jueves

(La revolución vivida por los negros, mestizos y mulatos)

Querido General San Martín,



200 años después te escribo encerrado en una pieza del barrio de Constitución, te escribo como si fueras un hermano que no conozco. Te escribo desde mi condición de escritor cumbiantero contemporáneo que no acepta la historia como se la contaron otros. Desde mi corazón de admirador y enamorado tuyo, ahora que te descubrí 200 años después, desde un rincón del Río de la Plata que supo ser terreno de todas tus hazañas y amoríos tales. Hoy sos “el faro, el guía, el Libertador y prócer de América”, en los libros de historia y en la boca de los políticos revolucionarios de izquierda.



Yo te quiero como el hombre sencillo que fuiste y que ocultó su imagen de luchador de grandes gestas. Te quiero, como un muchacho porteño más, que bardeó todo lo que pudo, que “políticamente fue el más incorrecto y romántico de los héroes de la América mestiza”. Poco me importa tu cruce de la Cordillera (hoy es un trámite intrascendente y lo hago en dos horas por Lan Chile) o tu encuentro en Guayaquil con ese otro maricón como sos vos y como lo seré siempre yo, ni un pelo me mueve.



Me mueven, me sensorizan tus aventuras con negras y negros esclavos del África, con mujeres casadas; que te hayas atrevido a liberar 1600 esclavos en medio del Océano y en las narices del Rey de la Corona.



Me conmueve que hayas sido el padre del verdadero héroe negro de la revolución de Mayo y de nuestra historia argentina, negado por las plumas de historiadores blancos, que no podían aceptar el liderazgo de la negritud en nuestra historia. Me conmueve, oh dulce amado mío, tu “libertinaje a la hora de vivir”, y por eso sos para mí, Mi Libertador.



Oh, hermano, me importan un pito tus laureles, Libertadorcito de Argentina, Chile y Perú, te recuerdo como la primera vez que te vi en un cuadro del colegio, al lado de un cuadro de Perón, los dos montados en caballos blancos.



Querido San Martín, ahora que me hallo, 200 años después, enamorado de vos, mucho más allá y más alto que las Cordilleras de Chile e incluso todo el cielo de Chile (que es un blef), te quiero decir, ya para concluir esta carta carmesí de niña enamorada atemporal, que la revolución sigue en pie. Y sobretodo sigue en mí, nuevo Libertador de América, de la música y del lenguaje. Sigue en mí a través de ti, que has reencarnado dulcemente en mi espíritu.



Yo sé muy dentro de mí, que si vivieras en esta época serías cucurtiano. Por ahora te traigo a la realidad a través del velo mágico y comercial de la empresa editorial argentina, el libro.



Para todos los mequetrefes, sotretas y zoquetes que no saben un pito de historia ni te aceptan por puto, ni menos que hayas puesto el cuerpo en la Revolución de Mayo (esto no consta en ni un libro de historia). Los intelectuales referencistas de nuestro pasado, los grandes escritores de best sellers te niegan rotundamente. Se ciegan a la liberación que significó tu vida y tu lucha. Contra ellos es este libro. Y también contra la ignorancia existente en torno a ti, tanto la del agreste maestro rural con barba guevariana o la del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, señor Hugo Chávez (le he escuchado decir auténticas bestialidades acerca de vos).



Por último, me despido con una sonrisa de tránsfugas picardías de putañero que descubrió su hombre; te mando un beso con saliva de guitarrero infame de sambas berretas, de gavilán de tierras malas.









“La ciudad de 1810, libre, entusiástica, efervescente en el ideal de la redención humana y anhelante de un gran porvenir; la ciudad de los próceres, la única ciudad nuestra”.

Ezequiel Martínez Estrada





1. África



A las doce de la noche, en el centro del corazón púrpura del África nació un pendejito. Un día díficil de estipular y clasificar del año 1890, en un chocerío de esclavos Áfricanos se escuchó el llanto escandaloso de una guagua, un nenito, un gurisito, un guainito infame y bochinchero. Pataleó en el vientre de su madre, quién profirió terribles alaridos, arrancándose el pelo a manotazos y dándole al atigrado altar de paja furibundos conchazos. Cambióse de lugar como si fuese a ser en el futuro un pródigo bailarín de balet y no un simple esclavo más. Púsose, la infame criaturita, boca abajo y de un cabezazo rompió la placenta del útero hogareño y salió del cuerpo de su madre, pegando unos gritos como si la estuvieran matando. El niño no tiene padre, ni se sabe bien de dónde viene, ¡quién sabe!, tiene ojos de carbón, es el primer mulato de la tierra bendecida por Dios que treinta años después la Corona española bautizaría como Virreinato del Río de La Plata, o en tiempos actuales Argentina, a secas. ¡Es el primer mulato de la República Argentina!



La negra Coral, su abuela materna de 70 años, lo alza en sus brazos y lo pone a la luz de la luna para constatar que no estuviese amarillo por la bilirrubina ni tuviera patas de mosquito. Afuera, en el inhóspito monte africano, los mosquitos invadían el manglar.



En esta choza de tirantes de mambú y ramas de palmeras comienza, por así decirlo, la verdadera y trágica historia de una nación próxima a cumplir 200 años.



Con el nacimiento de este angelito se inició el peregrinar histórico de un gran país no país.



—Caramba, ¡qué poronga tiene este niño! —grita la vieja, al verle el miembro bajo los haces de aluminio de la luna.

Lejos de asustarse, se lo entrega a la bendición de la luna africana.



Alocada como un huracán, después de una cabalgata subida a un león de tres horas, entra al cuarto la hermana de la parturienta y tía de la criatura. Ignora a la abuela y se dirige a la cama de lapacho y quebracho donde reposa la madre que acaba de dar a luz.



—¡Olga, Olga! ¡Vestite, tenés que escapar!



Se da cuenta que su hermana ha dado a luz:



—¡Puta de los mil demonios, cómo hiciste para parir tan rápido!



Olga, la madre del mulatito, es una mulata de increíble belleza natural de 13 años de edad.



Y enseguida la felicita con lágrimas en los ojos:



—Che, pero si es un pendejito. ¡Felicidades, hermana querida!



Y la mulata de impecable falda corta de cuero de bisonte y unos aros de barro barnizado con sangre de mosquitos, alzó a su sobrino, le pegó dos mordiscones en los cachetes del culo y le dijo, “pobrecito de vos, bienvenido a África. Bienvenido a la esclavitud total.” Y ahí, constató horrorizada que el chico calzaba entre sus piernas un gigantesco instrumento germinativo. “Epa, güey qué poronga. Este se la va a pasar cogiendo...” Le dijo, muerta de risa, a su hermana, semiconvalesciente.



Y acá voy a traicionar o buchonear a la negra, mi personaje, dada mis capacidades de narrador atolondrado y diré que estaba un poco tomadita, pasadita de copas, completamente en pedo, y que su vestimenta dejaba mucho que desear, pero se ve que volvía de parrandear.



Sin dudas, había un baile en el barsucho de adelante de la choza que se cae a pedazos. Un barsucho de borrachos y prostitutas que bailan un extraño ritmo de tambores y arpas que llaman Cumb. Y, supongo, es la precursora del, 200 años adelante, famoso ritmo tropical Cumbia.



Y aunque no sonara Karicia ni Los Mirlos aquello era realmente supersensual para bailar, una artimaña del tiempo, pues ver tantas negras meneando las caderas y el culo, dando dosmilquinientos meneos para levantar un vaso, mover un pie, mover una pestaña, hasta para hablar las negras movían las caderas, y sus parteneires hacían lo mismo pero con sus braguetas. Cuánto olor habanero hay en este sitio.



¡Pero si la Habana, ni Cuba, ni Argentina existen, bestia iletrada ahistórica!





2. Lorena Cucumbú, la africana con pelo de virulana



Caracoleando en su melena de luche aceituno; de doceañera de piel de cebra portuaria, burbujeando en el ojal de su blusa, el alcohol flota formando una cervecera aura angelical alrededor de la figura de clandestina errancia de Lorena Cucumbu. Su corazón late como el de una paloma de ala meada, palpita como el culo de una gallina violada por un granjero entrerriano.



En dope, mamada de lo lindo, tropezando con los peldaños que suben al cuarto de su hermana embarazada. Lorena Cucumbú, hermana de Olga Cucumbú y tía de la criatura, propietaria de unos pechos jugosos como los dos melones más dulces del Paraguay (cuna de melones) y una boca en forma de flor carnívora para morfarte o mofarse, según las circunstancias. Un culo, unos cachos de cachetes que, puestos boca arriba, semejarían los tambores de una batería. Esta negra oriunda del Cabo Verde, venía de cumbeantear, chancleteando con unos tacos que retintineaban en su acanelado perfume saliente de sus piernas morrudas; parapimponeaba su figura de paloma de ala meada cada vez que levantaba un pie. Donde fuese la negra generaba música a su paso, misma música que la delataba a la hora de singar. Y por culpa del musical singe catresco la descubrían las esposas de los vecinos de las chozas a medianoche y la sacaban a los coscorrones limpios de las camas ajenas.



Irreverente hasta el caracú Lorena Cucumbú, no se privaba de vivir la vida y cada que salía a la calle, su gran pasión, dizque era para erotizar pijas de negros. Ya desde los cinco añitos, andaba en la falda de los conquistadores holandeses y españoles. Y recibía regalos de todo tipo, collares, rubíes del Golfo Pérsico, huesitos de bacalao, karamizov bañados en oro, perfumes del Nilo, alfombras voladoras, botas de estornino de la pampa húmeda.



La negra armaba gran alboroto entre los extranjeros colonizadores que se la querían llevar de esclava y se mataban entre ellos. Mas ella, siempre indemne zafaba de las peores situaciones de muerte, saltando por un balcón, o escondiéndose debajo de una mesa de una talabartería de aguardientes africanas.



Sobre ella se cuenta una historia trágica de amor con un fraile español, poeta y precursor de García Lorca, que lo pescaron en la Santa Iglesia haciéndose mamar la penca por la niña de cinco años de edad, que parecía alimentarse más de leche de vergas que de la leche materna de su Santa Madre, que cada vez que le venían con el chisme de las travesuras de su hijita se agarraba la cabeza en un sónico grito gutural: “A quién habrá salido tan puta”.



Tal vez, Lorena Cucumbú de nuestro corazón, sea la primer prostituta consciente del África “porque aquí todas abren las piernas rápido y gratis, sea de la mano de un señor casado, un soltero o un indeciso rufián. Yo no mijito, a mí me dan billetes”.





3. En el cuarto del parimento, una noticia que despierta el amor: llega el General



—¡Olga, despertate Olga, tenés que rajar ya! —le dijo Lorena a su hermana muerta en la cama, agotadísima, después de pujar y pujar para parir un muchachito de 7 kilos.



—¡Diabla, moca de mierda, ni parir tranquila me dejás! ¿Qué te sucede?



Lorena se arrodilló junto a su cama, rezó un padrenuestro y bajó la cabeza temblando de miedo.



Olga, enojada por el silencio ridículo de su hermana menor le gritó.



—Bueno ya, coña del orto, ¿qué te hizo mal, el aguardiente o todavía no encontraste una penca que te clave de parada?



—¡Qué aguardiente ni ocho cuartos! Cervecita, cervecita, Condorina, que ha venido a reemplazar al agua en mi vida.



Dijo haciendo helicear en el aire sus altas plumas de avestruz y sus bordados de pelo de león resistente a los fuertes vientos de la región. “Niña, no me tomes de avestruz, que no soy como esas huecas tontas que se traen un aro puesto haciendo las monjitas y son mas putas que canastas andantes. Que yo soy trola, pero por política, como tú hermanita, así que ojo al trompo de carne.



—Ya, ya, deja de alaraquear como una gallina que nadie te va a degollar y suelta el rollo, que tengo que darle de mamar al crío.



—Además de atorranta, sos atrevida y maleducada, presta atención porque esta gallina viene a salvarte el pellejo, mamerta...



La negra quiso hablar pero le fue imposible, se volvió tartamuda del miedo, o tal vez le cayó el peso de la historia encima. ¿Quién sabe?



Lo único que dijo es:



—Allí, allí, por el manglar, a la orilla de las carboneras... viene el General.



Olga saltó de la cama vistiéndose, todavía sangrante y agarró el fusil más grande que tenía abajo de la cama. Le ordenó a su madre que saliera por la puerta de atrás ocultando al crío con ramas de eucaliptos. Y se parapetó al lado de la ventana, apuntando a lo que se apareciera en el horizonte.



Lorena Cucumbú bajó corriendo las escaleras y salió al centro del salón del bar donde los negros bailaban, se besaban y franeleaban a granel.



—¡El General viene con sus hombres a robar esclavos!, gritó al festín musical y sexual que se estaban haciendo en el bar. Pero la música y la calentura de los negros era imposible de parar.





4. Besame de nuevo, forastero



El General ingresó al bar encima de su caballo blanco, con su ejército invencible de granaderos siguiéndole el paso firme. Sacaron cadenas y grilletes de bronce para sujetar a los negros que corrían, saltaban por las ventanas, gritaban de pánico ante la presencia imperial del hombre blanco y su bestia. Algunos no tuvieron tiempo ni de levantarse los pantalones y el General levantó el sable y de un fuzz que rayó el aire y la historia humana cercioró los gigantescos penes desnudos que cayeron como pedazos de algarrobo al piso y comenzaron a saltar y a chocarse contra las paredes llenos de sangre. El ruido de aquellos penes al chocarse, ciegos contra las ventanas, asustaba a los perros y horrorizaba a las negras que se subieron encima de las mesas y del mostrador del barsucho. El temblor porongil alborotó a medio mundo, hasta que las pijas se perdieron saltando por la ventana al monte africano...



Pero Olga, además de puta, era valiente y por lo tanto testaruda como los mosquitos y no iba a dejarse amedrentar por un par de porteños vagos y uniformados. Saltó las escaleras y con otro salto más fuerte se le fue encima al General a caballo, y lo tiró al piso. Se le subió encima en el forcejeo y lo abofeteó dos veces en el piso. Los granaderos, esclavos criollizados en su mayoría, sonreían por la intrepidez sexual de la mulata.



—¡Maldito, criollo colonizado, estás en el corazón de África! —le gritó y le ensartó dos severos cachetazos más.



Aquello fue para filmar o alquilar balcones realmente. Algo histórico no escrito por la mano blanca, de linda caligrafía, que ha inventado la historia a lo largo de todos estos años. ¡Pegarle al Libertador de América, máximo prócer del continente, quién lo diría! Pero, créanme, no es una infamia del Sr. Cucurto, así sucedió y lo atestiguan los documentos de los pocos negros que quedan en el Río de la Plata, en la Isla Maciel, detrás del Puente de La Boca.



Volvamos a la acción.



—¡Epa, muñeca así recibís a este forastero!, le dice el General agarrándola de las muñecas y dándole dos besos secos de lengua que marearon y le hicieron flipar el clítoris a la mulata, que se entregó de amor total.



—¡Besame de nuevo, forastero! —Le inquirió ella, con la boca sedienta de amor.



Y la boca del general se despegó de él como un pájaro salvaje que se posó en sus labios. El beso cayó con la fuerza de un ancla en el corazón y el alma de Lorena haciéndola mil pedazos. Y fue el beso más intenso que le dieron en su vida, un piedrazo de piquetero que agujereó el toldito del puesto de panchos de su ser. ¡El beso, luna masoca que arañó tu mar!



Beso de helicóptero, beso multiprocesadora molinex, beso de molino de viento del Ingenioso Hidalgo, beso con sabor a hierba, a lo Serrate, el beso de lengua del General, le hizo ver todos los colores del horizonte, en ese beso la transportó vaya a saber qué extraño lugar de su futuro, donde la negra se soñó vestida de dama española, de la mano del Libertador de América. Llenísima de hijos mulatos color café con leche y una casa patricia con un aljibe en medio, tres costureras que confeccionarían sus vestimentas de ella y sus hijos que usarían los sábados para ir a misa. El beso del General, era más fuerte y decisivo que cualquiera de sus armas y su ejército completo. ¡Lorena se enamoró al instante, como cualquier negra, del hombre blanco, de patillas, guapísimo! Mas todo eran puros colores mezclados que se evaporaron al instante, cuando el General le pegó dos firmes cachetazos en la mejilla y tiró de su sueño de dama española. Le dijo, sacándosela de encima y haciéndola rodar.



—¡Nadie le pega al General del Virreinato del Río de la Plata! ¡Decapítenla ahora mismo!



Antes de eso, la negra se incorporó de un salto de tigra y quedó parada encima del mostrador del bar y gritó:



—¡Besame de nuevo, villano y virreynesco general!



Y se le abalanzó sobre su boca dándole un beso intenso que lo dejó sin aire y casi lo mata. Entre ocho granaderos fornidos tuvieron que arrancarla de la anatomía del General como si fuera una garrapata.





5. Comienzan los problemas de San Martín con su hijo



Desde lo alto de un altillo se alzó la voz rebelde de Olga, la hermana de Lorena, quien había presenciado el beso de amor:



—¡General San Martín, hijoeputísima, mejor que reconozcas a tu hijo que acaba de nacer, aquí mismito en el corazón de África! ¡Aquí no nos colonizan ni con besos ni con armas! ¡Y dejá de seducir a mi hermana que es más trola que puta dominicana!



Dicho esto disparó varias veces apuntando a la cabeza del general, pero sólo consiguió moverle un poco el gorro frigio que esa noche llevaba puesto nuestro héroe.



Los soldados de San Martín le respondieron bayoneteándola al instante. Lorena se tiró encima del cuerpo de su hermana y se deshizo en llantos. En medio del monte africano se escuchó un alarido de dolor. Cabalgando en una leona, en brazos de su abuela, el hijito ilegítimo de San Martín recién venido al mundo, lloró lágrimas rojas de sangre y la leona lo amamantó como una madre.





6. Los soldados marihuanos del General San Martin



Los soldados del Libertador de América, en su mayoría esclavos africanos que habían sido educados y traídos al Virreinato del Río de la Plata, por el propio San Martín en persona. El general decía, “un ejército de negros analfabetos no serviría de nada, necesitamos alimentar el espíritu de las personas, despertar su alma revolucionaria reprimida por la esclavitud, el poder español o el miedo que impone Napoleón o todas las fuerzas conquistadoras. El general, como un padre, se ocupó personalmente de la educación de cada uno de sus valientes soldados. Incluso los vistió con la mejor ropa, “un ejército debe dar buena imagen, pues quién adheriría a un ejército de pordioseros, de borrachos mamertos o de negros hambrientos. ¡Pues, ni mi tía! El ejército debe exhalar poder”.



Los vistió como si fuesen a desfilar, mas que a la guerra, cada granadero de San Martín, vestía un sayal color azul marino intenso “para que nos confundan con el cielo de la Cordillera”, con unos sombreros contra la nieve y zaja de lino africana color punzó, “la sangre de nuestros enemigos siempre cruzándonos el pecho”. Completaba la vestimenta un sable de plata, pantalones blancos de lino elastizado al cuerpo y botas de cuero negras hasta las pantorrillas con espuelas de plata en el talón. Imagínense, con tales vestimentas, la pinta que tendrían esos esclavos negros acriollados.







7. Frente al cadáver de Olga Cucumbú. El llanto del General



El General ordenó la retirada de sus soldados y la ejecución inmediata de todos los que estaban en el bar. Clodoaldo Maripili, un africano culto y bello, lugarteniente del general, arrancó del cuerpo de su hermana, a Lorena Cucumbú.



—¿A ella también la limpiamos, general?



San Martín miró los ojitos de quinceañera de Lorena. Y exclamó:



—¡Maldición, es casi una niña!



Hubo silencio, Clodoaldo esperaba la respuesta del líder. Los tres se cruzaron las miradas.



—Es joven, tendrá sed de venganza. Sea la primera en ser ejecutada.



Dos soldados enormes de increíbles ojos celestes se la llevaron arrastrada entre gritos.



Clodoaldo se quedó parado junto al general.



—Andá, Clodoaldo dejame un minuto solo.



El General se acercó al cadáver y se quebró en llantos. Se arrodilló y besó la mejilla de Olga, la esclava con la cual había concebido un varoncito. El general pensaba para sus adentros. ¿Qué habrá pensado esta negra? Que iba a reconocer el crío tenido con una esclava. Un hombre blanco y distinguido, un general del ejército revolucionario no puede tener críos con una negra. En el Río de la Plata iban a pensar que me ando garchando a las esclavas. Además qué mina podría darme bola después de conocer mi relación ilegal con Olga. Aunque es cierto que Olga era una mujer muy especial.



El general se paró y extrajo de un bolso una bandera celeste y blanca y la envolvió. Cuando salió, les dio una orden clara a sus soldados.



—Quiero que este bulto vaya directo a las tripas de las bestias. Es la forma más pura de llegar a la tierra...



En esa entró Clodoaldo Maripili con una noticia.



—Mi general, la negra se nos escapó subida a unos leones... Otra noticia: los negros ya recolectaron 3500 fardos de la mejor hierba mágica.



—¿Marihuana?

—La mejor de todas, mi general.

—Muy bien, Clodoaldo, olvidá a la negra y cuiden la hierba como oro.



Dicho esto el general se retiró a su cuarto a prepararse para el regreso a América. Clodoaldo Maripili interceptó a los soldados con el cadáver de Olga y dio una contraorden.



—A nadie se le ocurra tirar ese bello cadáver a la boca de las bestias. Lo esconden y lo embalsaman hasta llegar al Virreinato.





8. La hierba maravillosa



El General no sólo viajaba tres meses en barco hacia el África para “traer sacos de carbón”, sino para traficar especias deseadas y afrodisíacas. Una hierba de moda en tiempos de la revolución se la conocía con el mote de “María”. Servía para acompañar pensamientos solitarios, distraer penas, entretener ocios, se la fumaba en cigarro, mezclado con el tabaco en cigarrillo o pipa, se mascaba o se aspiraba por la nariz en polvo. Su extraordinaria difusión, su sentido narcótico, su circulación en el mercado negro y en cualquier verdulería de vecino la hizo popular en el consumo de la población. Se creía que esta hierba excitaba a las mujeres en los bailes y hasta era milagrosa en amores o a la hora de curar enfermedades venéreas. Ya que esos años revolucionarios provocaban gran excitación en la población que se la pasaba garchando el santo día.



El lucro de esta hierba era controlado por la Real Hacienda, y daba dividendos astronómicos al gobierno Real. Pronto el Virrey se dio cuenta que “la negrada proleta” estaba el santo día volada de fumar la hierba y no podían servir a la Corona. La prohibieron de inmediato y la fabricaron para las personas “elegantes y distinguidas que dan el honor a su Majestad” en polvo y a precios desorbitados.



¡Qué aspirar la hierba de la tierra sea un rasgo inconfundible de distinción y fineza entre los patricios y las damas españolas!



Fue el gran error de la Corona, quitarle al pueblo su placer; sacarles a mestizos, mulatas, esclavas, negras casadas con un blanco y vueltas señoras de su distinción, indígenas, criollos y soldados de los ejércitos revolucionarios el placer de sentir la vida en su alto esplendor a la hora del acto sexual, del baile y del amor.



Comenzaron los problemas, los robos, los hurtos, los asesinatos violentos y sin sentido para poder conseguir el polvo mágico de la vida.



Se la comenzó a traficar, en las periferias del Virreinato, se la mezcló con tabaco, vino, aguardiente, aceite, vinagre, grasa, espliego, óregano y demás ingredientes utilizados para “el despertar orgánico”. La hierba enseñó a aspirar con elegancia “yo conocí a Manuela, que soplaba mientras me la mamaba y Cornelia que la aspiraba cuando se la sacaba”. Todo era un mercado negro de tráfico alarmante. Se armó tal bolonqui que tuvo que intervenir el Rey de España, otro furioso aspirador de la hierba, quien dispuso su legalización en 1809.



El ídolo de esas épocas, y gran estornudador era sin dudas, nuestro antihéroe el General San Martín, que le daba a la hierba todo el día y gracias a ella cruzó la Cordillera y liberó a América. Cada tres meses salvaba al Virreinato de morir de abstinencia. Venía del África (la hierba solo crecía en África) con 1000 esclavas de cuerpos exuberantes y 1500 fardos de la mejor hierba. El barco era una humareda al ser avistado desde las orillas del Río de la Plata.



El general llegaba dando cañonazos de alegría con sus granaderos.



¡Un héroe del Buenos Aires y la época virreinal dieciochesca!







9. Regreso a Sudamérica



Al amanecer del día siguiente el General se levantó vestido de forma impecable. Había recibido una noticia del Río de la Plata: Buenos Aires tenía aires independencistas, había ordenado la sucesión del jefe de estado nombrando a Santiago de Liniers.



El África misma con su belleza, sus animales, sus cocoteros, sus planicies y árboles gigantescos se vio eclipsada de golpe cuando el General salió de su cuarto, vestido como un rey. Olía a despedida. La chaquetilla o casaca que le cubría las rodillas era de terciopelo azul con flores colorinches bordadas en plata. Más de dos mil ojales de tela de oro la cruzaban de arriba abajo y formaban unos arabescos sicodélicos que mareaban. La chupa que llevaba encima tenía unos bolsillos llenos de rosas negras recién cortadas del Río de Mozambique. Tres rosas estaban atadas al cabo de su sable. Los calzoncillos de seda con rayas de terciopelo carmesí muy ajustados que dejaban ver lo exuberante de su sexo, estos calzoncillos largos terminaban sobre las rodillas atados con una cinta punzó, ahí mismo comenzaban sus botas de combate de cuero del mejor bisonte y tacos de algarrobo. Su sable colgaba impecable, brillante, finamente lustrado por uno de sus antigachupines. Pese a las pilchas, una tristeza cubría el alma del General, sabía que dejaba África para siempre.

Y a su hijo recién nacido no había podido conocer. “Sea tenido con una negra esclava, una mulata o una española, igual es mi hijo”. Se repetía todas las noches.



A las 8 de la mañana, salió a tomar aire, respiró hondo el perfume de madreselvas que se avecinaba sobre las chozas. Ordenó a sus granaderos llevar bolsones de negros a los vagones de los trenes que los transportarían desde el centro del África hasta una de las costas del Mar Egeo. El trayecto de este tren era una odisea, pues debía cruzar ríos, selvas, dunas de arena inundadas de serpientes de arena, pozos de barros, baches y todo tipo de accidentes geográficos.



El tren, que tenía la velocidad máxima de 60 kilómetros por hora, iba tan despacio que permitía ver todo el hábitat que atravesaba. Por eso, era una odisea que duraba las seis horas de noche, cruzar la selva a oscuras, sintiendo como las bestias se lanzaban encima de los vagones. Al amanecer ya estaba entre la zona de las dunas donde sólo se veían cabezas de serpientes decapitadas por los parantes del tren.



En pocos minutos, el tren se enrojecía, encolorecía por los chapuzones de la sangre de las víboras. Los vagones de los esclavos, completamente desprotegidos, eran picados por las cabezas de las víboras que todavía aleteaban. El tren iba echando humos, colmado de esclavos, que al llegar a las costas del Mar Egeo, quedaban menos de la mitad como consecuencia del viaje. Subían al barco que los esperaba lleno de marinos y granaderos. El General era custodiado por dos granaderos antigachupines, que lo cuidaban a sol y sombra.

Cuando los esclavos estaban embarcados se oyó un grito venido de la selva. Era Lorena, montada en una cebra.



—¡Oye, sinvergüenza, no me dejés en esta tierra de hambre, llevame a Sudamérica!



Y pegó un salto y se subió al barco.



Cuando el barco se alejaba ya a 20 leguas de la costa del África, se oyeron dos tiros de salva. Desde la orilla se vio a una vieja subida a un caballo, con un pendejito en los brazos.



El General fue advertido por sus lugartenientes de la extraña presencia. Y ordenó que se detuviera el barco. Sus segundos le dijeron que era imposible, pues el barco ya había tomado impulso y no era un motor moderno que se detuviera con un freno. Había que tirar anclas y podía quedar encallado.

Lorena Cucumbú se asomó a la baranda del barco y gritó.



—¡Es abuela y mi sobrino!



El General constató que el chico en brazos de la vieja, era su hijo. Y se tiró al agua gritando:



—¡Es mi hijo!



Y es así como la pilcha del General quedó arrugada y se encogió de golpe por el agua fría de la costa africana. Pero llegó indemne y sacándole el niño de los brazos de la vieja. Lo abrazó con el amor más grande del mundo, el de un padre.

Tiritando de frío y con mocos en la nariz le agradeció.



—¡Gracias, abuela!



La vieja, le pegó un coscorrón al libertador de América y le reprochó.



—¡Sinvergüenza de mierda, hacete cargo de tu hijo!



El General en la arena, arrodillado, abrazó y besó a su hijo, llorando. Alguien le pegó un palazo en la cabeza que lo dejó inconsciente y si no fuera por sus soldados africanos, excelentes nadadores que lo volvieron al barco, hubiera muerto en la orilla.







10. En el barco de la revolución



Desde el centro del río, sobre el gran barco “carbonero”, lleno de esclavos, la ciudad apenas se disimulaba detrás de una bruma negra de humo, que de seguro sería producto del trajín de las carretas y carros que no dejaban de levantar polvo con sus ruedas bartoleras de maderas y el patalear de sus caballos criollos. Había llovido unos días antes, así que se habían formado grandes baches de barro y agua en las calles, lo que armaba un quilombo bárbaro en el tránsito carretil, incluso hasta algunos caballos se ahogaban al hundirse con carreta en estos pozos profundos. La ciudad prontamente se convertía en un lugar intransitable de barro y mierda.



De seguro tal masa asfixiante de polvo provenía del conchetísimo barrio del Retiro, en el puerto, gran zona comercial, más precisamente en la calle Real, que conecta el puerto con la plaza Buenos Aires. Pese a la inmensa nube de polvo se divisaba desde el centro del río, los faros de la South Sea Company.



El General se asomó a la escotilla del barco, fumándose un cigarrón de tabaco y algo más...



—¡Estos garcas, están vendiendo sacos de carbón de cuarta categoría! ¡Son unos chantas totales estos inglesitos de poca monta!



Reflexionaba para sus adentros el Generalísmo galán y mujeriego incurable del Río de la Plata.



—¡Solo a ellos se los ocurre vender esclavos de 25 años para arriba, sin dientes, llenos de escorbuto y sarna! Por suerte yo me traje 1600 lolitas y lolitos oscuros de 14 años, merca de Primera A total! ¡Sobre ellos construiremos la base de la Revolución del Río de la Plata!



Acomodándose el sajal, nuestro prócer seguía reflexionando en voz alta, Olga Cucumbú, la negrita, lo escuchaba.



—¡Sos un tétrico, estás decadente, libertadorcito de América!



Mas el General no respondió, seguía absorto en sus pensamientos mirando el río cristalino, lleno de peces que se pescaban a red y caballo y luego se vendían en la Feria gigantesca del Retiro. Un último, efímero y snob pensamiento se le coló: “que hubiera sido de América sin la sangre del África”. Pregunta sin duda irrespondible a esta altura de la existencia humana...



El General sabía más que nadie, que esos negros eran la base del ejército, la carne de cañón que iría al frente ante el poderío guerril de la Corona de España. No quedaba otra, a cualquier sangre había que liberarse.



El General dejó de pensar, pegó una ultima pitada a su cigarrón de tabaco y algo más... y se metió a las bodegas del barco a contar los esclavos, no vaya a ser que en los bolonquis que armaron se le haya piantado alguno. Faltaba media hora para que desembarcaran en el Puerto de la gran Capital del Sud, conocida por todos como Buenos Aires, en tiempos actuales, locura de los turistas.



La negrada en la bodega del barco era un descontrol. A pesar de venir encadenados tenían un gran entusiasmo por conocer una nueva ciudad.



Las morochas estaban en conchas, mostraban sus culos increíbles, sus pechos de martillo, sus caderas hechas para el parimiento y el gire del nabo. Los negros, por su lado, exhibían sus grandes huevos, sus pijas asombrosas, sus piernas perfectas, sus barcas salomónicas. De la bodega subía hacia el exterior un tufito, una baranda imbancable, que sólo los negros agrupados de a miles pueden largar. Sonaba un tambor y los negros agitaban todo, encarcelados y llenos de cadenas, pero todos sabemos que no hay cadenas que encadenen a los espíritus libertinos, a las almas tiradas a la joda, no hay barrotes, no hay rejas, no hay celdas ni ataduras, no hay matrimonios, que los separen de su realidad, de su manera de ser tan alegre y desmesurada, “y si no hay vino nos emborrachamos igual”. Por lo cual estos negros eran unos genios, y, ¡cómo no iban a hacer la revolución con muchachos tan pilas!



Al General, aunque fingía que todo era un cumplimiento del deber, le encantaba bajar a la bodega con los negros, que lo piropeban de lo lindo y el general se excitaba como un chancho. Unas veces se calentaba con una morocha, otras veces se ruborizaba con un morocho...



Por eso, Olga Cucumbú, siempre le decía “milico y puto”. Sobretodo puto, porque al general, lo que realmente le molestaba era que lo tildaran con el mote violento y represivo de milico.



—Soy un soldado de América, negra olor a patas, berenjenera de cuarta —le decía en joda, siguiéndole el juego nuestro héroe.



—Sí, pero al fin y al cabo, no sos más que un milico sudamericano, golpista, represivo, dictador y chorro como todos...



—Cómo se equivoca la gente. Los militares estamos para servir al pueblo y el pueblo tiene que dejar de leer tanto los diarios opositores.



Esta conversación la vamos a escuchar a lo largo de todo el libro, así que volvamos a la bodega llena de esclavos.







11. En la bodega del barco revolucionario



Había una negra de labios perfectos, trencitas de uno o dos nudos. Acordémonos que la raza negra es lampiñísima. Esta morocha era un poquito más clara que el resto. Tendría unos diez, doce años, pero más empujones que molinete de subte, más caídas que la Garza Sosa, más empomadas que Alfonsín, más baches que la Avenida Rivadavia. Pese a todas estas sacudidas, era asombroso el culo que mantenía. Se lo mostró al general, lo apoyó sobre los barrotes de su celda liberadora. (Aquel culo lleno de sensaciones, ocupaba el ancho de la distancia que hay entre dos barrotes, cada cachete marrón claro, lleno de hermosas pecas rosas, calentaban hasta al más trolo).



Uno de los gruesos barrotes negros se le perdió entre los cachetes del culo y la negra se lo retorcía, se lo morfaba sin miedo. El fierrón se perdía en el orto catedralicio de la negra, que haciéndole gestos bien de atorranta (cualidad número uno de todas las esclavas de esta historia), se lo seguía mostrando al pobre San Martín para que se calentara al máximo.



—¡Generalcito, haceme tu esclava, mirá cómo me lo como todo! (haciendo alusión al barrote, por supuesto).



El bochincherío, el junglerío, “el pajarerío de estrellas”, como dijo un gran cronista de la época, era incesante, el roce y el pongue no paraba nunca, por lo cual, esta negrita se valía de un real ingenio para hacerse escuchar. Apenas se aproximaba un silencio, soltaba sus frases lapidarias.



—¡Ay, Generalcito, vení que te lamo la bota de piel blanquita, la debés tener! ¡Si te agarro no sabés cómo te ordeño! ¡Arrimate que te tiro el fideo!



Por esos días, el río, al igual que la ciudad, estaba lleno de pozos y el barco hizo bum para abajo y todas las celdas se chocaron entre ellas. El General tropezó y cayó de cara sobre el culo carnoso de la negra. Era un disparate ridículo, un desplante atolondrado, ver al libertador de América de jeta en el culo de la negra, que aprovechó para agarrarlo del cuello con fuerza y hacerle sacar la lengua. Lo agarró del cogote y lo hizo subir dos o tres veces con la lengua afuera por el agujero del orto.



—Generalcito —le dijo—, probá el sabor de la inmigración.





(Continúa)