Hay nubes de sal reivindicando mi torpe
anatomía.
Hay líquenes y alquimias y aserrines.
La luz abre aljibes en mis manos.
El eco sordo de un latido de bronce
se acelera.
El abismo huele a pinos y resinas
calcificadas.
La blanca pupila de la noche se dilata
de asombro; vuelan pájaros de esperma.
El silencio se quiebra: estoy vivo.
Pero tu rostro se adelanta
He tratado de soñar garzas ligeras,
cuartos sin tu olor de vientre evaporado,
una luz de cocina tomada por asalto,
cierta textura en los dinteles.
Me he inclinado ante el copón del rito
con avidez sonámbula.
He querido que el fuego me trajera
el sonido de un muerto hecho pedazos
de luna, de plata, de viento.
He bebido la inconsistente plegaria de los pájaros.
He desordenado los pozos azules
de la soledad y el miedo.
Pero tu rostro se adelanta.
Últimos poemas
En 1983, gracias a Enrique Pezzoni, yo ya escribía sobre libros en varias publicaciones. Beatriz Sarlo me recomendó a Daniel Divinsky, quien buscaba un empleado "de mis características" para Ediciones de la Flor. Empezaba una época. El mismo Divinsky llevaba a radio Belgrano a Jorge Dorio y Martín Caparrós, que hicieron "Sueños de una noche de Belgrano", mucho tiempo antes de Babel. Uno de los primeros libros que vi llegar de la imprenta a Ediciones de la Flor fue Arturo y yo de Arturo Carrera. Leí ese libro y me pareció que ya no tenía sentido seguir escribiendo. Arturito después me regaló todos sus libros anteriores y la plaquette que había hecho la revista Xul con "Un día en la esperanza", uno de los poemas más hermosos que yo recuerde haber leído. Dejé de escribir porque ese poema ya habían sido escrito. Éstos son los textos que escribía por esa época.
"no exactamente qué, sino cómo":
la necesidad del relato, la
fábula sin referente.
El empeño del chisme.
Metástasis del sueño y textos
que te suenan en las rodillas,
los ojos, los bolsillos.
- Armar el escándalo
- Y que otro lo use…
Y desenlace:
14 horas y olores y pequeñas ganas
de quedarse, parado en una esquina,
bajo el sol (pero en la sombra),
como a la espera, tal vez,
de un colectivo verde y blanco.
Buenos Aires, 1.82
- Hay algo acá:
redondo, duro, canceroso.
- ¿Rueda?
- A veces camina, sube,
asoma desde el miedo,
retrocede.
- ¿Metatextual?
- Exactamente.
Buenos Aires, 2.82
Azul
de nuevo azul
- El bar, claro:
"los tres años de Allende/ mi madre
se volvió a casar/ me convertía
en un criminal/ yo luché
siete años"
Azul, decía. Una conversación azul
y otros murmullos:
¿alrededor?
- No nene. El ruido
la voz
el pájaro de nuevo:
vos mismo ("tuve una alucinación/
fue con mi padre") cómo decirte
vos vos vos
mismo
el pájaro de nuevo.
Pero es mentira.
Cricket sí pero no tengo cigarrillos.
Mirame azul:
mi mano azul. El humo azul. Un hueco azul.
- Te ví entre las luces: vos/z
de nuevo el ruido (click clack) y la conversación.
Buah. "Vamos a caminar".
Vamos al cine.
10.6.83
Cuaderno del tiempo
Cuando terminé el colegio secundario empecé a estudiar Ciencias Económicas.
Encontré tu nombre en un pedazo de papel
Te busqué hace tiempo entre carteles,
entre latas, te busqué en las mil caras
que pasaban. Y porque no supe
o no quise, no te encontré.
Encontré de pronto un mundo,
un color, una risa viva
y, arañándome, tu piel.
A vos, muñequita de papel,
te aprendí a querer así,
vos ahí mirándome
decirte tantas cosas
y yo muerto de risa
y haciéndote cosquillas,
rodando los dos en
la felicidad de tenernos,
y feliz, feliz, en mi rincón de humo,
amigos y canciones;
porque te sabía ahí,
siempre conmigo,
en mi bolsillo o en mis ojos,
pegada en mi mirada.
Desde aquel día en que de tanto
pensarte te me apareciste;
"Hola que tal, soy yo, ¿no me crees?".
Y claro, si de tanto escribirte
tropecé con vos.
Y bueno, yo te quiero,
aunque me cueste disimular
que no sos más que una invención.
23.2.77
Decirlo solamente
Decir que sos un ciego sol deshecho,
que en tus ojos me ahogo como en mares,
que me siento desnudo sin tu abrazo,
que tu voz me rebalsa de deseos
y te extraño y te celo y te atormento,
que te veo y estallan tubulares
y diáfanas campanas en mi pecho.
Decir que te quiero, marioneta,
y necesito tu voz metalizada.
Decir que me muero de azul si no te tengo,
decir que se quiebra en llanto mi lamento
y que el tiempo agoniza en tu presencia
y que me cuezo en tu olor, en tu perfume.
Decir que me basta tu mirada
para sentirme eterno, despiadado,
para cambiar en canto mi tormento
y ser sol, mar, río, firmamento,
estrella fugaz, querida mía,
y ser todo aquello que vos mires
desde el pozo lejano de tu indiferencia.
(Decirlo nada más, que no te importe,
decirlo nada más, que no lo sepas.)
Decir que me muero lejos tuyo,
¿será decir que estoy enamorado?
5.8.77
Encontré tu nombre en un pedazo de papel
Te busqué hace tiempo entre carteles,
entre latas, te busqué en las mil caras
que pasaban. Y porque no supe
o no quise, no te encontré.
Encontré de pronto un mundo,
un color, una risa viva
y, arañándome, tu piel.
A vos, muñequita de papel,
te aprendí a querer así,
vos ahí mirándome
decirte tantas cosas
y yo muerto de risa
y haciéndote cosquillas,
rodando los dos en
la felicidad de tenernos,
y feliz, feliz, en mi rincón de humo,
amigos y canciones;
porque te sabía ahí,
siempre conmigo,
en mi bolsillo o en mis ojos,
pegada en mi mirada.
Desde aquel día en que de tanto
pensarte te me apareciste;
"Hola que tal, soy yo, ¿no me crees?".
Y claro, si de tanto escribirte
tropecé con vos.
Y bueno, yo te quiero,
aunque me cueste disimular
que no sos más que una invención.
23.2.77
Decirlo solamente
Decir que sos un ciego sol deshecho,
que en tus ojos me ahogo como en mares,
que me siento desnudo sin tu abrazo,
que tu voz me rebalsa de deseos
y te extraño y te celo y te atormento,
que te veo y estallan tubulares
y diáfanas campanas en mi pecho.
Decir que te quiero, marioneta,
y necesito tu voz metalizada.
Decir que me muero de azul si no te tengo,
decir que se quiebra en llanto mi lamento
y que el tiempo agoniza en tu presencia
y que me cuezo en tu olor, en tu perfume.
Decir que me basta tu mirada
para sentirme eterno, despiadado,
para cambiar en canto mi tormento
y ser sol, mar, río, firmamento,
estrella fugaz, querida mía,
y ser todo aquello que vos mires
desde el pozo lejano de tu indiferencia.
(Decirlo nada más, que no te importe,
decirlo nada más, que no lo sepas.)
Decir que me muero lejos tuyo,
¿será decir que estoy enamorado?
5.8.77
Not very musical
As we had had a long walk
poder mirar por la ventana
y no ver el mundo gris que me rodea
tan poco es lo que yo quiero
déjenme en paz tan solo un rato
through one of the marquets of Old Delhi
para poder pensar un poco en mí
en todo lo que está adentro
y hace fuerza,
y al fin explota en lágrimas saladas
que un dedo veloz disimula.
we stopped at a square to have a rest
Quiero un descanso a veces
ahora que ya no estoy solo
ahora que sé lo que quiero
que puedo hablar sin vergüenza
mirame a los ojos,
quiero decirte
After a time we noticed a snake-charmer
aquí estoy mirame…
mirar por la ventana
un mundo limpio y sonriente
aunque me mienta que se ría
total yo juego a no darme cuenta.
with two large baskets at
the other side of the square
y dijo Link y no sé nada
I couldn't study the lesson
y por qué me mira así
yo que le hice
nada más pensaba un poco para adentro
I'm sorry. One.
28.4.75
poder mirar por la ventana
y no ver el mundo gris que me rodea
tan poco es lo que yo quiero
déjenme en paz tan solo un rato
through one of the marquets of Old Delhi
para poder pensar un poco en mí
en todo lo que está adentro
y hace fuerza,
y al fin explota en lágrimas saladas
que un dedo veloz disimula.
we stopped at a square to have a rest
Quiero un descanso a veces
ahora que ya no estoy solo
ahora que sé lo que quiero
que puedo hablar sin vergüenza
mirame a los ojos,
quiero decirte
After a time we noticed a snake-charmer
aquí estoy mirame…
mirar por la ventana
un mundo limpio y sonriente
aunque me mienta que se ría
total yo juego a no darme cuenta.
with two large baskets at
the other side of the square
y dijo Link y no sé nada
I couldn't study the lesson
y por qué me mira así
yo que le hice
nada más pensaba un poco para adentro
I'm sorry. One.
28.4.75
Aquí estoy yo,
parado sobre el mundo
(caminar sobre la luna…
parece difícil;
aunque no)
sentado frente a vos
mirándote a los ojos
(todo es posible
lo digo yo)
pensando en todo lo que sos
desde hace un tiempo;
desde que supe que detrás
de tu nariz
estabas vos, ¿estabas vos
o yo te hice, cómo fue?
(si me das la mano
la luna ya no existe
sólo vos y yo, y el mundo
por supuesto, pero es otro
mundo
es algo redondo
colgado de un gancho, cerca
de aquella pared
que da vueltas
si vos o yo lo tocamos)
Yo sé que estás ahí
detrás de todo eso
detrás y adentro,
más bien en el fondo
de esto que soy yo,
a veces.
Entonces ésta es la luna
y caminamos sobre ella
y si vos estás dentro de mí
yo estoy en tus ojos
¿Cómo fue que
supimos dónde estamos,
si es que estamos?
28.4.75
http://www.zapatosrojos.com.ar/Biblioteca/Daniel%20Link.htm
parado sobre el mundo
(caminar sobre la luna…
parece difícil;
aunque no)
sentado frente a vos
mirándote a los ojos
(todo es posible
lo digo yo)
pensando en todo lo que sos
desde hace un tiempo;
desde que supe que detrás
de tu nariz
estabas vos, ¿estabas vos
o yo te hice, cómo fue?
(si me das la mano
la luna ya no existe
sólo vos y yo, y el mundo
por supuesto, pero es otro
mundo
es algo redondo
colgado de un gancho, cerca
de aquella pared
que da vueltas
si vos o yo lo tocamos)
Yo sé que estás ahí
detrás de todo eso
detrás y adentro,
más bien en el fondo
de esto que soy yo,
a veces.
Entonces ésta es la luna
y caminamos sobre ella
y si vos estás dentro de mí
yo estoy en tus ojos
¿Cómo fue que
supimos dónde estamos,
si es que estamos?
28.4.75
http://www.zapatosrojos.com.ar/Biblioteca/Daniel%20Link.htm
(La revolución vivida por los negros, mestizos y mulatos)
Querido General San Martín,
200 años después te escribo encerrado en una pieza del barrio de Constitución, te escribo como si fueras un hermano que no conozco. Te escribo desde mi condición de escritor cumbiantero contemporáneo que no acepta la historia como se la contaron otros. Desde mi corazón de admirador y enamorado tuyo, ahora que te descubrí 200 años después, desde un rincón del Río de la Plata que supo ser terreno de todas tus hazañas y amoríos tales. Hoy sos “el faro, el guía, el Libertador y prócer de América”, en los libros de historia y en la boca de los políticos revolucionarios de izquierda.
Yo te quiero como el hombre sencillo que fuiste y que ocultó su imagen de luchador de grandes gestas. Te quiero, como un muchacho porteño más, que bardeó todo lo que pudo, que “políticamente fue el más incorrecto y romántico de los héroes de la América mestiza”. Poco me importa tu cruce de la Cordillera (hoy es un trámite intrascendente y lo hago en dos horas por Lan Chile) o tu encuentro en Guayaquil con ese otro maricón como sos vos y como lo seré siempre yo, ni un pelo me mueve.
Me mueven, me sensorizan tus aventuras con negras y negros esclavos del África, con mujeres casadas; que te hayas atrevido a liberar 1600 esclavos en medio del Océano y en las narices del Rey de la Corona.
Me conmueve que hayas sido el padre del verdadero héroe negro de la revolución de Mayo y de nuestra historia argentina, negado por las plumas de historiadores blancos, que no podían aceptar el liderazgo de la negritud en nuestra historia. Me conmueve, oh dulce amado mío, tu “libertinaje a la hora de vivir”, y por eso sos para mí, Mi Libertador.
Oh, hermano, me importan un pito tus laureles, Libertadorcito de Argentina, Chile y Perú, te recuerdo como la primera vez que te vi en un cuadro del colegio, al lado de un cuadro de Perón, los dos montados en caballos blancos.
Querido San Martín, ahora que me hallo, 200 años después, enamorado de vos, mucho más allá y más alto que las Cordilleras de Chile e incluso todo el cielo de Chile (que es un blef), te quiero decir, ya para concluir esta carta carmesí de niña enamorada atemporal, que la revolución sigue en pie. Y sobretodo sigue en mí, nuevo Libertador de América, de la música y del lenguaje. Sigue en mí a través de ti, que has reencarnado dulcemente en mi espíritu.
Yo sé muy dentro de mí, que si vivieras en esta época serías cucurtiano. Por ahora te traigo a la realidad a través del velo mágico y comercial de la empresa editorial argentina, el libro.
Para todos los mequetrefes, sotretas y zoquetes que no saben un pito de historia ni te aceptan por puto, ni menos que hayas puesto el cuerpo en la Revolución de Mayo (esto no consta en ni un libro de historia). Los intelectuales referencistas de nuestro pasado, los grandes escritores de best sellers te niegan rotundamente. Se ciegan a la liberación que significó tu vida y tu lucha. Contra ellos es este libro. Y también contra la ignorancia existente en torno a ti, tanto la del agreste maestro rural con barba guevariana o la del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, señor Hugo Chávez (le he escuchado decir auténticas bestialidades acerca de vos).
Por último, me despido con una sonrisa de tránsfugas picardías de putañero que descubrió su hombre; te mando un beso con saliva de guitarrero infame de sambas berretas, de gavilán de tierras malas.
“La ciudad de 1810, libre, entusiástica, efervescente en el ideal de la redención humana y anhelante de un gran porvenir; la ciudad de los próceres, la única ciudad nuestra”.
Ezequiel Martínez Estrada
1. África
A las doce de la noche, en el centro del corazón púrpura del África nació un pendejito. Un día díficil de estipular y clasificar del año 1890, en un chocerío de esclavos Áfricanos se escuchó el llanto escandaloso de una guagua, un nenito, un gurisito, un guainito infame y bochinchero. Pataleó en el vientre de su madre, quién profirió terribles alaridos, arrancándose el pelo a manotazos y dándole al atigrado altar de paja furibundos conchazos. Cambióse de lugar como si fuese a ser en el futuro un pródigo bailarín de balet y no un simple esclavo más. Púsose, la infame criaturita, boca abajo y de un cabezazo rompió la placenta del útero hogareño y salió del cuerpo de su madre, pegando unos gritos como si la estuvieran matando. El niño no tiene padre, ni se sabe bien de dónde viene, ¡quién sabe!, tiene ojos de carbón, es el primer mulato de la tierra bendecida por Dios que treinta años después la Corona española bautizaría como Virreinato del Río de La Plata, o en tiempos actuales Argentina, a secas. ¡Es el primer mulato de la República Argentina!
La negra Coral, su abuela materna de 70 años, lo alza en sus brazos y lo pone a la luz de la luna para constatar que no estuviese amarillo por la bilirrubina ni tuviera patas de mosquito. Afuera, en el inhóspito monte africano, los mosquitos invadían el manglar.
En esta choza de tirantes de mambú y ramas de palmeras comienza, por así decirlo, la verdadera y trágica historia de una nación próxima a cumplir 200 años.
Con el nacimiento de este angelito se inició el peregrinar histórico de un gran país no país.
—Caramba, ¡qué poronga tiene este niño! —grita la vieja, al verle el miembro bajo los haces de aluminio de la luna.
Lejos de asustarse, se lo entrega a la bendición de la luna africana.
Alocada como un huracán, después de una cabalgata subida a un león de tres horas, entra al cuarto la hermana de la parturienta y tía de la criatura. Ignora a la abuela y se dirige a la cama de lapacho y quebracho donde reposa la madre que acaba de dar a luz.
—¡Olga, Olga! ¡Vestite, tenés que escapar!
Se da cuenta que su hermana ha dado a luz:
—¡Puta de los mil demonios, cómo hiciste para parir tan rápido!
Olga, la madre del mulatito, es una mulata de increíble belleza natural de 13 años de edad.
Y enseguida la felicita con lágrimas en los ojos:
—Che, pero si es un pendejito. ¡Felicidades, hermana querida!
Y la mulata de impecable falda corta de cuero de bisonte y unos aros de barro barnizado con sangre de mosquitos, alzó a su sobrino, le pegó dos mordiscones en los cachetes del culo y le dijo, “pobrecito de vos, bienvenido a África. Bienvenido a la esclavitud total.” Y ahí, constató horrorizada que el chico calzaba entre sus piernas un gigantesco instrumento germinativo. “Epa, güey qué poronga. Este se la va a pasar cogiendo...” Le dijo, muerta de risa, a su hermana, semiconvalesciente.
Y acá voy a traicionar o buchonear a la negra, mi personaje, dada mis capacidades de narrador atolondrado y diré que estaba un poco tomadita, pasadita de copas, completamente en pedo, y que su vestimenta dejaba mucho que desear, pero se ve que volvía de parrandear.
Sin dudas, había un baile en el barsucho de adelante de la choza que se cae a pedazos. Un barsucho de borrachos y prostitutas que bailan un extraño ritmo de tambores y arpas que llaman Cumb. Y, supongo, es la precursora del, 200 años adelante, famoso ritmo tropical Cumbia.
Y aunque no sonara Karicia ni Los Mirlos aquello era realmente supersensual para bailar, una artimaña del tiempo, pues ver tantas negras meneando las caderas y el culo, dando dosmilquinientos meneos para levantar un vaso, mover un pie, mover una pestaña, hasta para hablar las negras movían las caderas, y sus parteneires hacían lo mismo pero con sus braguetas. Cuánto olor habanero hay en este sitio.
¡Pero si la Habana, ni Cuba, ni Argentina existen, bestia iletrada ahistórica!
2. Lorena Cucumbú, la africana con pelo de virulana
Caracoleando en su melena de luche aceituno; de doceañera de piel de cebra portuaria, burbujeando en el ojal de su blusa, el alcohol flota formando una cervecera aura angelical alrededor de la figura de clandestina errancia de Lorena Cucumbu. Su corazón late como el de una paloma de ala meada, palpita como el culo de una gallina violada por un granjero entrerriano.
En dope, mamada de lo lindo, tropezando con los peldaños que suben al cuarto de su hermana embarazada. Lorena Cucumbú, hermana de Olga Cucumbú y tía de la criatura, propietaria de unos pechos jugosos como los dos melones más dulces del Paraguay (cuna de melones) y una boca en forma de flor carnívora para morfarte o mofarse, según las circunstancias. Un culo, unos cachos de cachetes que, puestos boca arriba, semejarían los tambores de una batería. Esta negra oriunda del Cabo Verde, venía de cumbeantear, chancleteando con unos tacos que retintineaban en su acanelado perfume saliente de sus piernas morrudas; parapimponeaba su figura de paloma de ala meada cada vez que levantaba un pie. Donde fuese la negra generaba música a su paso, misma música que la delataba a la hora de singar. Y por culpa del musical singe catresco la descubrían las esposas de los vecinos de las chozas a medianoche y la sacaban a los coscorrones limpios de las camas ajenas.
Irreverente hasta el caracú Lorena Cucumbú, no se privaba de vivir la vida y cada que salía a la calle, su gran pasión, dizque era para erotizar pijas de negros. Ya desde los cinco añitos, andaba en la falda de los conquistadores holandeses y españoles. Y recibía regalos de todo tipo, collares, rubíes del Golfo Pérsico, huesitos de bacalao, karamizov bañados en oro, perfumes del Nilo, alfombras voladoras, botas de estornino de la pampa húmeda.
La negra armaba gran alboroto entre los extranjeros colonizadores que se la querían llevar de esclava y se mataban entre ellos. Mas ella, siempre indemne zafaba de las peores situaciones de muerte, saltando por un balcón, o escondiéndose debajo de una mesa de una talabartería de aguardientes africanas.
Sobre ella se cuenta una historia trágica de amor con un fraile español, poeta y precursor de García Lorca, que lo pescaron en la Santa Iglesia haciéndose mamar la penca por la niña de cinco años de edad, que parecía alimentarse más de leche de vergas que de la leche materna de su Santa Madre, que cada vez que le venían con el chisme de las travesuras de su hijita se agarraba la cabeza en un sónico grito gutural: “A quién habrá salido tan puta”.
Tal vez, Lorena Cucumbú de nuestro corazón, sea la primer prostituta consciente del África “porque aquí todas abren las piernas rápido y gratis, sea de la mano de un señor casado, un soltero o un indeciso rufián. Yo no mijito, a mí me dan billetes”.
3. En el cuarto del parimento, una noticia que despierta el amor: llega el General
—¡Olga, despertate Olga, tenés que rajar ya! —le dijo Lorena a su hermana muerta en la cama, agotadísima, después de pujar y pujar para parir un muchachito de 7 kilos.
—¡Diabla, moca de mierda, ni parir tranquila me dejás! ¿Qué te sucede?
Lorena se arrodilló junto a su cama, rezó un padrenuestro y bajó la cabeza temblando de miedo.
Olga, enojada por el silencio ridículo de su hermana menor le gritó.
—Bueno ya, coña del orto, ¿qué te hizo mal, el aguardiente o todavía no encontraste una penca que te clave de parada?
—¡Qué aguardiente ni ocho cuartos! Cervecita, cervecita, Condorina, que ha venido a reemplazar al agua en mi vida.
Dijo haciendo helicear en el aire sus altas plumas de avestruz y sus bordados de pelo de león resistente a los fuertes vientos de la región. “Niña, no me tomes de avestruz, que no soy como esas huecas tontas que se traen un aro puesto haciendo las monjitas y son mas putas que canastas andantes. Que yo soy trola, pero por política, como tú hermanita, así que ojo al trompo de carne.
—Ya, ya, deja de alaraquear como una gallina que nadie te va a degollar y suelta el rollo, que tengo que darle de mamar al crío.
—Además de atorranta, sos atrevida y maleducada, presta atención porque esta gallina viene a salvarte el pellejo, mamerta...
La negra quiso hablar pero le fue imposible, se volvió tartamuda del miedo, o tal vez le cayó el peso de la historia encima. ¿Quién sabe?
Lo único que dijo es:
—Allí, allí, por el manglar, a la orilla de las carboneras... viene el General.
Olga saltó de la cama vistiéndose, todavía sangrante y agarró el fusil más grande que tenía abajo de la cama. Le ordenó a su madre que saliera por la puerta de atrás ocultando al crío con ramas de eucaliptos. Y se parapetó al lado de la ventana, apuntando a lo que se apareciera en el horizonte.
Lorena Cucumbú bajó corriendo las escaleras y salió al centro del salón del bar donde los negros bailaban, se besaban y franeleaban a granel.
—¡El General viene con sus hombres a robar esclavos!, gritó al festín musical y sexual que se estaban haciendo en el bar. Pero la música y la calentura de los negros era imposible de parar.
4. Besame de nuevo, forastero
El General ingresó al bar encima de su caballo blanco, con su ejército invencible de granaderos siguiéndole el paso firme. Sacaron cadenas y grilletes de bronce para sujetar a los negros que corrían, saltaban por las ventanas, gritaban de pánico ante la presencia imperial del hombre blanco y su bestia. Algunos no tuvieron tiempo ni de levantarse los pantalones y el General levantó el sable y de un fuzz que rayó el aire y la historia humana cercioró los gigantescos penes desnudos que cayeron como pedazos de algarrobo al piso y comenzaron a saltar y a chocarse contra las paredes llenos de sangre. El ruido de aquellos penes al chocarse, ciegos contra las ventanas, asustaba a los perros y horrorizaba a las negras que se subieron encima de las mesas y del mostrador del barsucho. El temblor porongil alborotó a medio mundo, hasta que las pijas se perdieron saltando por la ventana al monte africano...
Pero Olga, además de puta, era valiente y por lo tanto testaruda como los mosquitos y no iba a dejarse amedrentar por un par de porteños vagos y uniformados. Saltó las escaleras y con otro salto más fuerte se le fue encima al General a caballo, y lo tiró al piso. Se le subió encima en el forcejeo y lo abofeteó dos veces en el piso. Los granaderos, esclavos criollizados en su mayoría, sonreían por la intrepidez sexual de la mulata.
—¡Maldito, criollo colonizado, estás en el corazón de África! —le gritó y le ensartó dos severos cachetazos más.
Aquello fue para filmar o alquilar balcones realmente. Algo histórico no escrito por la mano blanca, de linda caligrafía, que ha inventado la historia a lo largo de todos estos años. ¡Pegarle al Libertador de América, máximo prócer del continente, quién lo diría! Pero, créanme, no es una infamia del Sr. Cucurto, así sucedió y lo atestiguan los documentos de los pocos negros que quedan en el Río de la Plata, en la Isla Maciel, detrás del Puente de La Boca.
Volvamos a la acción.
—¡Epa, muñeca así recibís a este forastero!, le dice el General agarrándola de las muñecas y dándole dos besos secos de lengua que marearon y le hicieron flipar el clítoris a la mulata, que se entregó de amor total.
—¡Besame de nuevo, forastero! —Le inquirió ella, con la boca sedienta de amor.
Y la boca del general se despegó de él como un pájaro salvaje que se posó en sus labios. El beso cayó con la fuerza de un ancla en el corazón y el alma de Lorena haciéndola mil pedazos. Y fue el beso más intenso que le dieron en su vida, un piedrazo de piquetero que agujereó el toldito del puesto de panchos de su ser. ¡El beso, luna masoca que arañó tu mar!
Beso de helicóptero, beso multiprocesadora molinex, beso de molino de viento del Ingenioso Hidalgo, beso con sabor a hierba, a lo Serrate, el beso de lengua del General, le hizo ver todos los colores del horizonte, en ese beso la transportó vaya a saber qué extraño lugar de su futuro, donde la negra se soñó vestida de dama española, de la mano del Libertador de América. Llenísima de hijos mulatos color café con leche y una casa patricia con un aljibe en medio, tres costureras que confeccionarían sus vestimentas de ella y sus hijos que usarían los sábados para ir a misa. El beso del General, era más fuerte y decisivo que cualquiera de sus armas y su ejército completo. ¡Lorena se enamoró al instante, como cualquier negra, del hombre blanco, de patillas, guapísimo! Mas todo eran puros colores mezclados que se evaporaron al instante, cuando el General le pegó dos firmes cachetazos en la mejilla y tiró de su sueño de dama española. Le dijo, sacándosela de encima y haciéndola rodar.
—¡Nadie le pega al General del Virreinato del Río de la Plata! ¡Decapítenla ahora mismo!
Antes de eso, la negra se incorporó de un salto de tigra y quedó parada encima del mostrador del bar y gritó:
—¡Besame de nuevo, villano y virreynesco general!
Y se le abalanzó sobre su boca dándole un beso intenso que lo dejó sin aire y casi lo mata. Entre ocho granaderos fornidos tuvieron que arrancarla de la anatomía del General como si fuera una garrapata.
5. Comienzan los problemas de San Martín con su hijo
Desde lo alto de un altillo se alzó la voz rebelde de Olga, la hermana de Lorena, quien había presenciado el beso de amor:
—¡General San Martín, hijoeputísima, mejor que reconozcas a tu hijo que acaba de nacer, aquí mismito en el corazón de África! ¡Aquí no nos colonizan ni con besos ni con armas! ¡Y dejá de seducir a mi hermana que es más trola que puta dominicana!
Dicho esto disparó varias veces apuntando a la cabeza del general, pero sólo consiguió moverle un poco el gorro frigio que esa noche llevaba puesto nuestro héroe.
Los soldados de San Martín le respondieron bayoneteándola al instante. Lorena se tiró encima del cuerpo de su hermana y se deshizo en llantos. En medio del monte africano se escuchó un alarido de dolor. Cabalgando en una leona, en brazos de su abuela, el hijito ilegítimo de San Martín recién venido al mundo, lloró lágrimas rojas de sangre y la leona lo amamantó como una madre.
6. Los soldados marihuanos del General San Martin
Los soldados del Libertador de América, en su mayoría esclavos africanos que habían sido educados y traídos al Virreinato del Río de la Plata, por el propio San Martín en persona. El general decía, “un ejército de negros analfabetos no serviría de nada, necesitamos alimentar el espíritu de las personas, despertar su alma revolucionaria reprimida por la esclavitud, el poder español o el miedo que impone Napoleón o todas las fuerzas conquistadoras. El general, como un padre, se ocupó personalmente de la educación de cada uno de sus valientes soldados. Incluso los vistió con la mejor ropa, “un ejército debe dar buena imagen, pues quién adheriría a un ejército de pordioseros, de borrachos mamertos o de negros hambrientos. ¡Pues, ni mi tía! El ejército debe exhalar poder”.
Los vistió como si fuesen a desfilar, mas que a la guerra, cada granadero de San Martín, vestía un sayal color azul marino intenso “para que nos confundan con el cielo de la Cordillera”, con unos sombreros contra la nieve y zaja de lino africana color punzó, “la sangre de nuestros enemigos siempre cruzándonos el pecho”. Completaba la vestimenta un sable de plata, pantalones blancos de lino elastizado al cuerpo y botas de cuero negras hasta las pantorrillas con espuelas de plata en el talón. Imagínense, con tales vestimentas, la pinta que tendrían esos esclavos negros acriollados.
7. Frente al cadáver de Olga Cucumbú. El llanto del General
El General ordenó la retirada de sus soldados y la ejecución inmediata de todos los que estaban en el bar. Clodoaldo Maripili, un africano culto y bello, lugarteniente del general, arrancó del cuerpo de su hermana, a Lorena Cucumbú.
—¿A ella también la limpiamos, general?
San Martín miró los ojitos de quinceañera de Lorena. Y exclamó:
—¡Maldición, es casi una niña!
Hubo silencio, Clodoaldo esperaba la respuesta del líder. Los tres se cruzaron las miradas.
—Es joven, tendrá sed de venganza. Sea la primera en ser ejecutada.
Dos soldados enormes de increíbles ojos celestes se la llevaron arrastrada entre gritos.
Clodoaldo se quedó parado junto al general.
—Andá, Clodoaldo dejame un minuto solo.
El General se acercó al cadáver y se quebró en llantos. Se arrodilló y besó la mejilla de Olga, la esclava con la cual había concebido un varoncito. El general pensaba para sus adentros. ¿Qué habrá pensado esta negra? Que iba a reconocer el crío tenido con una esclava. Un hombre blanco y distinguido, un general del ejército revolucionario no puede tener críos con una negra. En el Río de la Plata iban a pensar que me ando garchando a las esclavas. Además qué mina podría darme bola después de conocer mi relación ilegal con Olga. Aunque es cierto que Olga era una mujer muy especial.
El general se paró y extrajo de un bolso una bandera celeste y blanca y la envolvió. Cuando salió, les dio una orden clara a sus soldados.
—Quiero que este bulto vaya directo a las tripas de las bestias. Es la forma más pura de llegar a la tierra...
En esa entró Clodoaldo Maripili con una noticia.
—Mi general, la negra se nos escapó subida a unos leones... Otra noticia: los negros ya recolectaron 3500 fardos de la mejor hierba mágica.
—¿Marihuana?
—La mejor de todas, mi general.
—Muy bien, Clodoaldo, olvidá a la negra y cuiden la hierba como oro.
Dicho esto el general se retiró a su cuarto a prepararse para el regreso a América. Clodoaldo Maripili interceptó a los soldados con el cadáver de Olga y dio una contraorden.
—A nadie se le ocurra tirar ese bello cadáver a la boca de las bestias. Lo esconden y lo embalsaman hasta llegar al Virreinato.
8. La hierba maravillosa
El General no sólo viajaba tres meses en barco hacia el África para “traer sacos de carbón”, sino para traficar especias deseadas y afrodisíacas. Una hierba de moda en tiempos de la revolución se la conocía con el mote de “María”. Servía para acompañar pensamientos solitarios, distraer penas, entretener ocios, se la fumaba en cigarro, mezclado con el tabaco en cigarrillo o pipa, se mascaba o se aspiraba por la nariz en polvo. Su extraordinaria difusión, su sentido narcótico, su circulación en el mercado negro y en cualquier verdulería de vecino la hizo popular en el consumo de la población. Se creía que esta hierba excitaba a las mujeres en los bailes y hasta era milagrosa en amores o a la hora de curar enfermedades venéreas. Ya que esos años revolucionarios provocaban gran excitación en la población que se la pasaba garchando el santo día.
El lucro de esta hierba era controlado por la Real Hacienda, y daba dividendos astronómicos al gobierno Real. Pronto el Virrey se dio cuenta que “la negrada proleta” estaba el santo día volada de fumar la hierba y no podían servir a la Corona. La prohibieron de inmediato y la fabricaron para las personas “elegantes y distinguidas que dan el honor a su Majestad” en polvo y a precios desorbitados.
¡Qué aspirar la hierba de la tierra sea un rasgo inconfundible de distinción y fineza entre los patricios y las damas españolas!
Fue el gran error de la Corona, quitarle al pueblo su placer; sacarles a mestizos, mulatas, esclavas, negras casadas con un blanco y vueltas señoras de su distinción, indígenas, criollos y soldados de los ejércitos revolucionarios el placer de sentir la vida en su alto esplendor a la hora del acto sexual, del baile y del amor.
Comenzaron los problemas, los robos, los hurtos, los asesinatos violentos y sin sentido para poder conseguir el polvo mágico de la vida.
Se la comenzó a traficar, en las periferias del Virreinato, se la mezcló con tabaco, vino, aguardiente, aceite, vinagre, grasa, espliego, óregano y demás ingredientes utilizados para “el despertar orgánico”. La hierba enseñó a aspirar con elegancia “yo conocí a Manuela, que soplaba mientras me la mamaba y Cornelia que la aspiraba cuando se la sacaba”. Todo era un mercado negro de tráfico alarmante. Se armó tal bolonqui que tuvo que intervenir el Rey de España, otro furioso aspirador de la hierba, quien dispuso su legalización en 1809.
El ídolo de esas épocas, y gran estornudador era sin dudas, nuestro antihéroe el General San Martín, que le daba a la hierba todo el día y gracias a ella cruzó la Cordillera y liberó a América. Cada tres meses salvaba al Virreinato de morir de abstinencia. Venía del África (la hierba solo crecía en África) con 1000 esclavas de cuerpos exuberantes y 1500 fardos de la mejor hierba. El barco era una humareda al ser avistado desde las orillas del Río de la Plata.
El general llegaba dando cañonazos de alegría con sus granaderos.
¡Un héroe del Buenos Aires y la época virreinal dieciochesca!
9. Regreso a Sudamérica
Al amanecer del día siguiente el General se levantó vestido de forma impecable. Había recibido una noticia del Río de la Plata: Buenos Aires tenía aires independencistas, había ordenado la sucesión del jefe de estado nombrando a Santiago de Liniers.
El África misma con su belleza, sus animales, sus cocoteros, sus planicies y árboles gigantescos se vio eclipsada de golpe cuando el General salió de su cuarto, vestido como un rey. Olía a despedida. La chaquetilla o casaca que le cubría las rodillas era de terciopelo azul con flores colorinches bordadas en plata. Más de dos mil ojales de tela de oro la cruzaban de arriba abajo y formaban unos arabescos sicodélicos que mareaban. La chupa que llevaba encima tenía unos bolsillos llenos de rosas negras recién cortadas del Río de Mozambique. Tres rosas estaban atadas al cabo de su sable. Los calzoncillos de seda con rayas de terciopelo carmesí muy ajustados que dejaban ver lo exuberante de su sexo, estos calzoncillos largos terminaban sobre las rodillas atados con una cinta punzó, ahí mismo comenzaban sus botas de combate de cuero del mejor bisonte y tacos de algarrobo. Su sable colgaba impecable, brillante, finamente lustrado por uno de sus antigachupines. Pese a las pilchas, una tristeza cubría el alma del General, sabía que dejaba África para siempre.
Y a su hijo recién nacido no había podido conocer. “Sea tenido con una negra esclava, una mulata o una española, igual es mi hijo”. Se repetía todas las noches.
A las 8 de la mañana, salió a tomar aire, respiró hondo el perfume de madreselvas que se avecinaba sobre las chozas. Ordenó a sus granaderos llevar bolsones de negros a los vagones de los trenes que los transportarían desde el centro del África hasta una de las costas del Mar Egeo. El trayecto de este tren era una odisea, pues debía cruzar ríos, selvas, dunas de arena inundadas de serpientes de arena, pozos de barros, baches y todo tipo de accidentes geográficos.
El tren, que tenía la velocidad máxima de 60 kilómetros por hora, iba tan despacio que permitía ver todo el hábitat que atravesaba. Por eso, era una odisea que duraba las seis horas de noche, cruzar la selva a oscuras, sintiendo como las bestias se lanzaban encima de los vagones. Al amanecer ya estaba entre la zona de las dunas donde sólo se veían cabezas de serpientes decapitadas por los parantes del tren.
En pocos minutos, el tren se enrojecía, encolorecía por los chapuzones de la sangre de las víboras. Los vagones de los esclavos, completamente desprotegidos, eran picados por las cabezas de las víboras que todavía aleteaban. El tren iba echando humos, colmado de esclavos, que al llegar a las costas del Mar Egeo, quedaban menos de la mitad como consecuencia del viaje. Subían al barco que los esperaba lleno de marinos y granaderos. El General era custodiado por dos granaderos antigachupines, que lo cuidaban a sol y sombra.
Cuando los esclavos estaban embarcados se oyó un grito venido de la selva. Era Lorena, montada en una cebra.
—¡Oye, sinvergüenza, no me dejés en esta tierra de hambre, llevame a Sudamérica!
Y pegó un salto y se subió al barco.
Cuando el barco se alejaba ya a 20 leguas de la costa del África, se oyeron dos tiros de salva. Desde la orilla se vio a una vieja subida a un caballo, con un pendejito en los brazos.
El General fue advertido por sus lugartenientes de la extraña presencia. Y ordenó que se detuviera el barco. Sus segundos le dijeron que era imposible, pues el barco ya había tomado impulso y no era un motor moderno que se detuviera con un freno. Había que tirar anclas y podía quedar encallado.
Lorena Cucumbú se asomó a la baranda del barco y gritó.
—¡Es abuela y mi sobrino!
El General constató que el chico en brazos de la vieja, era su hijo. Y se tiró al agua gritando:
—¡Es mi hijo!
Y es así como la pilcha del General quedó arrugada y se encogió de golpe por el agua fría de la costa africana. Pero llegó indemne y sacándole el niño de los brazos de la vieja. Lo abrazó con el amor más grande del mundo, el de un padre.
Tiritando de frío y con mocos en la nariz le agradeció.
—¡Gracias, abuela!
La vieja, le pegó un coscorrón al libertador de América y le reprochó.
—¡Sinvergüenza de mierda, hacete cargo de tu hijo!
El General en la arena, arrodillado, abrazó y besó a su hijo, llorando. Alguien le pegó un palazo en la cabeza que lo dejó inconsciente y si no fuera por sus soldados africanos, excelentes nadadores que lo volvieron al barco, hubiera muerto en la orilla.
10. En el barco de la revolución
Desde el centro del río, sobre el gran barco “carbonero”, lleno de esclavos, la ciudad apenas se disimulaba detrás de una bruma negra de humo, que de seguro sería producto del trajín de las carretas y carros que no dejaban de levantar polvo con sus ruedas bartoleras de maderas y el patalear de sus caballos criollos. Había llovido unos días antes, así que se habían formado grandes baches de barro y agua en las calles, lo que armaba un quilombo bárbaro en el tránsito carretil, incluso hasta algunos caballos se ahogaban al hundirse con carreta en estos pozos profundos. La ciudad prontamente se convertía en un lugar intransitable de barro y mierda.
De seguro tal masa asfixiante de polvo provenía del conchetísimo barrio del Retiro, en el puerto, gran zona comercial, más precisamente en la calle Real, que conecta el puerto con la plaza Buenos Aires. Pese a la inmensa nube de polvo se divisaba desde el centro del río, los faros de la South Sea Company.
El General se asomó a la escotilla del barco, fumándose un cigarrón de tabaco y algo más...
—¡Estos garcas, están vendiendo sacos de carbón de cuarta categoría! ¡Son unos chantas totales estos inglesitos de poca monta!
Reflexionaba para sus adentros el Generalísmo galán y mujeriego incurable del Río de la Plata.
—¡Solo a ellos se los ocurre vender esclavos de 25 años para arriba, sin dientes, llenos de escorbuto y sarna! Por suerte yo me traje 1600 lolitas y lolitos oscuros de 14 años, merca de Primera A total! ¡Sobre ellos construiremos la base de la Revolución del Río de la Plata!
Acomodándose el sajal, nuestro prócer seguía reflexionando en voz alta, Olga Cucumbú, la negrita, lo escuchaba.
—¡Sos un tétrico, estás decadente, libertadorcito de América!
Mas el General no respondió, seguía absorto en sus pensamientos mirando el río cristalino, lleno de peces que se pescaban a red y caballo y luego se vendían en la Feria gigantesca del Retiro. Un último, efímero y snob pensamiento se le coló: “que hubiera sido de América sin la sangre del África”. Pregunta sin duda irrespondible a esta altura de la existencia humana...
El General sabía más que nadie, que esos negros eran la base del ejército, la carne de cañón que iría al frente ante el poderío guerril de la Corona de España. No quedaba otra, a cualquier sangre había que liberarse.
El General dejó de pensar, pegó una ultima pitada a su cigarrón de tabaco y algo más... y se metió a las bodegas del barco a contar los esclavos, no vaya a ser que en los bolonquis que armaron se le haya piantado alguno. Faltaba media hora para que desembarcaran en el Puerto de la gran Capital del Sud, conocida por todos como Buenos Aires, en tiempos actuales, locura de los turistas.
La negrada en la bodega del barco era un descontrol. A pesar de venir encadenados tenían un gran entusiasmo por conocer una nueva ciudad.
Las morochas estaban en conchas, mostraban sus culos increíbles, sus pechos de martillo, sus caderas hechas para el parimiento y el gire del nabo. Los negros, por su lado, exhibían sus grandes huevos, sus pijas asombrosas, sus piernas perfectas, sus barcas salomónicas. De la bodega subía hacia el exterior un tufito, una baranda imbancable, que sólo los negros agrupados de a miles pueden largar. Sonaba un tambor y los negros agitaban todo, encarcelados y llenos de cadenas, pero todos sabemos que no hay cadenas que encadenen a los espíritus libertinos, a las almas tiradas a la joda, no hay barrotes, no hay rejas, no hay celdas ni ataduras, no hay matrimonios, que los separen de su realidad, de su manera de ser tan alegre y desmesurada, “y si no hay vino nos emborrachamos igual”. Por lo cual estos negros eran unos genios, y, ¡cómo no iban a hacer la revolución con muchachos tan pilas!
Al General, aunque fingía que todo era un cumplimiento del deber, le encantaba bajar a la bodega con los negros, que lo piropeban de lo lindo y el general se excitaba como un chancho. Unas veces se calentaba con una morocha, otras veces se ruborizaba con un morocho...
Por eso, Olga Cucumbú, siempre le decía “milico y puto”. Sobretodo puto, porque al general, lo que realmente le molestaba era que lo tildaran con el mote violento y represivo de milico.
—Soy un soldado de América, negra olor a patas, berenjenera de cuarta —le decía en joda, siguiéndole el juego nuestro héroe.
—Sí, pero al fin y al cabo, no sos más que un milico sudamericano, golpista, represivo, dictador y chorro como todos...
—Cómo se equivoca la gente. Los militares estamos para servir al pueblo y el pueblo tiene que dejar de leer tanto los diarios opositores.
Esta conversación la vamos a escuchar a lo largo de todo el libro, así que volvamos a la bodega llena de esclavos.
11. En la bodega del barco revolucionario
Había una negra de labios perfectos, trencitas de uno o dos nudos. Acordémonos que la raza negra es lampiñísima. Esta morocha era un poquito más clara que el resto. Tendría unos diez, doce años, pero más empujones que molinete de subte, más caídas que la Garza Sosa, más empomadas que Alfonsín, más baches que la Avenida Rivadavia. Pese a todas estas sacudidas, era asombroso el culo que mantenía. Se lo mostró al general, lo apoyó sobre los barrotes de su celda liberadora. (Aquel culo lleno de sensaciones, ocupaba el ancho de la distancia que hay entre dos barrotes, cada cachete marrón claro, lleno de hermosas pecas rosas, calentaban hasta al más trolo).
Uno de los gruesos barrotes negros se le perdió entre los cachetes del culo y la negra se lo retorcía, se lo morfaba sin miedo. El fierrón se perdía en el orto catedralicio de la negra, que haciéndole gestos bien de atorranta (cualidad número uno de todas las esclavas de esta historia), se lo seguía mostrando al pobre San Martín para que se calentara al máximo.
—¡Generalcito, haceme tu esclava, mirá cómo me lo como todo! (haciendo alusión al barrote, por supuesto).
El bochincherío, el junglerío, “el pajarerío de estrellas”, como dijo un gran cronista de la época, era incesante, el roce y el pongue no paraba nunca, por lo cual, esta negrita se valía de un real ingenio para hacerse escuchar. Apenas se aproximaba un silencio, soltaba sus frases lapidarias.
—¡Ay, Generalcito, vení que te lamo la bota de piel blanquita, la debés tener! ¡Si te agarro no sabés cómo te ordeño! ¡Arrimate que te tiro el fideo!
Por esos días, el río, al igual que la ciudad, estaba lleno de pozos y el barco hizo bum para abajo y todas las celdas se chocaron entre ellas. El General tropezó y cayó de cara sobre el culo carnoso de la negra. Era un disparate ridículo, un desplante atolondrado, ver al libertador de América de jeta en el culo de la negra, que aprovechó para agarrarlo del cuello con fuerza y hacerle sacar la lengua. Lo agarró del cogote y lo hizo subir dos o tres veces con la lengua afuera por el agujero del orto.
—Generalcito —le dijo—, probá el sabor de la inmigración.
(Continúa)
200 años después te escribo encerrado en una pieza del barrio de Constitución, te escribo como si fueras un hermano que no conozco. Te escribo desde mi condición de escritor cumbiantero contemporáneo que no acepta la historia como se la contaron otros. Desde mi corazón de admirador y enamorado tuyo, ahora que te descubrí 200 años después, desde un rincón del Río de la Plata que supo ser terreno de todas tus hazañas y amoríos tales. Hoy sos “el faro, el guía, el Libertador y prócer de América”, en los libros de historia y en la boca de los políticos revolucionarios de izquierda.
Yo te quiero como el hombre sencillo que fuiste y que ocultó su imagen de luchador de grandes gestas. Te quiero, como un muchacho porteño más, que bardeó todo lo que pudo, que “políticamente fue el más incorrecto y romántico de los héroes de la América mestiza”. Poco me importa tu cruce de la Cordillera (hoy es un trámite intrascendente y lo hago en dos horas por Lan Chile) o tu encuentro en Guayaquil con ese otro maricón como sos vos y como lo seré siempre yo, ni un pelo me mueve.
Me mueven, me sensorizan tus aventuras con negras y negros esclavos del África, con mujeres casadas; que te hayas atrevido a liberar 1600 esclavos en medio del Océano y en las narices del Rey de la Corona.
Me conmueve que hayas sido el padre del verdadero héroe negro de la revolución de Mayo y de nuestra historia argentina, negado por las plumas de historiadores blancos, que no podían aceptar el liderazgo de la negritud en nuestra historia. Me conmueve, oh dulce amado mío, tu “libertinaje a la hora de vivir”, y por eso sos para mí, Mi Libertador.
Oh, hermano, me importan un pito tus laureles, Libertadorcito de Argentina, Chile y Perú, te recuerdo como la primera vez que te vi en un cuadro del colegio, al lado de un cuadro de Perón, los dos montados en caballos blancos.
Querido San Martín, ahora que me hallo, 200 años después, enamorado de vos, mucho más allá y más alto que las Cordilleras de Chile e incluso todo el cielo de Chile (que es un blef), te quiero decir, ya para concluir esta carta carmesí de niña enamorada atemporal, que la revolución sigue en pie. Y sobretodo sigue en mí, nuevo Libertador de América, de la música y del lenguaje. Sigue en mí a través de ti, que has reencarnado dulcemente en mi espíritu.
Yo sé muy dentro de mí, que si vivieras en esta época serías cucurtiano. Por ahora te traigo a la realidad a través del velo mágico y comercial de la empresa editorial argentina, el libro.
Para todos los mequetrefes, sotretas y zoquetes que no saben un pito de historia ni te aceptan por puto, ni menos que hayas puesto el cuerpo en la Revolución de Mayo (esto no consta en ni un libro de historia). Los intelectuales referencistas de nuestro pasado, los grandes escritores de best sellers te niegan rotundamente. Se ciegan a la liberación que significó tu vida y tu lucha. Contra ellos es este libro. Y también contra la ignorancia existente en torno a ti, tanto la del agreste maestro rural con barba guevariana o la del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, señor Hugo Chávez (le he escuchado decir auténticas bestialidades acerca de vos).
Por último, me despido con una sonrisa de tránsfugas picardías de putañero que descubrió su hombre; te mando un beso con saliva de guitarrero infame de sambas berretas, de gavilán de tierras malas.
“La ciudad de 1810, libre, entusiástica, efervescente en el ideal de la redención humana y anhelante de un gran porvenir; la ciudad de los próceres, la única ciudad nuestra”.
Ezequiel Martínez Estrada
1. África
A las doce de la noche, en el centro del corazón púrpura del África nació un pendejito. Un día díficil de estipular y clasificar del año 1890, en un chocerío de esclavos Áfricanos se escuchó el llanto escandaloso de una guagua, un nenito, un gurisito, un guainito infame y bochinchero. Pataleó en el vientre de su madre, quién profirió terribles alaridos, arrancándose el pelo a manotazos y dándole al atigrado altar de paja furibundos conchazos. Cambióse de lugar como si fuese a ser en el futuro un pródigo bailarín de balet y no un simple esclavo más. Púsose, la infame criaturita, boca abajo y de un cabezazo rompió la placenta del útero hogareño y salió del cuerpo de su madre, pegando unos gritos como si la estuvieran matando. El niño no tiene padre, ni se sabe bien de dónde viene, ¡quién sabe!, tiene ojos de carbón, es el primer mulato de la tierra bendecida por Dios que treinta años después la Corona española bautizaría como Virreinato del Río de La Plata, o en tiempos actuales Argentina, a secas. ¡Es el primer mulato de la República Argentina!
La negra Coral, su abuela materna de 70 años, lo alza en sus brazos y lo pone a la luz de la luna para constatar que no estuviese amarillo por la bilirrubina ni tuviera patas de mosquito. Afuera, en el inhóspito monte africano, los mosquitos invadían el manglar.
En esta choza de tirantes de mambú y ramas de palmeras comienza, por así decirlo, la verdadera y trágica historia de una nación próxima a cumplir 200 años.
Con el nacimiento de este angelito se inició el peregrinar histórico de un gran país no país.
—Caramba, ¡qué poronga tiene este niño! —grita la vieja, al verle el miembro bajo los haces de aluminio de la luna.
Lejos de asustarse, se lo entrega a la bendición de la luna africana.
Alocada como un huracán, después de una cabalgata subida a un león de tres horas, entra al cuarto la hermana de la parturienta y tía de la criatura. Ignora a la abuela y se dirige a la cama de lapacho y quebracho donde reposa la madre que acaba de dar a luz.
—¡Olga, Olga! ¡Vestite, tenés que escapar!
Se da cuenta que su hermana ha dado a luz:
—¡Puta de los mil demonios, cómo hiciste para parir tan rápido!
Olga, la madre del mulatito, es una mulata de increíble belleza natural de 13 años de edad.
Y enseguida la felicita con lágrimas en los ojos:
—Che, pero si es un pendejito. ¡Felicidades, hermana querida!
Y la mulata de impecable falda corta de cuero de bisonte y unos aros de barro barnizado con sangre de mosquitos, alzó a su sobrino, le pegó dos mordiscones en los cachetes del culo y le dijo, “pobrecito de vos, bienvenido a África. Bienvenido a la esclavitud total.” Y ahí, constató horrorizada que el chico calzaba entre sus piernas un gigantesco instrumento germinativo. “Epa, güey qué poronga. Este se la va a pasar cogiendo...” Le dijo, muerta de risa, a su hermana, semiconvalesciente.
Y acá voy a traicionar o buchonear a la negra, mi personaje, dada mis capacidades de narrador atolondrado y diré que estaba un poco tomadita, pasadita de copas, completamente en pedo, y que su vestimenta dejaba mucho que desear, pero se ve que volvía de parrandear.
Sin dudas, había un baile en el barsucho de adelante de la choza que se cae a pedazos. Un barsucho de borrachos y prostitutas que bailan un extraño ritmo de tambores y arpas que llaman Cumb. Y, supongo, es la precursora del, 200 años adelante, famoso ritmo tropical Cumbia.
Y aunque no sonara Karicia ni Los Mirlos aquello era realmente supersensual para bailar, una artimaña del tiempo, pues ver tantas negras meneando las caderas y el culo, dando dosmilquinientos meneos para levantar un vaso, mover un pie, mover una pestaña, hasta para hablar las negras movían las caderas, y sus parteneires hacían lo mismo pero con sus braguetas. Cuánto olor habanero hay en este sitio.
¡Pero si la Habana, ni Cuba, ni Argentina existen, bestia iletrada ahistórica!
2. Lorena Cucumbú, la africana con pelo de virulana
Caracoleando en su melena de luche aceituno; de doceañera de piel de cebra portuaria, burbujeando en el ojal de su blusa, el alcohol flota formando una cervecera aura angelical alrededor de la figura de clandestina errancia de Lorena Cucumbu. Su corazón late como el de una paloma de ala meada, palpita como el culo de una gallina violada por un granjero entrerriano.
En dope, mamada de lo lindo, tropezando con los peldaños que suben al cuarto de su hermana embarazada. Lorena Cucumbú, hermana de Olga Cucumbú y tía de la criatura, propietaria de unos pechos jugosos como los dos melones más dulces del Paraguay (cuna de melones) y una boca en forma de flor carnívora para morfarte o mofarse, según las circunstancias. Un culo, unos cachos de cachetes que, puestos boca arriba, semejarían los tambores de una batería. Esta negra oriunda del Cabo Verde, venía de cumbeantear, chancleteando con unos tacos que retintineaban en su acanelado perfume saliente de sus piernas morrudas; parapimponeaba su figura de paloma de ala meada cada vez que levantaba un pie. Donde fuese la negra generaba música a su paso, misma música que la delataba a la hora de singar. Y por culpa del musical singe catresco la descubrían las esposas de los vecinos de las chozas a medianoche y la sacaban a los coscorrones limpios de las camas ajenas.
Irreverente hasta el caracú Lorena Cucumbú, no se privaba de vivir la vida y cada que salía a la calle, su gran pasión, dizque era para erotizar pijas de negros. Ya desde los cinco añitos, andaba en la falda de los conquistadores holandeses y españoles. Y recibía regalos de todo tipo, collares, rubíes del Golfo Pérsico, huesitos de bacalao, karamizov bañados en oro, perfumes del Nilo, alfombras voladoras, botas de estornino de la pampa húmeda.
La negra armaba gran alboroto entre los extranjeros colonizadores que se la querían llevar de esclava y se mataban entre ellos. Mas ella, siempre indemne zafaba de las peores situaciones de muerte, saltando por un balcón, o escondiéndose debajo de una mesa de una talabartería de aguardientes africanas.
Sobre ella se cuenta una historia trágica de amor con un fraile español, poeta y precursor de García Lorca, que lo pescaron en la Santa Iglesia haciéndose mamar la penca por la niña de cinco años de edad, que parecía alimentarse más de leche de vergas que de la leche materna de su Santa Madre, que cada vez que le venían con el chisme de las travesuras de su hijita se agarraba la cabeza en un sónico grito gutural: “A quién habrá salido tan puta”.
Tal vez, Lorena Cucumbú de nuestro corazón, sea la primer prostituta consciente del África “porque aquí todas abren las piernas rápido y gratis, sea de la mano de un señor casado, un soltero o un indeciso rufián. Yo no mijito, a mí me dan billetes”.
3. En el cuarto del parimento, una noticia que despierta el amor: llega el General
—¡Olga, despertate Olga, tenés que rajar ya! —le dijo Lorena a su hermana muerta en la cama, agotadísima, después de pujar y pujar para parir un muchachito de 7 kilos.
—¡Diabla, moca de mierda, ni parir tranquila me dejás! ¿Qué te sucede?
Lorena se arrodilló junto a su cama, rezó un padrenuestro y bajó la cabeza temblando de miedo.
Olga, enojada por el silencio ridículo de su hermana menor le gritó.
—Bueno ya, coña del orto, ¿qué te hizo mal, el aguardiente o todavía no encontraste una penca que te clave de parada?
—¡Qué aguardiente ni ocho cuartos! Cervecita, cervecita, Condorina, que ha venido a reemplazar al agua en mi vida.
Dijo haciendo helicear en el aire sus altas plumas de avestruz y sus bordados de pelo de león resistente a los fuertes vientos de la región. “Niña, no me tomes de avestruz, que no soy como esas huecas tontas que se traen un aro puesto haciendo las monjitas y son mas putas que canastas andantes. Que yo soy trola, pero por política, como tú hermanita, así que ojo al trompo de carne.
—Ya, ya, deja de alaraquear como una gallina que nadie te va a degollar y suelta el rollo, que tengo que darle de mamar al crío.
—Además de atorranta, sos atrevida y maleducada, presta atención porque esta gallina viene a salvarte el pellejo, mamerta...
La negra quiso hablar pero le fue imposible, se volvió tartamuda del miedo, o tal vez le cayó el peso de la historia encima. ¿Quién sabe?
Lo único que dijo es:
—Allí, allí, por el manglar, a la orilla de las carboneras... viene el General.
Olga saltó de la cama vistiéndose, todavía sangrante y agarró el fusil más grande que tenía abajo de la cama. Le ordenó a su madre que saliera por la puerta de atrás ocultando al crío con ramas de eucaliptos. Y se parapetó al lado de la ventana, apuntando a lo que se apareciera en el horizonte.
Lorena Cucumbú bajó corriendo las escaleras y salió al centro del salón del bar donde los negros bailaban, se besaban y franeleaban a granel.
—¡El General viene con sus hombres a robar esclavos!, gritó al festín musical y sexual que se estaban haciendo en el bar. Pero la música y la calentura de los negros era imposible de parar.
4. Besame de nuevo, forastero
El General ingresó al bar encima de su caballo blanco, con su ejército invencible de granaderos siguiéndole el paso firme. Sacaron cadenas y grilletes de bronce para sujetar a los negros que corrían, saltaban por las ventanas, gritaban de pánico ante la presencia imperial del hombre blanco y su bestia. Algunos no tuvieron tiempo ni de levantarse los pantalones y el General levantó el sable y de un fuzz que rayó el aire y la historia humana cercioró los gigantescos penes desnudos que cayeron como pedazos de algarrobo al piso y comenzaron a saltar y a chocarse contra las paredes llenos de sangre. El ruido de aquellos penes al chocarse, ciegos contra las ventanas, asustaba a los perros y horrorizaba a las negras que se subieron encima de las mesas y del mostrador del barsucho. El temblor porongil alborotó a medio mundo, hasta que las pijas se perdieron saltando por la ventana al monte africano...
Pero Olga, además de puta, era valiente y por lo tanto testaruda como los mosquitos y no iba a dejarse amedrentar por un par de porteños vagos y uniformados. Saltó las escaleras y con otro salto más fuerte se le fue encima al General a caballo, y lo tiró al piso. Se le subió encima en el forcejeo y lo abofeteó dos veces en el piso. Los granaderos, esclavos criollizados en su mayoría, sonreían por la intrepidez sexual de la mulata.
—¡Maldito, criollo colonizado, estás en el corazón de África! —le gritó y le ensartó dos severos cachetazos más.
Aquello fue para filmar o alquilar balcones realmente. Algo histórico no escrito por la mano blanca, de linda caligrafía, que ha inventado la historia a lo largo de todos estos años. ¡Pegarle al Libertador de América, máximo prócer del continente, quién lo diría! Pero, créanme, no es una infamia del Sr. Cucurto, así sucedió y lo atestiguan los documentos de los pocos negros que quedan en el Río de la Plata, en la Isla Maciel, detrás del Puente de La Boca.
Volvamos a la acción.
—¡Epa, muñeca así recibís a este forastero!, le dice el General agarrándola de las muñecas y dándole dos besos secos de lengua que marearon y le hicieron flipar el clítoris a la mulata, que se entregó de amor total.
—¡Besame de nuevo, forastero! —Le inquirió ella, con la boca sedienta de amor.
Y la boca del general se despegó de él como un pájaro salvaje que se posó en sus labios. El beso cayó con la fuerza de un ancla en el corazón y el alma de Lorena haciéndola mil pedazos. Y fue el beso más intenso que le dieron en su vida, un piedrazo de piquetero que agujereó el toldito del puesto de panchos de su ser. ¡El beso, luna masoca que arañó tu mar!
Beso de helicóptero, beso multiprocesadora molinex, beso de molino de viento del Ingenioso Hidalgo, beso con sabor a hierba, a lo Serrate, el beso de lengua del General, le hizo ver todos los colores del horizonte, en ese beso la transportó vaya a saber qué extraño lugar de su futuro, donde la negra se soñó vestida de dama española, de la mano del Libertador de América. Llenísima de hijos mulatos color café con leche y una casa patricia con un aljibe en medio, tres costureras que confeccionarían sus vestimentas de ella y sus hijos que usarían los sábados para ir a misa. El beso del General, era más fuerte y decisivo que cualquiera de sus armas y su ejército completo. ¡Lorena se enamoró al instante, como cualquier negra, del hombre blanco, de patillas, guapísimo! Mas todo eran puros colores mezclados que se evaporaron al instante, cuando el General le pegó dos firmes cachetazos en la mejilla y tiró de su sueño de dama española. Le dijo, sacándosela de encima y haciéndola rodar.
—¡Nadie le pega al General del Virreinato del Río de la Plata! ¡Decapítenla ahora mismo!
Antes de eso, la negra se incorporó de un salto de tigra y quedó parada encima del mostrador del bar y gritó:
—¡Besame de nuevo, villano y virreynesco general!
Y se le abalanzó sobre su boca dándole un beso intenso que lo dejó sin aire y casi lo mata. Entre ocho granaderos fornidos tuvieron que arrancarla de la anatomía del General como si fuera una garrapata.
5. Comienzan los problemas de San Martín con su hijo
Desde lo alto de un altillo se alzó la voz rebelde de Olga, la hermana de Lorena, quien había presenciado el beso de amor:
—¡General San Martín, hijoeputísima, mejor que reconozcas a tu hijo que acaba de nacer, aquí mismito en el corazón de África! ¡Aquí no nos colonizan ni con besos ni con armas! ¡Y dejá de seducir a mi hermana que es más trola que puta dominicana!
Dicho esto disparó varias veces apuntando a la cabeza del general, pero sólo consiguió moverle un poco el gorro frigio que esa noche llevaba puesto nuestro héroe.
Los soldados de San Martín le respondieron bayoneteándola al instante. Lorena se tiró encima del cuerpo de su hermana y se deshizo en llantos. En medio del monte africano se escuchó un alarido de dolor. Cabalgando en una leona, en brazos de su abuela, el hijito ilegítimo de San Martín recién venido al mundo, lloró lágrimas rojas de sangre y la leona lo amamantó como una madre.
6. Los soldados marihuanos del General San Martin
Los soldados del Libertador de América, en su mayoría esclavos africanos que habían sido educados y traídos al Virreinato del Río de la Plata, por el propio San Martín en persona. El general decía, “un ejército de negros analfabetos no serviría de nada, necesitamos alimentar el espíritu de las personas, despertar su alma revolucionaria reprimida por la esclavitud, el poder español o el miedo que impone Napoleón o todas las fuerzas conquistadoras. El general, como un padre, se ocupó personalmente de la educación de cada uno de sus valientes soldados. Incluso los vistió con la mejor ropa, “un ejército debe dar buena imagen, pues quién adheriría a un ejército de pordioseros, de borrachos mamertos o de negros hambrientos. ¡Pues, ni mi tía! El ejército debe exhalar poder”.
Los vistió como si fuesen a desfilar, mas que a la guerra, cada granadero de San Martín, vestía un sayal color azul marino intenso “para que nos confundan con el cielo de la Cordillera”, con unos sombreros contra la nieve y zaja de lino africana color punzó, “la sangre de nuestros enemigos siempre cruzándonos el pecho”. Completaba la vestimenta un sable de plata, pantalones blancos de lino elastizado al cuerpo y botas de cuero negras hasta las pantorrillas con espuelas de plata en el talón. Imagínense, con tales vestimentas, la pinta que tendrían esos esclavos negros acriollados.
7. Frente al cadáver de Olga Cucumbú. El llanto del General
El General ordenó la retirada de sus soldados y la ejecución inmediata de todos los que estaban en el bar. Clodoaldo Maripili, un africano culto y bello, lugarteniente del general, arrancó del cuerpo de su hermana, a Lorena Cucumbú.
—¿A ella también la limpiamos, general?
San Martín miró los ojitos de quinceañera de Lorena. Y exclamó:
—¡Maldición, es casi una niña!
Hubo silencio, Clodoaldo esperaba la respuesta del líder. Los tres se cruzaron las miradas.
—Es joven, tendrá sed de venganza. Sea la primera en ser ejecutada.
Dos soldados enormes de increíbles ojos celestes se la llevaron arrastrada entre gritos.
Clodoaldo se quedó parado junto al general.
—Andá, Clodoaldo dejame un minuto solo.
El General se acercó al cadáver y se quebró en llantos. Se arrodilló y besó la mejilla de Olga, la esclava con la cual había concebido un varoncito. El general pensaba para sus adentros. ¿Qué habrá pensado esta negra? Que iba a reconocer el crío tenido con una esclava. Un hombre blanco y distinguido, un general del ejército revolucionario no puede tener críos con una negra. En el Río de la Plata iban a pensar que me ando garchando a las esclavas. Además qué mina podría darme bola después de conocer mi relación ilegal con Olga. Aunque es cierto que Olga era una mujer muy especial.
El general se paró y extrajo de un bolso una bandera celeste y blanca y la envolvió. Cuando salió, les dio una orden clara a sus soldados.
—Quiero que este bulto vaya directo a las tripas de las bestias. Es la forma más pura de llegar a la tierra...
En esa entró Clodoaldo Maripili con una noticia.
—Mi general, la negra se nos escapó subida a unos leones... Otra noticia: los negros ya recolectaron 3500 fardos de la mejor hierba mágica.
—¿Marihuana?
—La mejor de todas, mi general.
—Muy bien, Clodoaldo, olvidá a la negra y cuiden la hierba como oro.
Dicho esto el general se retiró a su cuarto a prepararse para el regreso a América. Clodoaldo Maripili interceptó a los soldados con el cadáver de Olga y dio una contraorden.
—A nadie se le ocurra tirar ese bello cadáver a la boca de las bestias. Lo esconden y lo embalsaman hasta llegar al Virreinato.
8. La hierba maravillosa
El General no sólo viajaba tres meses en barco hacia el África para “traer sacos de carbón”, sino para traficar especias deseadas y afrodisíacas. Una hierba de moda en tiempos de la revolución se la conocía con el mote de “María”. Servía para acompañar pensamientos solitarios, distraer penas, entretener ocios, se la fumaba en cigarro, mezclado con el tabaco en cigarrillo o pipa, se mascaba o se aspiraba por la nariz en polvo. Su extraordinaria difusión, su sentido narcótico, su circulación en el mercado negro y en cualquier verdulería de vecino la hizo popular en el consumo de la población. Se creía que esta hierba excitaba a las mujeres en los bailes y hasta era milagrosa en amores o a la hora de curar enfermedades venéreas. Ya que esos años revolucionarios provocaban gran excitación en la población que se la pasaba garchando el santo día.
El lucro de esta hierba era controlado por la Real Hacienda, y daba dividendos astronómicos al gobierno Real. Pronto el Virrey se dio cuenta que “la negrada proleta” estaba el santo día volada de fumar la hierba y no podían servir a la Corona. La prohibieron de inmediato y la fabricaron para las personas “elegantes y distinguidas que dan el honor a su Majestad” en polvo y a precios desorbitados.
¡Qué aspirar la hierba de la tierra sea un rasgo inconfundible de distinción y fineza entre los patricios y las damas españolas!
Fue el gran error de la Corona, quitarle al pueblo su placer; sacarles a mestizos, mulatas, esclavas, negras casadas con un blanco y vueltas señoras de su distinción, indígenas, criollos y soldados de los ejércitos revolucionarios el placer de sentir la vida en su alto esplendor a la hora del acto sexual, del baile y del amor.
Comenzaron los problemas, los robos, los hurtos, los asesinatos violentos y sin sentido para poder conseguir el polvo mágico de la vida.
Se la comenzó a traficar, en las periferias del Virreinato, se la mezcló con tabaco, vino, aguardiente, aceite, vinagre, grasa, espliego, óregano y demás ingredientes utilizados para “el despertar orgánico”. La hierba enseñó a aspirar con elegancia “yo conocí a Manuela, que soplaba mientras me la mamaba y Cornelia que la aspiraba cuando se la sacaba”. Todo era un mercado negro de tráfico alarmante. Se armó tal bolonqui que tuvo que intervenir el Rey de España, otro furioso aspirador de la hierba, quien dispuso su legalización en 1809.
El ídolo de esas épocas, y gran estornudador era sin dudas, nuestro antihéroe el General San Martín, que le daba a la hierba todo el día y gracias a ella cruzó la Cordillera y liberó a América. Cada tres meses salvaba al Virreinato de morir de abstinencia. Venía del África (la hierba solo crecía en África) con 1000 esclavas de cuerpos exuberantes y 1500 fardos de la mejor hierba. El barco era una humareda al ser avistado desde las orillas del Río de la Plata.
El general llegaba dando cañonazos de alegría con sus granaderos.
¡Un héroe del Buenos Aires y la época virreinal dieciochesca!
9. Regreso a Sudamérica
Al amanecer del día siguiente el General se levantó vestido de forma impecable. Había recibido una noticia del Río de la Plata: Buenos Aires tenía aires independencistas, había ordenado la sucesión del jefe de estado nombrando a Santiago de Liniers.
El África misma con su belleza, sus animales, sus cocoteros, sus planicies y árboles gigantescos se vio eclipsada de golpe cuando el General salió de su cuarto, vestido como un rey. Olía a despedida. La chaquetilla o casaca que le cubría las rodillas era de terciopelo azul con flores colorinches bordadas en plata. Más de dos mil ojales de tela de oro la cruzaban de arriba abajo y formaban unos arabescos sicodélicos que mareaban. La chupa que llevaba encima tenía unos bolsillos llenos de rosas negras recién cortadas del Río de Mozambique. Tres rosas estaban atadas al cabo de su sable. Los calzoncillos de seda con rayas de terciopelo carmesí muy ajustados que dejaban ver lo exuberante de su sexo, estos calzoncillos largos terminaban sobre las rodillas atados con una cinta punzó, ahí mismo comenzaban sus botas de combate de cuero del mejor bisonte y tacos de algarrobo. Su sable colgaba impecable, brillante, finamente lustrado por uno de sus antigachupines. Pese a las pilchas, una tristeza cubría el alma del General, sabía que dejaba África para siempre.
Y a su hijo recién nacido no había podido conocer. “Sea tenido con una negra esclava, una mulata o una española, igual es mi hijo”. Se repetía todas las noches.
A las 8 de la mañana, salió a tomar aire, respiró hondo el perfume de madreselvas que se avecinaba sobre las chozas. Ordenó a sus granaderos llevar bolsones de negros a los vagones de los trenes que los transportarían desde el centro del África hasta una de las costas del Mar Egeo. El trayecto de este tren era una odisea, pues debía cruzar ríos, selvas, dunas de arena inundadas de serpientes de arena, pozos de barros, baches y todo tipo de accidentes geográficos.
El tren, que tenía la velocidad máxima de 60 kilómetros por hora, iba tan despacio que permitía ver todo el hábitat que atravesaba. Por eso, era una odisea que duraba las seis horas de noche, cruzar la selva a oscuras, sintiendo como las bestias se lanzaban encima de los vagones. Al amanecer ya estaba entre la zona de las dunas donde sólo se veían cabezas de serpientes decapitadas por los parantes del tren.
En pocos minutos, el tren se enrojecía, encolorecía por los chapuzones de la sangre de las víboras. Los vagones de los esclavos, completamente desprotegidos, eran picados por las cabezas de las víboras que todavía aleteaban. El tren iba echando humos, colmado de esclavos, que al llegar a las costas del Mar Egeo, quedaban menos de la mitad como consecuencia del viaje. Subían al barco que los esperaba lleno de marinos y granaderos. El General era custodiado por dos granaderos antigachupines, que lo cuidaban a sol y sombra.
Cuando los esclavos estaban embarcados se oyó un grito venido de la selva. Era Lorena, montada en una cebra.
—¡Oye, sinvergüenza, no me dejés en esta tierra de hambre, llevame a Sudamérica!
Y pegó un salto y se subió al barco.
Cuando el barco se alejaba ya a 20 leguas de la costa del África, se oyeron dos tiros de salva. Desde la orilla se vio a una vieja subida a un caballo, con un pendejito en los brazos.
El General fue advertido por sus lugartenientes de la extraña presencia. Y ordenó que se detuviera el barco. Sus segundos le dijeron que era imposible, pues el barco ya había tomado impulso y no era un motor moderno que se detuviera con un freno. Había que tirar anclas y podía quedar encallado.
Lorena Cucumbú se asomó a la baranda del barco y gritó.
—¡Es abuela y mi sobrino!
El General constató que el chico en brazos de la vieja, era su hijo. Y se tiró al agua gritando:
—¡Es mi hijo!
Y es así como la pilcha del General quedó arrugada y se encogió de golpe por el agua fría de la costa africana. Pero llegó indemne y sacándole el niño de los brazos de la vieja. Lo abrazó con el amor más grande del mundo, el de un padre.
Tiritando de frío y con mocos en la nariz le agradeció.
—¡Gracias, abuela!
La vieja, le pegó un coscorrón al libertador de América y le reprochó.
—¡Sinvergüenza de mierda, hacete cargo de tu hijo!
El General en la arena, arrodillado, abrazó y besó a su hijo, llorando. Alguien le pegó un palazo en la cabeza que lo dejó inconsciente y si no fuera por sus soldados africanos, excelentes nadadores que lo volvieron al barco, hubiera muerto en la orilla.
10. En el barco de la revolución
Desde el centro del río, sobre el gran barco “carbonero”, lleno de esclavos, la ciudad apenas se disimulaba detrás de una bruma negra de humo, que de seguro sería producto del trajín de las carretas y carros que no dejaban de levantar polvo con sus ruedas bartoleras de maderas y el patalear de sus caballos criollos. Había llovido unos días antes, así que se habían formado grandes baches de barro y agua en las calles, lo que armaba un quilombo bárbaro en el tránsito carretil, incluso hasta algunos caballos se ahogaban al hundirse con carreta en estos pozos profundos. La ciudad prontamente se convertía en un lugar intransitable de barro y mierda.
De seguro tal masa asfixiante de polvo provenía del conchetísimo barrio del Retiro, en el puerto, gran zona comercial, más precisamente en la calle Real, que conecta el puerto con la plaza Buenos Aires. Pese a la inmensa nube de polvo se divisaba desde el centro del río, los faros de la South Sea Company.
El General se asomó a la escotilla del barco, fumándose un cigarrón de tabaco y algo más...
—¡Estos garcas, están vendiendo sacos de carbón de cuarta categoría! ¡Son unos chantas totales estos inglesitos de poca monta!
Reflexionaba para sus adentros el Generalísmo galán y mujeriego incurable del Río de la Plata.
—¡Solo a ellos se los ocurre vender esclavos de 25 años para arriba, sin dientes, llenos de escorbuto y sarna! Por suerte yo me traje 1600 lolitas y lolitos oscuros de 14 años, merca de Primera A total! ¡Sobre ellos construiremos la base de la Revolución del Río de la Plata!
Acomodándose el sajal, nuestro prócer seguía reflexionando en voz alta, Olga Cucumbú, la negrita, lo escuchaba.
—¡Sos un tétrico, estás decadente, libertadorcito de América!
Mas el General no respondió, seguía absorto en sus pensamientos mirando el río cristalino, lleno de peces que se pescaban a red y caballo y luego se vendían en la Feria gigantesca del Retiro. Un último, efímero y snob pensamiento se le coló: “que hubiera sido de América sin la sangre del África”. Pregunta sin duda irrespondible a esta altura de la existencia humana...
El General sabía más que nadie, que esos negros eran la base del ejército, la carne de cañón que iría al frente ante el poderío guerril de la Corona de España. No quedaba otra, a cualquier sangre había que liberarse.
El General dejó de pensar, pegó una ultima pitada a su cigarrón de tabaco y algo más... y se metió a las bodegas del barco a contar los esclavos, no vaya a ser que en los bolonquis que armaron se le haya piantado alguno. Faltaba media hora para que desembarcaran en el Puerto de la gran Capital del Sud, conocida por todos como Buenos Aires, en tiempos actuales, locura de los turistas.
La negrada en la bodega del barco era un descontrol. A pesar de venir encadenados tenían un gran entusiasmo por conocer una nueva ciudad.
Las morochas estaban en conchas, mostraban sus culos increíbles, sus pechos de martillo, sus caderas hechas para el parimiento y el gire del nabo. Los negros, por su lado, exhibían sus grandes huevos, sus pijas asombrosas, sus piernas perfectas, sus barcas salomónicas. De la bodega subía hacia el exterior un tufito, una baranda imbancable, que sólo los negros agrupados de a miles pueden largar. Sonaba un tambor y los negros agitaban todo, encarcelados y llenos de cadenas, pero todos sabemos que no hay cadenas que encadenen a los espíritus libertinos, a las almas tiradas a la joda, no hay barrotes, no hay rejas, no hay celdas ni ataduras, no hay matrimonios, que los separen de su realidad, de su manera de ser tan alegre y desmesurada, “y si no hay vino nos emborrachamos igual”. Por lo cual estos negros eran unos genios, y, ¡cómo no iban a hacer la revolución con muchachos tan pilas!
Al General, aunque fingía que todo era un cumplimiento del deber, le encantaba bajar a la bodega con los negros, que lo piropeban de lo lindo y el general se excitaba como un chancho. Unas veces se calentaba con una morocha, otras veces se ruborizaba con un morocho...
Por eso, Olga Cucumbú, siempre le decía “milico y puto”. Sobretodo puto, porque al general, lo que realmente le molestaba era que lo tildaran con el mote violento y represivo de milico.
—Soy un soldado de América, negra olor a patas, berenjenera de cuarta —le decía en joda, siguiéndole el juego nuestro héroe.
—Sí, pero al fin y al cabo, no sos más que un milico sudamericano, golpista, represivo, dictador y chorro como todos...
—Cómo se equivoca la gente. Los militares estamos para servir al pueblo y el pueblo tiene que dejar de leer tanto los diarios opositores.
Esta conversación la vamos a escuchar a lo largo de todo el libro, así que volvamos a la bodega llena de esclavos.
11. En la bodega del barco revolucionario
Había una negra de labios perfectos, trencitas de uno o dos nudos. Acordémonos que la raza negra es lampiñísima. Esta morocha era un poquito más clara que el resto. Tendría unos diez, doce años, pero más empujones que molinete de subte, más caídas que la Garza Sosa, más empomadas que Alfonsín, más baches que la Avenida Rivadavia. Pese a todas estas sacudidas, era asombroso el culo que mantenía. Se lo mostró al general, lo apoyó sobre los barrotes de su celda liberadora. (Aquel culo lleno de sensaciones, ocupaba el ancho de la distancia que hay entre dos barrotes, cada cachete marrón claro, lleno de hermosas pecas rosas, calentaban hasta al más trolo).
Uno de los gruesos barrotes negros se le perdió entre los cachetes del culo y la negra se lo retorcía, se lo morfaba sin miedo. El fierrón se perdía en el orto catedralicio de la negra, que haciéndole gestos bien de atorranta (cualidad número uno de todas las esclavas de esta historia), se lo seguía mostrando al pobre San Martín para que se calentara al máximo.
—¡Generalcito, haceme tu esclava, mirá cómo me lo como todo! (haciendo alusión al barrote, por supuesto).
El bochincherío, el junglerío, “el pajarerío de estrellas”, como dijo un gran cronista de la época, era incesante, el roce y el pongue no paraba nunca, por lo cual, esta negrita se valía de un real ingenio para hacerse escuchar. Apenas se aproximaba un silencio, soltaba sus frases lapidarias.
—¡Ay, Generalcito, vení que te lamo la bota de piel blanquita, la debés tener! ¡Si te agarro no sabés cómo te ordeño! ¡Arrimate que te tiro el fideo!
Por esos días, el río, al igual que la ciudad, estaba lleno de pozos y el barco hizo bum para abajo y todas las celdas se chocaron entre ellas. El General tropezó y cayó de cara sobre el culo carnoso de la negra. Era un disparate ridículo, un desplante atolondrado, ver al libertador de América de jeta en el culo de la negra, que aprovechó para agarrarlo del cuello con fuerza y hacerle sacar la lengua. Lo agarró del cogote y lo hizo subir dos o tres veces con la lengua afuera por el agujero del orto.
—Generalcito —le dijo—, probá el sabor de la inmigración.
(Continúa)
Yzur
Compré el mono en el remate de un circo que había quebrado.
La primera vez que se me ocurrió tentar la experiencia a cuyo relato están dedicadas estas líneas, fue una tarde, leyendo no sé dónde, que los naturales de Java atribuían la falta de lenguaje articulado en los monos a la abstención, no a la incapacidad. "No hablan, decían, para que no los hagan trabajar".
Semejante idea, nada profunda al principio, acabó por preocuparme hasta convertirse en este postulado antropológico:
Los monos fueron hombres que por una u otra razón dejaron de hablar. El hecho produjo la atrofia de sus órganos de fonación y de los centros cerebrales del lenguaje; debilitó casi hasta suprimirla la relación entre unos y otros, fijando el idioma de la especie en el grito inarticulado, y el humano primitivo descendió a ser animal.
Claro es que si llegara a demostrarse esto quedarían explicadas desde luego todas las anomalías que hacen del mono un ser tan singular; pero esto no tendría sino una demostración posible: volver el mono al lenguaje.
Entre tanto había corrido el mundo con el mío, vinculándolo cada vez más por medio de peripecias y aventuras. En Europa llamó la atención, y de haberlo querido, llego a darle la celebridad de un Cónsul; pero mi seriedad de hombre de negocios mal se avenía con tales payasadas.
Trabajado por mi idea fija del lenguaje de los monos, agoté toda la bibliografía concerniente al problema, sin ningún resultado apreciable. Sabía únicamente, con entera seguridad, que no hay ninguna razón científica para que el mono no hable. Esto llevaba cinco años de meditaciones.
Yzur (nombre cuyo origen nunca pude descubrir, pues lo ignoraba igualmente su anterior patrón), Yzur era ciertamente un animal notable. La educación del circo, bien que reducida casi enteramente al mimetismo, había desarrollado mucho sus facultades; y esto era lo que me incitaba más a ensayar sobre él mi en apariencia disparatada teoría.
Por otra parte, sábese que el chimpancé (Yzur lo era) es entre los monos el mejor provisto de cerebro y uno de los más dóciles, lo cual aumentaba mis probabilidades. Cada vez que lo veía avanzar en dos pies, con las manos a la espalda para conservar el equilibrio, y su aspecto de marinero borracho, la convicción de su humanidad detenida se vigorizaba en mí.
No hay a la verdad razón alguna para que el mono no articule absolutamente. Su lenguaje natural, es decir, el conjunto de gritos con que se comunica a sus semejantes, es asaz variado; su laringe, por más distinta que resulte de la humana, nunca lo es tanto como la del loro, que habla sin embargo; y en cuanto a su cerebro, fuera de que la comparación con el de este último animal desvanece toda duda, basta recordar que el del idiota es también rudimentario, a pesar de lo cual hay cretinos que pronuncian algunas palabras. Por lo que hace a la circunvolución de Broca, depende, es claro, del desarrollo total del cerebro; fuera de que no está probado que ella sea fatalmente el sitio de localización del lenguaje. Si es el caso de localización mejor establecido en anatomía, los hechos contradictorios son desde luego incontestables.
Felizmente los monos tienen, entre sus muchas malas condiciones, el gusto por aprender, como lo demuestra su tendencia imitativa; la memoria feliz, la reflexión que llega hasta una profunda facultad de disimulo, y la atención comparativamente más desarrollada que en el niño. Es, pues, un sujeto pedagógico de los más favorables.
El mío era joven además, y es sabido que la juventud constituye la época más intelectual del mono, parecido en esto al negro. La dificultad estribaba solamente en el método que se emplearía para comunicarle la palabra. Conocía todas las infructuosas tentativas de mis antecesores; y está de más decir, que ante la competencia de algunos de ellos y la nulidad de todos sus esfuerzos, mis propósitos fallaron más de una vez, cuando el tanto pensar sobre aquel tema fue llevándome a esta conclusión:
Lo primero consiste en desarrollar el aparato de fonación del mono.
Así es, en efecto, como se procede con los sordomudos antes de llevarlos a la articulación; y no bien hube reflexionado sobre esto, cuando las analogías entre el sordomudo y el mono se agolparon en mi espíritu.
Primero de todo, su extraordinaria movilidad mímica que compensa al lenguaje articulado, demostrando que no por dejar de hablar se deja de pensar, así haya disminución de esta facultad por la paralización de aquella. Después otros caracteres más peculiares por ser más específicos: la diligencia en el trabajo, la fidelidad, el coraje, aumentados hasta la certidumbre por estas dos condiciones cuya comunidad es verdaderamente reveladora; la facilidad para los ejercicios de equilibrio y la resistencia al marco.
Decidí, entonces, empezar mi obra con una verdadera gimnasia de los labios y de la lengua de mi mono, tratándolo en esto como a un sordomudo. En lo restante, me favorecería el oído para establecer comunicaciones directas de palabra, sin necesidad de apelar al tacto. El lector verá que en esta parte prejuzgaba con demasiado optimismo.
Felizmente, el chimpancé es de todos los grandes monos el que tiene labios más movibles; y en el caso particular, habiendo padecido Yzur de anginas, sabía abrir la boca para que se la examinaran.
La primera inspección confirmó en parte mis sospechas. La lengua permanecía en el fondo de su boca, como una masa inerte, sin otros movimientos que los de la deglución. La gimnasia produjo luego su efecto, pues a los dos meses ya sabía sacar la lengua para burlar. Ésta fue la primera relación que conoció entre el movimiento de su lengua y una idea; una relación perfectamente acorde con su naturaleza, por otra parte.
Los labios dieron más trabajo, pues hasta hubo que estirárselos con pinzas; pero apreciaba -quizá por mi expresión- la importancia de aquella tarea anómala y la acometía con viveza. Mientras yo practicaba los movimientos labiales que debía imitar, permanecía sentado, rascándose la grupa con su brazo vuelto hacia atrás y guiñando en una concentración dubitativa, o alisándose las patillas con todo el aire de un hombre que armoniza sus ideas por medio de ademanes rítmicos. Al fin aprendió a mover los labios.
Pero el ejercicio del lenguaje es un arte difícil, como lo prueban los largos balbuceos del niño, que lo llevan, paralelamente con su desarrollo intelectual, a la adquisición del hábito. Está demostrado, en efecto, que el centro propio de las inervaciones vocales, se halla asociado con el de la palabra en forma tal, que el desarrollo normal de ambos depende de su ejercicio armónico; y esto ya lo había presentido en 1785 Heinicke, el inventor del método oral para la enseñanza de los sordomudos, como una consecuencia filosófica. Hablaba de una "concatenación dinámica de las ideas", frase cuya profunda claridad honraría a más de un psicólogo contemporáneo.
Yzur se encontraba, respecto al lenguaje, en la misma situación del niño que antes de hablar entiende ya muchas palabras; pero era mucho más apto para asociar los juicios que debía poseer sobre las cosas, por su mayor experiencia de la vida.
Estos juicios, que no debían ser sólo de impresión, sino también inquisitivos y disquisitivos, a juzgar por el carácter diferencial que asumían, lo cual supone un raciocinio abstracto, le daban un grado superior de inteligencia muy favorable por cierto a mi propósito.
Si mis teorías parecen demasiado audaces, basta con reflexionar que el silogismo, o sea el argumento lógico fundamental, no es extraño a la mente de muchos animales. Como que el silogismo es originariamente una comparación entre dos sensaciones. Si no, ¿por qué los animales que conocen al hombre huyen de él, y no los que nunca le conocieron?...
Comencé, entonces, la educación fonética de Yzur.
Tratábase de enseñarle primero la palabra mecánica, para llevarlo progresivamente a la palabra sensata.
Poseyendo el mono la voz, es decir, llevando esto de ventaja al sordomudo, con más ciertas articulaciones rudimentarias, tratábase de enseñarle las modificaciones de aquella, que constituyen los fonemas y su articulación, llamada por los maestros estática o dinámica, según que se refiera a las vocales o a las consonantes.
Dada la glotonería del mono, y siguiendo en esto un método empleado por Heinicke con los sordomudos, decidí asociar cada vocal con una golosina: a con papa; e con leche; i con vino; o con coco; u con azúcar, haciendo de modo que la vocal estuviese contenida en el nombre de la golosina, ora con dominio único y repetido como en papa, coco, leche, ora reuniendo los dos acentos, tónico y prosódico, es decir, como fundamental: vino, azúcar.
Todo anduvo bien, mientras se trató de las vocales, o sea los sonidos que se forman con la boca abierta. Yzur los aprendió en quince días. Sólo que a veces, el aire contenido en sus abazones les daba una rotundidad de trueno. La u fue lo que más le costó pronunciar.
Las consonantes me dieron un trabajo endemoniado, y a poco hube de comprender que nunca llegaría a pronunciar aquellas en cuya formación entran los dientes y las encías. Sus largos colmillos y sus abazones, lo estorbaban enteramente.
El vocabulario quedaba reducido, entonces a las cinco vocales, la b, la k, la m, la g, la f y la c, es decir todas aquellas consonantes en cuya formación no intervienen sino el paladar y la lengua.
Aun para esto no me bastó el oído. Hube de recurrir al tacto como un sordomudo, apoyando su mano en mi pecho y luego en el suyo para que sintiera las vibraciones del sonido.
Y pasaron tres años, sin conseguir que formara palabra alguna. Tendía a dar a las cosas, como nombre propio, el de la letra cuyo sonido predominaba en ellas. Esto era todo.
En el circo había aprendido a ladrar como los perros, sus compañeros de tarea; y cuando me veía desesperar ante las vanas tentativas para arrancarle la palabra, ladraba fuertemente como dándome todo lo que sabía. Pronunciaba aisladamente las vocales y consonantes, pero no podía asociarlas. Cuando más, acertaba con una repetición de pes y emes.
Por despacio que fuera, se había operado un gran cambio en su carácter. Tenía menos movilidad en las facciones, la mirada más profunda, y adoptaba posturas meditativas. Había adquirido, por ejemplo, la costumbre de contemplar las estrellas. Su sensibilidad se desarrollaba igualmente; íbasele notando una gran facilidad de lágrimas. Las lecciones continuaban con inquebrantable tesón, aunque sin mayor éxito. Aquello había llegado a convertirse en una obsesión dolorosa, y poco a poco sentíame inclinado a emplear la fuerza. Mi carácter iba agriándose con el fracaso, hasta asumir una sorda animosidad contra Yzur. Éste se intelectualizaba más, en el fondo de su mutismo rebelde, y empezaba a convencerme de que nunca lo sacaría de allí, cuando supe de golpe que no hablaba porque no quería. El cocinero, horrorizado, vino a decirme una noche que había sorprendido al mono "hablando verdaderas palabras". Estaba, según su narración, acurrucado junto a una higuera de la huerta; pero el terror le impedía recordar lo esencial de esto, es decir, las palabras. Sólo creía retener dos: cama y pipa. Casi le doy de puntapiés por su imbecilidad.
No necesito decir que pasé la noche poseído de una gran emoción; y lo que en tres años no había cometido, el error que todo lo echó a perder, provino del enervamiento de aquel desvelo, tanto como de mi excesiva curiosidad.
En vez de dejar que el mono llegara naturalmente a la manifestación del lenguaje, llaméle al día siguiente y procuré imponérsela por obediencia.
No conseguí sino las pes y las emes con que me tenía harto, las guiñadas hipócritas y -Dios me perdone- una cierta vislumbre de ironía en la azogada ubicuidad de sus muecas.
Me encolericé, y sin consideración alguna, le di de azotes. Lo único que logré fue su llanto y un silencio absoluto que excluía hasta los gemidos.
A los tres días cayó enfermo, en una especie de sombría demencia complicada con síntomas de meningitis. Sanguijuelas, afusiones frías, purgantes, revulsivos cutáneos, alcoholaturo de brionia, bromuro -toda la terapéutica del espantoso mal le fue aplicada. Luché con desesperado brío, a impulsos de un remordimiento y de un temor. Aquél por creer a la bestia una víctima de mi crueldad; éste por la suerte del secreto que quizá se llevaba a la tumba.
Mejoró al cabo de mucho tiempo, quedando, no obstante, tan débil, que no podía moverse de su cama. La proximidad de la muerte habíalo ennoblecido y humanizado. Sus ojos llenos de gratitud, no se separaban de mí, siguiéndome por toda la habitación como dos bolas giratorias, aunque estuviese detrás de él; su mano buscaba las mías en una intimidad de convalecencia. En mi gran soledad, iba adquiriendo rápidamente la importancia de una persona.
El demonio del análisis, que no es sino una forma del espíritu de perversidad, impulsábame, sin embargo, a renovar mis experiencias. En realidad el mono había hablado. Aquello no podía quedar así.
Comencé muy despacio, pidiéndole las letras que sabía pronunciar. ¡Nada! Dejelo solo durante horas, espiándolo por un agujerillo del tabique. ¡Nada! Hablele con oraciones breves, procurando tocar su fidelidad o su glotonería. ¡Nada! Cuando aquéllas eran patéticas, los ojos se le hinchaban de llanto. Cuando le decía una frase habitual, como el "yo soy tu amo" con que empezaba todas mis lecciones, o el "tú eres mi mono" con que completaba mi anterior afirmación, para llevar a un espíritu la certidumbre de una verdad total, él asentía cerrando los párpados; pero no producía sonido, ni siquiera llegaba a mover los labios.
Había vuelto a la gesticulación como único medio de comunicarse conmigo; y este detalle, unido a sus analogías con los sordomudos, hacía redoblar mis preocupaciones, pues nadie ignora la gran predisposición de estos últimos a las enfermedades mentales. Por momentos deseaba que se volviera loco, a ver si el delirio rompía al fin su silencio. Su convalecencia seguía estacionaria. La misma flacura, la misma tristeza. Era evidente que estaba enfermo de inteligencia y de dolor. Su unidad orgánica habíase roto al impulso de una cerebración anormal, y día más, día menos, aquél era caso perdido. Más, a pesar de la mansedumbre que el progreso de la enfermedad aumentaba en él, su silencio, aquel desesperante silencio provocado por mi exasperación, no cedía. Desde un oscuro fondo de tradición petrificada en instinto, la raza imponía su milenario mutismo al animal, fortaleciéndose de voluntad atávica en las raíces mismas de su ser. Los antiguos hombres de la selva, que forzó al silencio, es decir, al suicidio intelectual, quién sabe qué bárbara injusticia, mantenían su secreto formado por misterios de bosque y abismos de prehistoria, en aquella decisión ya inconsciente, pero formidable con la inmensidad de su tiempo. Infortunios del antropoide retrasado en la evolución cuya delantera tomaba el humano con un despotismo de sombría barbarie, habían, sin duda, destronado a las grandes familias cuadrumanas del dominio arbóreo de sus primitivos edenes, raleando sus filas, cautivando sus hembras para organizar la esclavitud desde el propio vientre materno, hasta infundir a su impotencia de vencidas el acto de dignidad mortal que las llevaba a romper con el enemigo el vínculo superior también, pero infausto, de la palabra, refugiándose como salvación suprema en la noche de la animalidad.
Y qué horrores, qué estupendas sevicias no habrían cometido los vencedores con la semibestia en trance de evolución, para que ésta, después de haber gustado el encanto intelectual que es el fruto paradisíaco de las biblias, se resignara a aquella claudicación de su extirpe en la degradante igualdad de los inferiores; a aquel retroceso que cristalizaba por siempre su inteligencia en los gestos de un automatismo de acróbata; a aquella gran cobardía de la vida que encorvaría eternamente, como en distintivo bestial, sus espaldas de dominado, imprimiéndole ese melancólico azoramiento que permanece en el fondo de su caricatura.
He aquí lo que, al borde mismo del éxito, había despertado mi malhumor en el fondo del limbo atávico. A través del millón de años, la palabra, con su conjuro, removía la antigua alma simiana; pero contra esa tentación que iba a violar las tinieblas de la animalidad protectora, la memoria ancestral, difundida en la especie bajo un instintivo horror, oponía también edad sobre edad como una muralla.
Yzur entró en agonía sin perder el conocimiento. Una dulce agonía a ojos cerrados, con respiración débil, pulso vago, quietud absoluta, que sólo interrumpía para volver de cuando en cuando hacia mí, con una desgarradora expresión de eternidad, su cara de viejo mulato triste. Y la última noche, la tarde de su muerte, fue cuando ocurrió la cosa extraordinaria que me ha decidido a emprender esta narración.
Habíame dormitado a su cabecera, vencido por el calor y la quietud del crepúsculo que empezaba, cuando sentí de pronto que me asían por la muñeca.
Desperté sobresaltado. El mono, con los ojos muy abiertos, se moría definitivamente aquella vez, y su expresión era tan humana, que me infundió horror; pero su mano, sus ojos, me atraían con tanta elocuencia hacia él, que hube de inclinarme de inmediato a su rostro; y entonces, con su último suspiro, el último suspiro que coronaba y desvanecía a la vez mi esperanza, brotaron -estoy seguro-, brotaron en un murmullo (¿cómo explicar el tono de una voz que ha permanecido sin hablar diez mil siglos?) estas palabras cuya humanidad reconciliaba las especies:
-AMO, AGUA, AMO, MI AMO...
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/lugones/yzur.htm
La primera vez que se me ocurrió tentar la experiencia a cuyo relato están dedicadas estas líneas, fue una tarde, leyendo no sé dónde, que los naturales de Java atribuían la falta de lenguaje articulado en los monos a la abstención, no a la incapacidad. "No hablan, decían, para que no los hagan trabajar".
Semejante idea, nada profunda al principio, acabó por preocuparme hasta convertirse en este postulado antropológico:
Los monos fueron hombres que por una u otra razón dejaron de hablar. El hecho produjo la atrofia de sus órganos de fonación y de los centros cerebrales del lenguaje; debilitó casi hasta suprimirla la relación entre unos y otros, fijando el idioma de la especie en el grito inarticulado, y el humano primitivo descendió a ser animal.
Claro es que si llegara a demostrarse esto quedarían explicadas desde luego todas las anomalías que hacen del mono un ser tan singular; pero esto no tendría sino una demostración posible: volver el mono al lenguaje.
Entre tanto había corrido el mundo con el mío, vinculándolo cada vez más por medio de peripecias y aventuras. En Europa llamó la atención, y de haberlo querido, llego a darle la celebridad de un Cónsul; pero mi seriedad de hombre de negocios mal se avenía con tales payasadas.
Trabajado por mi idea fija del lenguaje de los monos, agoté toda la bibliografía concerniente al problema, sin ningún resultado apreciable. Sabía únicamente, con entera seguridad, que no hay ninguna razón científica para que el mono no hable. Esto llevaba cinco años de meditaciones.
Yzur (nombre cuyo origen nunca pude descubrir, pues lo ignoraba igualmente su anterior patrón), Yzur era ciertamente un animal notable. La educación del circo, bien que reducida casi enteramente al mimetismo, había desarrollado mucho sus facultades; y esto era lo que me incitaba más a ensayar sobre él mi en apariencia disparatada teoría.
Por otra parte, sábese que el chimpancé (Yzur lo era) es entre los monos el mejor provisto de cerebro y uno de los más dóciles, lo cual aumentaba mis probabilidades. Cada vez que lo veía avanzar en dos pies, con las manos a la espalda para conservar el equilibrio, y su aspecto de marinero borracho, la convicción de su humanidad detenida se vigorizaba en mí.
No hay a la verdad razón alguna para que el mono no articule absolutamente. Su lenguaje natural, es decir, el conjunto de gritos con que se comunica a sus semejantes, es asaz variado; su laringe, por más distinta que resulte de la humana, nunca lo es tanto como la del loro, que habla sin embargo; y en cuanto a su cerebro, fuera de que la comparación con el de este último animal desvanece toda duda, basta recordar que el del idiota es también rudimentario, a pesar de lo cual hay cretinos que pronuncian algunas palabras. Por lo que hace a la circunvolución de Broca, depende, es claro, del desarrollo total del cerebro; fuera de que no está probado que ella sea fatalmente el sitio de localización del lenguaje. Si es el caso de localización mejor establecido en anatomía, los hechos contradictorios son desde luego incontestables.
Felizmente los monos tienen, entre sus muchas malas condiciones, el gusto por aprender, como lo demuestra su tendencia imitativa; la memoria feliz, la reflexión que llega hasta una profunda facultad de disimulo, y la atención comparativamente más desarrollada que en el niño. Es, pues, un sujeto pedagógico de los más favorables.
El mío era joven además, y es sabido que la juventud constituye la época más intelectual del mono, parecido en esto al negro. La dificultad estribaba solamente en el método que se emplearía para comunicarle la palabra. Conocía todas las infructuosas tentativas de mis antecesores; y está de más decir, que ante la competencia de algunos de ellos y la nulidad de todos sus esfuerzos, mis propósitos fallaron más de una vez, cuando el tanto pensar sobre aquel tema fue llevándome a esta conclusión:
Lo primero consiste en desarrollar el aparato de fonación del mono.
Así es, en efecto, como se procede con los sordomudos antes de llevarlos a la articulación; y no bien hube reflexionado sobre esto, cuando las analogías entre el sordomudo y el mono se agolparon en mi espíritu.
Primero de todo, su extraordinaria movilidad mímica que compensa al lenguaje articulado, demostrando que no por dejar de hablar se deja de pensar, así haya disminución de esta facultad por la paralización de aquella. Después otros caracteres más peculiares por ser más específicos: la diligencia en el trabajo, la fidelidad, el coraje, aumentados hasta la certidumbre por estas dos condiciones cuya comunidad es verdaderamente reveladora; la facilidad para los ejercicios de equilibrio y la resistencia al marco.
Decidí, entonces, empezar mi obra con una verdadera gimnasia de los labios y de la lengua de mi mono, tratándolo en esto como a un sordomudo. En lo restante, me favorecería el oído para establecer comunicaciones directas de palabra, sin necesidad de apelar al tacto. El lector verá que en esta parte prejuzgaba con demasiado optimismo.
Felizmente, el chimpancé es de todos los grandes monos el que tiene labios más movibles; y en el caso particular, habiendo padecido Yzur de anginas, sabía abrir la boca para que se la examinaran.
La primera inspección confirmó en parte mis sospechas. La lengua permanecía en el fondo de su boca, como una masa inerte, sin otros movimientos que los de la deglución. La gimnasia produjo luego su efecto, pues a los dos meses ya sabía sacar la lengua para burlar. Ésta fue la primera relación que conoció entre el movimiento de su lengua y una idea; una relación perfectamente acorde con su naturaleza, por otra parte.
Los labios dieron más trabajo, pues hasta hubo que estirárselos con pinzas; pero apreciaba -quizá por mi expresión- la importancia de aquella tarea anómala y la acometía con viveza. Mientras yo practicaba los movimientos labiales que debía imitar, permanecía sentado, rascándose la grupa con su brazo vuelto hacia atrás y guiñando en una concentración dubitativa, o alisándose las patillas con todo el aire de un hombre que armoniza sus ideas por medio de ademanes rítmicos. Al fin aprendió a mover los labios.
Pero el ejercicio del lenguaje es un arte difícil, como lo prueban los largos balbuceos del niño, que lo llevan, paralelamente con su desarrollo intelectual, a la adquisición del hábito. Está demostrado, en efecto, que el centro propio de las inervaciones vocales, se halla asociado con el de la palabra en forma tal, que el desarrollo normal de ambos depende de su ejercicio armónico; y esto ya lo había presentido en 1785 Heinicke, el inventor del método oral para la enseñanza de los sordomudos, como una consecuencia filosófica. Hablaba de una "concatenación dinámica de las ideas", frase cuya profunda claridad honraría a más de un psicólogo contemporáneo.
Yzur se encontraba, respecto al lenguaje, en la misma situación del niño que antes de hablar entiende ya muchas palabras; pero era mucho más apto para asociar los juicios que debía poseer sobre las cosas, por su mayor experiencia de la vida.
Estos juicios, que no debían ser sólo de impresión, sino también inquisitivos y disquisitivos, a juzgar por el carácter diferencial que asumían, lo cual supone un raciocinio abstracto, le daban un grado superior de inteligencia muy favorable por cierto a mi propósito.
Si mis teorías parecen demasiado audaces, basta con reflexionar que el silogismo, o sea el argumento lógico fundamental, no es extraño a la mente de muchos animales. Como que el silogismo es originariamente una comparación entre dos sensaciones. Si no, ¿por qué los animales que conocen al hombre huyen de él, y no los que nunca le conocieron?...
Comencé, entonces, la educación fonética de Yzur.
Tratábase de enseñarle primero la palabra mecánica, para llevarlo progresivamente a la palabra sensata.
Poseyendo el mono la voz, es decir, llevando esto de ventaja al sordomudo, con más ciertas articulaciones rudimentarias, tratábase de enseñarle las modificaciones de aquella, que constituyen los fonemas y su articulación, llamada por los maestros estática o dinámica, según que se refiera a las vocales o a las consonantes.
Dada la glotonería del mono, y siguiendo en esto un método empleado por Heinicke con los sordomudos, decidí asociar cada vocal con una golosina: a con papa; e con leche; i con vino; o con coco; u con azúcar, haciendo de modo que la vocal estuviese contenida en el nombre de la golosina, ora con dominio único y repetido como en papa, coco, leche, ora reuniendo los dos acentos, tónico y prosódico, es decir, como fundamental: vino, azúcar.
Todo anduvo bien, mientras se trató de las vocales, o sea los sonidos que se forman con la boca abierta. Yzur los aprendió en quince días. Sólo que a veces, el aire contenido en sus abazones les daba una rotundidad de trueno. La u fue lo que más le costó pronunciar.
Las consonantes me dieron un trabajo endemoniado, y a poco hube de comprender que nunca llegaría a pronunciar aquellas en cuya formación entran los dientes y las encías. Sus largos colmillos y sus abazones, lo estorbaban enteramente.
El vocabulario quedaba reducido, entonces a las cinco vocales, la b, la k, la m, la g, la f y la c, es decir todas aquellas consonantes en cuya formación no intervienen sino el paladar y la lengua.
Aun para esto no me bastó el oído. Hube de recurrir al tacto como un sordomudo, apoyando su mano en mi pecho y luego en el suyo para que sintiera las vibraciones del sonido.
Y pasaron tres años, sin conseguir que formara palabra alguna. Tendía a dar a las cosas, como nombre propio, el de la letra cuyo sonido predominaba en ellas. Esto era todo.
En el circo había aprendido a ladrar como los perros, sus compañeros de tarea; y cuando me veía desesperar ante las vanas tentativas para arrancarle la palabra, ladraba fuertemente como dándome todo lo que sabía. Pronunciaba aisladamente las vocales y consonantes, pero no podía asociarlas. Cuando más, acertaba con una repetición de pes y emes.
Por despacio que fuera, se había operado un gran cambio en su carácter. Tenía menos movilidad en las facciones, la mirada más profunda, y adoptaba posturas meditativas. Había adquirido, por ejemplo, la costumbre de contemplar las estrellas. Su sensibilidad se desarrollaba igualmente; íbasele notando una gran facilidad de lágrimas. Las lecciones continuaban con inquebrantable tesón, aunque sin mayor éxito. Aquello había llegado a convertirse en una obsesión dolorosa, y poco a poco sentíame inclinado a emplear la fuerza. Mi carácter iba agriándose con el fracaso, hasta asumir una sorda animosidad contra Yzur. Éste se intelectualizaba más, en el fondo de su mutismo rebelde, y empezaba a convencerme de que nunca lo sacaría de allí, cuando supe de golpe que no hablaba porque no quería. El cocinero, horrorizado, vino a decirme una noche que había sorprendido al mono "hablando verdaderas palabras". Estaba, según su narración, acurrucado junto a una higuera de la huerta; pero el terror le impedía recordar lo esencial de esto, es decir, las palabras. Sólo creía retener dos: cama y pipa. Casi le doy de puntapiés por su imbecilidad.
No necesito decir que pasé la noche poseído de una gran emoción; y lo que en tres años no había cometido, el error que todo lo echó a perder, provino del enervamiento de aquel desvelo, tanto como de mi excesiva curiosidad.
En vez de dejar que el mono llegara naturalmente a la manifestación del lenguaje, llaméle al día siguiente y procuré imponérsela por obediencia.
No conseguí sino las pes y las emes con que me tenía harto, las guiñadas hipócritas y -Dios me perdone- una cierta vislumbre de ironía en la azogada ubicuidad de sus muecas.
Me encolericé, y sin consideración alguna, le di de azotes. Lo único que logré fue su llanto y un silencio absoluto que excluía hasta los gemidos.
A los tres días cayó enfermo, en una especie de sombría demencia complicada con síntomas de meningitis. Sanguijuelas, afusiones frías, purgantes, revulsivos cutáneos, alcoholaturo de brionia, bromuro -toda la terapéutica del espantoso mal le fue aplicada. Luché con desesperado brío, a impulsos de un remordimiento y de un temor. Aquél por creer a la bestia una víctima de mi crueldad; éste por la suerte del secreto que quizá se llevaba a la tumba.
Mejoró al cabo de mucho tiempo, quedando, no obstante, tan débil, que no podía moverse de su cama. La proximidad de la muerte habíalo ennoblecido y humanizado. Sus ojos llenos de gratitud, no se separaban de mí, siguiéndome por toda la habitación como dos bolas giratorias, aunque estuviese detrás de él; su mano buscaba las mías en una intimidad de convalecencia. En mi gran soledad, iba adquiriendo rápidamente la importancia de una persona.
El demonio del análisis, que no es sino una forma del espíritu de perversidad, impulsábame, sin embargo, a renovar mis experiencias. En realidad el mono había hablado. Aquello no podía quedar así.
Comencé muy despacio, pidiéndole las letras que sabía pronunciar. ¡Nada! Dejelo solo durante horas, espiándolo por un agujerillo del tabique. ¡Nada! Hablele con oraciones breves, procurando tocar su fidelidad o su glotonería. ¡Nada! Cuando aquéllas eran patéticas, los ojos se le hinchaban de llanto. Cuando le decía una frase habitual, como el "yo soy tu amo" con que empezaba todas mis lecciones, o el "tú eres mi mono" con que completaba mi anterior afirmación, para llevar a un espíritu la certidumbre de una verdad total, él asentía cerrando los párpados; pero no producía sonido, ni siquiera llegaba a mover los labios.
Había vuelto a la gesticulación como único medio de comunicarse conmigo; y este detalle, unido a sus analogías con los sordomudos, hacía redoblar mis preocupaciones, pues nadie ignora la gran predisposición de estos últimos a las enfermedades mentales. Por momentos deseaba que se volviera loco, a ver si el delirio rompía al fin su silencio. Su convalecencia seguía estacionaria. La misma flacura, la misma tristeza. Era evidente que estaba enfermo de inteligencia y de dolor. Su unidad orgánica habíase roto al impulso de una cerebración anormal, y día más, día menos, aquél era caso perdido. Más, a pesar de la mansedumbre que el progreso de la enfermedad aumentaba en él, su silencio, aquel desesperante silencio provocado por mi exasperación, no cedía. Desde un oscuro fondo de tradición petrificada en instinto, la raza imponía su milenario mutismo al animal, fortaleciéndose de voluntad atávica en las raíces mismas de su ser. Los antiguos hombres de la selva, que forzó al silencio, es decir, al suicidio intelectual, quién sabe qué bárbara injusticia, mantenían su secreto formado por misterios de bosque y abismos de prehistoria, en aquella decisión ya inconsciente, pero formidable con la inmensidad de su tiempo. Infortunios del antropoide retrasado en la evolución cuya delantera tomaba el humano con un despotismo de sombría barbarie, habían, sin duda, destronado a las grandes familias cuadrumanas del dominio arbóreo de sus primitivos edenes, raleando sus filas, cautivando sus hembras para organizar la esclavitud desde el propio vientre materno, hasta infundir a su impotencia de vencidas el acto de dignidad mortal que las llevaba a romper con el enemigo el vínculo superior también, pero infausto, de la palabra, refugiándose como salvación suprema en la noche de la animalidad.
Y qué horrores, qué estupendas sevicias no habrían cometido los vencedores con la semibestia en trance de evolución, para que ésta, después de haber gustado el encanto intelectual que es el fruto paradisíaco de las biblias, se resignara a aquella claudicación de su extirpe en la degradante igualdad de los inferiores; a aquel retroceso que cristalizaba por siempre su inteligencia en los gestos de un automatismo de acróbata; a aquella gran cobardía de la vida que encorvaría eternamente, como en distintivo bestial, sus espaldas de dominado, imprimiéndole ese melancólico azoramiento que permanece en el fondo de su caricatura.
He aquí lo que, al borde mismo del éxito, había despertado mi malhumor en el fondo del limbo atávico. A través del millón de años, la palabra, con su conjuro, removía la antigua alma simiana; pero contra esa tentación que iba a violar las tinieblas de la animalidad protectora, la memoria ancestral, difundida en la especie bajo un instintivo horror, oponía también edad sobre edad como una muralla.
Yzur entró en agonía sin perder el conocimiento. Una dulce agonía a ojos cerrados, con respiración débil, pulso vago, quietud absoluta, que sólo interrumpía para volver de cuando en cuando hacia mí, con una desgarradora expresión de eternidad, su cara de viejo mulato triste. Y la última noche, la tarde de su muerte, fue cuando ocurrió la cosa extraordinaria que me ha decidido a emprender esta narración.
Habíame dormitado a su cabecera, vencido por el calor y la quietud del crepúsculo que empezaba, cuando sentí de pronto que me asían por la muñeca.
Desperté sobresaltado. El mono, con los ojos muy abiertos, se moría definitivamente aquella vez, y su expresión era tan humana, que me infundió horror; pero su mano, sus ojos, me atraían con tanta elocuencia hacia él, que hube de inclinarme de inmediato a su rostro; y entonces, con su último suspiro, el último suspiro que coronaba y desvanecía a la vez mi esperanza, brotaron -estoy seguro-, brotaron en un murmullo (¿cómo explicar el tono de una voz que ha permanecido sin hablar diez mil siglos?) estas palabras cuya humanidad reconciliaba las especies:
-AMO, AGUA, AMO, MI AMO...
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/lugones/yzur.htm
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